“Tengo en una caja metidas unas moscas ¿por qué?… / Tengo moscas pequeñas, tengo moscas grandes, ¿y qué?”
Golpes Bajos, "Colecciono moscas" (1984)
El viaje continuó fiel a su estilo y sin sorpresas en lo mecánico. Nuestra compañía de autobuses favorita nos "agasajó" con una unidad idéntica a las anteriores, esta vez con el puerto USB inerte. A bordo, apenas ocho pasajeros surcando un paisaje de una monótona belleza, donde el chófer hacía las veces de cartero, parando de vez en cuando y dejando sacas en grandes buzones que aparecían de repente de la nada. Seguro que es la manera de mantener vivo el cordón umbilical con los pobladores del desierto.
Las paradas en gasolineras destartaladas calcadas de las de una película de Mad Max, fueron el preaviso del horror. Saliendo del bus, una legión de moscas nos esperaba para intentar colonizar cualquier orificio corporal desprotegido.
Era sólo el calentamiento para lo que vendría en Coober Pedy. Al llegar a nuestro destino, los 15 minutos de caminata hasta el motel con las maletas, fueron un festín para "las malnacidas". La salvación llegó a la mañana siguiente en forma de una malla para la cara que se vende para turistas; un accesorio estético dudoso, pero que literalmente nos salvó la vida. Los residentes del lugar, por supuesto, no usaban este tipo de artilugios. Parecían de Bilbao.
¿Qué es Coober Pedy? Un lugar que vive de la minería y de un turismo "de paso", pero sobre todo, un pueblo donde la gente no sale si no es en coche, de puerta a puerta, para evitar el "infierno" de los malditos bichos.
El paisaje urbano parece un cementerio de maquinaria, coches y autobuses abandonados de otras épocas que parecen formar parte del mobiliario eterno del desierto. O quizás alguien los colocó allí para dar un toque nostálgico, con un sentido de la estética urbana un poco dudoso. Vete a saber.
Decenas de km antes de llegar, el horizonte se había llenado de montículos de tierra blanca. No eran dunas, eran el rastro de más de un millón de pozos mineros artesanales excavados durante un siglo en busca de este mineraloide amorfo llamado ópalo, que mantiene la economía de Coober Pedy. Conseguimos, ya sin mucha dificultad, visitar una mina - museo y el museo local, lugares donde se palpa la dureza extrema de quienes intentaron arrancarle un poco de brillo a esta tierra hostil.
Como turista, además, quieres caminar por las calles de las ciudades que visitas. En Coober Pedy avanzas por cualquier avenida, miras a un lado, miras al otro, y no ves a nadie. Sí, allí dos turistas, también "enmascarados", van caminando por la “acera” de enfrente. Les saludas con un gesto de complicidad y sonríes. Mientras, tu mirada escudriña de reojo las sombras esperando, no sin sospecha, el estallido de una horda zombi dispuesta a dar cuenta de los últimos supervivientes.
Lo peor de estos sitios es tener que “hacer tiempo” hasta que aparece el autobús salvador. Pocas veces un transporte ruinoso ha sido tan deseado. A las 19:30 h, entre el griterío imaginario de miles de moscas pidiendo que nos quedáramos, saltamos al bus con destino a Adelaide.
Llegamos con puntualidad a las 6:15 h de la mañana a una ciudad de 1,5 millones de habitantes que prometía civilización. Sin embargo, el calendario nos tenía guardada una última broma: era Viernes Santo y el silencio era absoluto; todo estaba cerrado, todo despejado. Sólo el Jardín Botánico nos abrió sus puertas, ofreciéndonos un paseo tranquilo, y por fin, sin zumbidos en los oídos.
Por la tarde, trámites varios (hoteles, transportes, VISA para N. Zelanda…) y un paseo por el relajante jardín japonés que había cerca de nuestro hotel.
La mañana siguiente nos reveló una urbe transformada y vibrante. Ante nosotros se abrían avenidas infinitas, aceras de una anchura imperial y zonas peatonales donde la vida latía con fuerza: mercados, el pequeño Barrio Chino, músicos callejeros, murales por doquier…
Buscando desentrañar los misterios de este coloso geográfico, nos adentramos en el Museo del Sur de Australia. Allí, el caos del mundo exterior se convirtió en orden y conocimiento. A medida que recorríamos sus galerías, nos invadía una revelación humilde: la riqueza y diversidad de este país son tan vastas que nuestro paso por él, por intenso que esté siendo, no es más que una leve pincelada de conocimiento en un enorme puzle de miles de piezas.
Al día siguiente volvíamos al tren, la etapa demoledora del desierto australiano había tocado a su fin. El sonido del mítico riff de guitarra con el que Angus Young (guitarrista de AC/DC) elevó a los cielos la canción “Autopista al Infierno” se iba apagando, hasta perderse por las inmensas llanuras del Centro Rojo de Australia.






























































