“He pasado toda mi vida asustado, con miedo a las cosas que podrían pasar... hasta que pasaron”.
Walter White (Serie Breaking Bad, 2008-2013).
La entrada en EE.UU. a través de la Meca del Cine exigía su dosis de intriga y, como si de un guión de Hollywood se tratara, el país cumplió. Al cruzar el control de pasaportes, algo en mi historial o en mi destino activó las alertas. Fui conducido a un cuarto aparte, una zona gris donde el tiempo se estira y el aislamiento es total; a Hasier no le permitieron acompañarme. Fueron veinte minutos de una espera tensa, de esas en las que la mente dispara en todas direcciones. Sin embargo, el interrogatorio resultó ser casi trivial: unas pocas preguntas sobre mis antecedentes, la duración de la estancia, lugares que visitaría... Sin más explicaciones, me devolvieron el pasaporte. Respiré hondo y me fundí con la multitud, desapareciendo con la discreción del que acaba de esquivar un problema invisible.
Nuestra estancia en Los Ángeles fue un reencuentro breve. Once años después de nuestra primera visita, decidimos evitar los hitos turísticos y simplemente caminar. Recorrimos el museo The Broad de arte contemporáneo y contemplamos el Walt Disney Concert Hall, cuya silueta de acero inevitablemente nos hizo sentir cerca de casa, evocando al Guggenheim de Bilbao.
Como devotos de la película Blade Runner, no podíamos dejar de visitar el histórico Bradbury Building. Cruzar su umbral fue entrar en el escenario de las famosas escaleras y el atrio que definieron la estética del cine de ciencia ficción. Ahora reformadas, todavía conservan esa magia industrial que nos hizo vibrar en los años 80. En una plaza cercana, nos tropezamos con el color de la fiesta mexicana del 5 de mayo: bailes, música y comida en un oasis de alegría. Visitamos la nueva Catedral, cuyo interior recuerda más a un auditorio moderno que a un templo clásico, y terminamos perdiéndonos en los laberintos de The Last Bookstore, una librería monumental donde los libros parecen formar parte de la propia arquitectura.
Pero, más allá de la arquitectura, lo que se grabó a fuego en nuestra retina fue la tragedia humana. Los Ángeles exhibe una cantidad ingente de personas abandonadas a su suerte: durmiendo en jardines, bancos, o drogándose abiertamente en cualquier esquina. Rostros deteriorados, sucios, almas rotas que parecen formar parte del mobiliario urbano. Es una visión que encoge el corazón, no por miedo, sino por la rabia que genera la impotencia. Lo más terrible no es la lacra en sí, sino la capacidad del resto de la sociedad para actuar como si esas personas fueran invisibles.
A las 17:20h, con una puntualidad mecánica, volvimos a nuestro elemento: el tren. Nuestro “Caballo de Hierro” partió con destino a Albuquerque. En cuestión de horas, la jungla de asfalto fue devorada por el sur de California más árido. Desde el lujo del “vagón panorámico” comenzaron a desfilar colinas secas y ese tono dorado y polvoriento que el cine nos ha inyectado en el ADN. Cruzamos espacios infinitos y formaciones rocosas que invocaban a las clásicas películas del Oeste. Sin embargo, a diferencia de la soledad absoluta que vivimos en el Desierto Rojo de Australia o en la inmensidad de Atacama, aquí la presencia humana nunca termina de desaparecer del horizonte. El rastro de la civilización es una sombra constante.
Llegamos a Albuquerque, ciudad que curiosamente comparte mi segundo apellido, pero que hoy es mundialmente conocida como el escenario de la serie Breaking Bad.
Era lunes y no sé por qué, nos recibió con un silencio sepulcral: calles vacías, comercios cerrados y ni un alma al volante. ¿La consecuencia? Que los desheredados se volvían aún más visibles bajo el sol de Nuevo México. A estas alturas del viaje, puedo afirmarlo sin temor a equivocarme: después de haber visto pobreza y miseria en medio mundo, la degradación humana de Los Ángeles y Albuquerque es algo que no habíamos presenciado jamás. Es la paradoja del primer mundo: habíamos evitado países supuestamente "peligrosos", solo para llegar a un lugar donde todos te advierten de que a partir de las ocho de la tarde, la calle deja de pertenecerte.
Al día siguiente nos dimos un baño de conocimiento relacionado con la compleja y rica historia local. Visitamos el Centro Cultural de los Pueblos Indígenas, que ofrece una panorámica necesaria de la historia y el arte de los 19 pueblos indígenas de Nuevo México, y luego el Albuquerque Museum, donde disfrutamos del arte local en un recinto magníficamente diseñado.
Ya al atardecer, tocaba preparar la maleta para el siguiente destino.
Los Beatles ya nos marcaban el ritmo de salida:
“Voy a Kansas City, Kansas City, allá voy” (“I'm goin' to Kansas City, Kansas City here I come”)
Kansas City, The Beatles, 1964




































































