— Javier Reverte
El comienzo de este viaje ha sido vertiginoso. Llegada a Ulán Bator, primer golpe de frío, visita rápida a lo esencial de la capital y sus alrededores, el primer gran trayecto en el mítico Transmongoliano, la inmersión cultural en Pekín… Y, por encima de todo, la conciencia —cada vez más clara— de que estábamos embarcándonos en una etapa muy importante de nuestras vidas.
Ese ritmo trepidante apenas nos ha dejado tiempo para compartir algunas reflexiones sobre la parte menos visible del viaje: su organización. Y sin embargo, la logística es una pieza fundamental de todo este proyecto. Algunos de vosotros nos lo preguntabais semanas antes de salir:
“¿Pero cómo se organiza algo así viajando por tu cuenta?”
Intentábamos responder sin convertir la conversación en una conferencia, pero lo cierto es que detrás de cada etapa hay bastante más cálculo del que parece.
En un viaje de este tipo es fundamental llevar el plan bien diseñado: horarios de trenes, autobuses, aviones, hoteles… Todo cuenta. Y especialmente esos enlaces delicados en los que solo hay un tren o un autobús al día —o incluso a la semana—, porque si pierdes ese enlace empiezas a acumular retrasos, y en un viaje largo eso puede convertirse en un pequeño efecto dominó.
Pero tampoco se puede tener todo reservado durante meses. Sería demasiado rígido y se perderían muchas reservas.
Así que cada día, etapa a etapa, al llegar al hotel o durante las largas horas de tren, sacamos la hoja de cálculo, repasamos trayectos, adelantamos reservas de trenes y hoteles… y, algo muy importante, corregimos errores del plan inicial. Quitamos días allí donde no hay demasiado que ver y los añadimos en lugares donde descubrimos algo que no deberíamos perdernos.
Viajar también consiste en ir afinando el mapa sobre la marcha.
Y los imprevistos, por supuesto, aparecen. Por ejemplo, estando en Kunming descubrimos que la estación de tren desde la que íbamos a partir hacia Laos no era la que pensábamos. La prevista por nosotros estaba a diez minutos del hotel, la correcta, a una hora. Así que, simplemente, habría que madrugar un poco más pero... ¿Y si no nos hubiésemos percatado de ese "pequeño" detalle?
O ese momento, ya dentro del tren rumbo a Laos, en el que descubrimos que una de mis tarjetas de crédito estaba ( y sigue estando) bloqueada y no podíamos hacer pagos online.
Y así una tras otra.
Pero ya lo sabíamos: viajar es esto… y también lo otro. Todo viene en el mismo paquete. Cada país es una experiencia nueva, donde lo que aprendiste en el anterior puede servirte… o no.
Sin ir más lejos, hemos pasado por China sin llegar siquiera a saber de qué color es su moneda. Allí absolutamente todo se paga con el móvil. Ahora acabamos de llegar a Laos y todo indica que volveremos al sistema más clásico: moneda local en el bolsillo.
En definitiva, que no me queda tiempo ni para leer los libros que traje ni para revisar los clásicos del cine que cargué en la tablet y que llevaba tanto tiempo deseando volver a ver.
Pero vayamos al grano.
Kunming, con sus “modestos” ocho millones de habitantes —lo que en China casi parece una ciudad pequeña—, no tiene grandes monumentos imprescindibles. Llegamos allí por una razón muy concreta: es el punto desde el que tomaremos el tren que nos llevará a Vientián, la capital de Laos.
Eso sí, aprovechamos la estancia para darnos una buena caminata por la ciudad y acercarnos a algunos de sus lugares más animados. Siempre hay algo que descubrir cuando uno camina sin prisa.
Al día siguiente, el madrugón inesperado. Nos esperaban once horas de tren hasta nuestro siguiente destino.
Y el cambio se hizo evidente en cuanto salimos de la estación de Vientián: El aire nos sacudió la pereza con sus treinta grados de temperatura. Atrás quedaba el suave clima chino al que nos habíamos acostumbrado.
Durante el trayecto hacia el hotel empezamos a ver otro paisaje humano. A los bordes de la carretera aparecían escenas de pobreza y miseria que contrastaban con lo que habíamos visto hasta ahora en el viaje.
El mundo cambia deprisa cuando uno cruza una frontera.
Y nosotros acabábamos de cruzar una más.

























































