LA VUELTA AL MUNDO (II): Dias 2, 3 y 4 de marzo: Crónicas del Frío: El Reencuentro con Ulán Bator

4 comentarios

El arte de viajar tiene sus aristas, esos momentos de aspereza que ponen a prueba el temple:

La neurosis de la maleta: «¿Habré olvidado algo esencial?».

El zarpazo del despertador en plena madrugada.

Y esa procesión por los pasillos infinitos de los aeropuertos, que parecen no tener fin.

La primera duda te roba el sueño, y terminas la noche en un bucle de ansiedad vigilando el reloj. Al final, casi agradeces que llegue la hora de levantarse sólo para terminar con la agonía. Pero el cansancio pasa factura: bajo los fluorescentes de la terminal, los demás viajeros se mueven como figurantes en una distópica película de zombis.

Sin embargo, el destino siempre guarda un as bajo la manga para recordarte quién manda. Llegar a las cinco de la mañana y ser recibido por un látigo de 26 grados bajo cero es una cura de humildad instantánea. Aunque, mirándolo con optimismo antropológico, a partir de ese bofetón térmico, cualquier cosa que suceda solo puede ser una mejora.

Seis años después, por fin hemos pisado el suelo de Ulán Bator, la capital de Mongolia. Es una cuenta pendiente; un fantasma de la prepandemia que nos obligó a retroceder cuando el mundo se cerró. Seis años han pasado para que podamos retomar el hilo de esta historia que se nos quedó pausada en Irkutsk.

¿Sorprende Ulán Bator? Es difícil de decir. Uno llega con la retina impregnada de románticas ensoñaciones sobre estepas infinitas, nómadas legendarios y horizontes de trekking. Pero la realidad urbana es más cruda y prosaica: un despliegue de desorden, un tráfico que parece un organismo vivo y estancado, y destellos culturales que emergen entre el caos. Es una ciudad que se debate en una transición violenta hacia un capitalismo salvaje, donde los neones de las marcas occidentales reclaman su espacio en cada esquina.

Decidimos medir la ciudad con nuestros pasos desde el primer minuto, sin tregua. Caminamos buscando el refugio del sol para combatir los -26º, recorriendo barrios, cruzando puentes y coronando colinas para desentrañar cada rincón visitable. En este deambular, descubrimos una paradoja: nuestras piernas eran más veloces que el motor de combustión. Google Maps confirmaba nuestra victoria sobre el asfalto; íbamos a llegar antes a pie que en cualquier vehículo. La ciudad vive sumergida en un atasco eterno que solo respira de madrugada.

Solo cuando el tráfico dio una tregua momentánea, nos rendimos al confort de un taxi. Tuvimos la suerte de dar con un chófer encantador, ávido por pulir su inglés con nosotros. Gracias a él, completamos el mapa de hitos: el Palacio de Invierno de Bogd Khan, la Colina Zaisan y el misticismo del Monasterio de Gandantegchinlin.

La segunda jornada fue un viaje compartido solo por Hasier y yo. El chófer mongol nos iba llevando a los lugares prefijados. Sin guías, porque la inmensidad no necesita explicaciones, nos adentramos en los alrededores de la capital. El Parque Natural de Terelj, la imponente Estatua de Chinggis Khan, la Roca de la Tortuga y el silencio del Templo de Meditación Aryabal se sucedieron como postales de una Mongolia eterna.

Pero lo que realmente se grabó en la memoria fue el paisaje níveo. Esa estepa blanca y vasta no era solo una estampa hermosa, sino un preludio, un aviso de lo que nos aguardaba en el trayecto ferroviario hacia Pekín.

De regreso, mientras cruzábamos un puente sobre un río de hielo, el contraste fue total: a nuestra izquierda, una fila de coches resignados al avance lento del tráfico ; a nuestra derecha, sobre la nieve congelada del río, una figura solitaria caminaba hacia su destino. Capturé la imagen, miré por última vez el caos de metal a mi izquierda y seguimos caminando, con el frío en la cara y el hotel como meta.

 














Leer más...

LA VUELTA AL MUNDO (II): Luces, cámara y ¡¡¡¡ACCIÓN!!!!!!!

11 comentarios


CÓMO DECÍAMOS AYER...

 I. Resumen de un viaje interrumpido por la pandemia

La idea de este viaje no fue un impulso repentino, sino una de esas "fantasías animadas" que uno cultiva durante años. Con la jubilación asomando en el horizonte, empecé a ver este proyecto, no como una escapada, sino como una declaración de intenciones.

Siempre he diferenciado claramente entre ser un "turista" y un "viajero". El turista consume destinos; el viajero consume kilómetros, conversaciones y esperas. Por eso, el tren era inegociable: es el medio que te permite ver cómo el paisaje se transforma gradualmente y cómo vive y se relaciona la gente.

Durante diez años, ahorré con disciplina. Y además estudié inglés. No pretendía ser bilingüe, pero sí capaz de entender una indicación en una estación perdida de Siberia. El destino quiso que mi compañero original, tuviera que retirarse por un accidente, lo que abrió la puerta a una oportunidad de oro: viajar con mi hijo. Que su empresa de Londres le diera cuatro meses de permiso fue el primer milagro de esta aventura.

II. El arranque: La vieja Europa y el primer contacto con el Este

El 1 de marzo de 2020 salí de Santurtzi. El encuentro con Hasier en París fue el verdadero pistoletazo de salida. Dejamos atrás la comodidad de lo conocido para adentrarnos en la red ferroviaria europea. Berlín nos recibió con su historia de búnkeres y escombros, una ciudad que parece haber procesado su dolor para convertirse en un faro de modernidad. Pero mi mente ya estaba más al este.

Varsovia fue una revelación. Pasear por el barrio de Praga, imaginar las escenas de El Pianista en sus calles desconchadas que sobrevivieron a la demolición nazi, me hizo reflexionar sobre capacidad humana para adaptarse a "todo". Fue allí donde tomamos nuestro primer tren de larga distancia: 17 horas hacia Kiev. En ese vagón, con aire de otra época, empezamos a sentir que nos alejábamos de la burbuja europea. Fue también donde el COVID-19 dejó de ser una noticia lejana para convertirse en una sombra: los revisores ucranianos, al ver el pasaporte español, nos miraban con una mezcla de miedo y sospecha.

III. Ucrania y la mística de las cúpulas doradas

Kiev nos golpeó con su escala monumental. Su metro, con estaciones a más de cien metros de profundidad diseñadas como refugios nucleares, nos obligaba a viajes interminables en escaleras mecánicas donde la gente subía y bajaba con una seriedad imperturbable. 

Visitamos el Monasterio de las Cuevas, rodeados de monjes jóvenes y una devoción ortodoxa que me resultó fascinante por su intensidad.

Sin embargo, la logística empezaba a complicarse: Las noticias sobre cierres de fronteras empezaron a gotear. Aun así, seguimos adelante. El cruce nocturno hacia Rusia fue una escena de película de espías: perros rastreadores, militares con gorras inmensas y un control de pasaportes a las dos de la mañana en un hangar iluminado por fluorescentes parpadeantes.

IV. Moscú y la inmensidad del Transiberiano

Moscú nos recibió con la majestuosidad de su metro, el "Palacio del Pueblo". Cada estación es una lección de arte y propaganda, una belleza que contrasta con la frialdad exterior. Pero lo que realmente esperaba era el Transiberiano. Subir a ese tren hacia Ekaterimburgo fue cumplir un sueño vital.

La vida en el tren tiene su propio ritmo. El espacio es reducido, pero el tiempo se expande. Pasábamos las horas leyendo, escuchando música y mirando por la ventana un paisaje de abedules infinitos y nieve virgen. Compartimos cabina con personajes que parecían sacados de una novela de Dostoievski, como aquel ruso al que llamamos "Pedro Navajas", que con su diente de oro y sus peticiones de dinero nos recordaba que estábamos en el corazón de la estepa.

Fue en este tramo donde el "Nudo Gordiano" de nuestro viaje se apretó definitivamente. Mongolia cerró sus fronteras. China era un agujero negro sanitario. Nuestro plan original de cruzar a Pekín y bajar hacia Vietnam se desvaneció en el aire de una cabina de tren con calefacción excesiva.

V. El salto desesperado a Tailandia

Atrapados en Siberia y con las rutas terrestres cortadas, tomamos una decisión que iba contra nuestra filosofía original pero que era necesaria para sobrevivir al viaje: volar a Bangkok. El aterrizaje fue un puñetazo climático. Pasamos de los -10ºC de Rusia a los 35ºC con una humedad del 90%.

Bangkok estaba extrañamente tranquila. Los templos como el Wat Pho y el Buda Reclinado mantenían su paz dorada, pero en las calles se mascaba la tensión. En la embajada de Vietnam recibimos el "no" definitivo. Éramos españoles, y en ese momento, España era sinónimo de contagio. Intentamos mantener el espíritu de exploradores visitando los mercados flotantes, pero la sombra del cierre global era ya demasiado alargada.

VI. El regreso: La derrota que no fue tal

El 18 de marzo, el gobierno español anunció medidas drásticas. No podíamos arriesgarnos a quedar atrapados en un sistema sanitario que desconocíamos o a ser un problema para nuestras familias. Con una tristeza profunda pero con la convicción de estar haciendo lo correcto, buscamos un vuelo de regreso.

He recorrido 9.000 kilómetros. No son los 40.000 que soñé, pero la intensidad de lo vivido no se mide en números. He descubierto que mi hijo es el mejor compañero de viaje posible, que el mundo es mucho más pequeño y vulnerable de lo que pensamos, y que el tiempo, cuando se vive con intensidad, vuela incluso en una litera de un tren ruso durante tres días seguidos.

No me siento derrotado. He acumulado mapas, contactos, experiencias y una libreta llena de notas que son el borrador de la segunda parte de este viaje.

¡Y ya estamos de vuelta!

Porque, como bien aprendí en este trayecto, el viaje no termina cuando llegas a casa, sino cuando empiezas a planear el siguiente.











































Leer más...