La vuelta al Mundo (II). Días 11 a 15 de mayo de 2026. La Jungla de Asfalto


“Él adoraba la ciudad de Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado... Para él, sin importar qué estación fuera, esta seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía al son de las grandes melodías de George Gershwin”.

Isaac Davis (Manhattan, 1979).


La noche en el tren fue tranquila, pero la llegada a Buffalo no tanto. Hubo, digamos, un… “malentendido” con el encargado de avisarnos del momento en que teníamos que bajar. El resultado: nos pasamos de largo la parada y terminamos en Rochester, una ciudad que se sentía como un desvío imprevisto en medio de la nada, a unos 40 minutos de nuestro destino. Nos consolaron prometiéndonos que nos subirían al primer tren con dirección a Buffalo, aunque eso implicaba una espera de cuatro horas y media.

El jefe de estación, muy amable, nos guardó el equipaje y nos sugirió visitar la ciudad, aunque con una advertencia: no había gran cosa que ver y era mejor moverse en Uber o taxi… “por si acaso”. Fieles a nuestro instinto, decidimos arriesgarnos y fuimos a pie.

Rochester se nos reveló como el esqueleto de una gloria pasada. Casi nadie por la calle, algún “sin techo” solitario y los signos evidentes de una ciudad postindustrial que lo ha pasado mal: edificios de empresas cerrados o medio en ruinas lo delataban. Descubrimos que fue el cierre de la planta de Kodak lo que dio el golpe de gracia a una economía que ya se estaba tambaleando. Curiosamente, el río Genesee atraviesa el centro dejando a su paso una enorme cascada muy vistosa. El río sigue siendo el pulmón de la zona, pues da nombre a la cerveza local, cuya planta es hoy uno de los principales motores de empleo de la comarca.

Sin más incidencias, el tren nos recogió puntualmente y nos dejó en nuestro destino original. Enseguida salimos a tomarle el pulso a Buffalo. Al empezar a caminar, la ciudad me recordó inevitablemente al Bilbao del gran cambio: aquel Bilbao industrial donde la ría, el acero y los astilleros marcaban el ritmo. Allí también emergían los viejos edificios de ladrillo; algunos ya recuperados con gran belleza y otros, cerrados y en ruina, esperando pacientemente su turno. También se estaba recuperando para la ciudadanía el borde del lago, transformándolo en un espacio de ocio que parecía prometer devolverle la vida a la fachada marítima.

El día siguiente estaba consagrado a las Cataratas del Niágara. Un autobús nos dejó allí en apenas una hora. Son, sencillamente, imponentes, espectaculares y… estruendosas. Ese bramido visceral al acercarte al borde del mirador impone un respeto casi religioso. Las visitamos también desde la parte canadiense, donde el espectáculo cambia de registro: allí resultan mucho menos atronadoras, pero infinitamente más fotogénicas.

Nos retiramos al hotel con la emoción de saber que al día siguiente haríamos el último trayecto en tren, completando así la aventura norteamericana de 4800 km increíbles.

Puntualmente, a las 9:05 h, partimos hacia Nueva York. La ventanilla ya no nos regaló ni una luz espléndida ni paisajes de postal; tocaba un día oscuro, lluvioso y gris, con un horizonte de arbustos y arbolado espeso pegado a las vías. De vez en cuando el cortinaje vegetal desaparecía para dejarnos ver pequeños pueblos, granjas aisladas, algún río y poco más.

No tardando mucho, el río Mohawk comenzó a flanquear nuestro camino, yendo y viniendo a capricho y ofreciéndonos imágenes de edificios decadentes, inscritos en los registros de otros tiempos. Puntualmente cruzaban el agua otras estructuras que parecían puentes antiguos, pero que resultaron ser presas móviles para el aprovechamiento hidráulico.

Hacia las 14:30 h nos detuvimos en Albany, donde quedamos parados durante hora y media. En ese tiempo, nos desengancharon del convoy y medio tren se marchó hacia otro rumbo. Nos colocaron una nueva locomotora y a las 16:10 h tomamos ya el camino definitivo a la “Capital del Mundo” (con el permiso de Bilbao).

El agua seguía acompañándonos, pero enseguida nos percatamos de que el cauce se había ensanchado de forma notable. Teníamos un nuevo compañero de viaje: el Hudson. El Mohawk, su afluente, se había retirado discretamente dando paso al líder, que avanzaba con solemnidad escoltándonos hasta entrar por el costado oeste de Manhattan.

Salimos de la estación de tren camino del hotel y nos topamos con un increíble movimiento de personas y coches. Tráfico lentísimo, pitidos, aceras repletas de idas y venidas… Todo el mundo avanzaba muy acelerado, como si llegasen tarde a la ceremonia de su propia boda.

Por la mañana salimos a la calle con la intención de centrarnos en lo más importante de la ciudad. Disponíamos de dos días, así que diseñamos un plan a pie repartiendo nuestra lista entre ambas jornadas. Comenzamos el trabajo: el Guggenheim, el Museo Metropolitano de Arte, Central Park, la Quinta Avenida, la Catedral de San Patricio, el Rockefeller Center, Times Square, Broadway, la Estación Central, la Biblioteca Pública y el Empire State. Terminamos el primer día tras recorrer 20 kilómetros quemando zapatilla. Eso sí, al igual que la tarde anterior, todas las calles estaban repletas de gente y el tráfico era imposible… Resulta muy agobiante para los que somos de la periferia. Sin embargo, cuando ya nos retirábamos al hotel, nos encontramos en una pequeña plaza una fiesta latina con mucha marcha. Baile, música… Una verdadera inyección de calor humano después de tanto ritual urbano.

Al día siguiente cogimos el recorrido con muchas ganas, y el escenario cambió hacia un ambiente mucho más tranquilo. Nos adentramos en el West Village, un barrio tradicional de edificios bajos y con las famosas escaleras de incendios en las fachadas; allí, en un pequeño parque, había bastante gente concentrada jugando al ajedrez, mientras en otra plaza cercana un grupo de jóvenes tocaba jazz. Parecía que habíamos cambiado por completo de ciudad.

De ahí pasamos por Little Italy, Chinatown, el Oculus Center (el centro comercial diseñado por Calatrava al lado del Memorial del 11 de Septiembre), Wall Street y contemplamos la Estatua de la Libertad desde la orilla.

Para el final nos reservamos lo que supuso una experiencia preciosa: cruzar andando el Puente de Brooklyn y regresar por el de Manhattan. La ida fue espectacular, no solo por lo impresionante que resulta caminar por un puente tan icónico, sino porque estaba abarrotado de peatones paseando entre decenas de puestos que vendían de todo. La vuelta por el de Manhattan, en cambio, ya fue mucho más tranquila. Antes de cruzarlo, caminamos por el barrio denominado DUMBO (el acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass, que se traduce como “Debajo del paso elevado del puente de Manhattan”), una zona encajonada entre ambos puentes que ha aparecido en innumerables películas.

En total, sumamos otros 25 kilómetros que nos supieron a gloria. Siendo nuestro último día en "La jungla de asfalto", resultó una jornada redonda y una experiencia inolvidable.

Dejamos atrás Manhattan con las suelas gastadas y el eco de un clásico de los Rolling Stones resonando entre los rascacielos:

“Amor y esperanza y sexo y sueños... 

Y la jungla de asfalto no es lo que parece.

Vas caminando por la Séptima Avenida, con los pies destrozados... 

¿No estás harto de tanto correr?” 

The Rolling Stones (Shattered, 1978).

 


 

 





 




  









 
 


















 








 









 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Je suis très fatigué avec votre voyage, mais le final est proche, profitez-vous ces derniers journées. À bientôt.
Como vais ya para Marruecos y el francés es lengua bastante hablada por allí, pues he tenido la ocurrencia.
Además, el árabe clásico lo tengo un poquito oxidado. De todos modos, algo como para animaros ya me queda: Yalah yalah, habibi!

Publicar un comentario

Después de pulsar PUBLICAR UN COMENTARIO, pulsa TAB hasta ver bien la palabra de verificación. Gracias.