LA FOTO: Historias enredadas que huelen a sal

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LA FOTO: Después de un día de pesca

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LA FOTO: Para aguas

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Después del pequeño inciso de La Vuelta al Mundo, volvemos con la foto que pretende ser semanal 

 

 


 

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La vuelta al Mundo (II). Epílogo. El arte de ver pasar el mundo

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"Los turistas no saben dónde han estado, los viajeros no saben hacia dónde van”.

Paul Theroux, El viejo expreso de la Patagonia (1979).


El viaje ha terminado. Hemos atravesado 17 países y hemos visitado 46 ciudades. En total han sido 33.000 km de tren y autobús.

Ahora, por fin, las mochilas descansan en el suelo de casa y las zapatillas reclaman un merecido descanso. Cinco continentes, fronteras difusas y husos horarios cruzados nos dejan una certeza en el corazón: el poso imborrable que deja el mundo cuando se recorre a ras de suelo.

Mucha gente me pregunta estos días con curiosidad: “¿Qué país te ha gustado más?”. Supongo que esperan que elija entre la majestuosidad de un monumento, la gastronomía de una capital o el exotismo de una frontera remota. Sin embargo, mi respuesta siempre les desconcierta: “Mirar por la ventanilla”. Porque el verdadero destino no ha sido un punto fijo en el mapa, sino ese rectángulo de cristal que nos ha permitido contemplar la transformación del planeta palmo a palmo, sin filtros ni anestesia. El viaje no ha sido el lugar donde bajamos, sino todo lo que sucedió mientras avanzábamos. Elegimos ser observadores silenciosos de la realidad, integrándonos en el paisaje en lugar de alterarlo.

La escuela de la ventanilla

Haber renunciado en su gran mayoría al avión para abrazar el traqueteo del tren y el balanceo del autobús ha sido la mejor decisión del viaje. Viajar pegado a una ventanilla te otorga el superpoder de ver cómo cambia el planeta en tiempo real. No saltas de una burbuja climatizada a otra; ves la monótona y a la vez cambiante estepa rusa expandirse hasta Mongolia, las inmensas ciudades chinas brotar de la nada con su perfecta sincronía, o cómo el desierto ocre de Atacama o Nuevo México cede su lugar, casi sin que te des cuenta, a praderas verdes. Incluso eres testigo de los caprichos del clima, viendo cómo una tormenta imprevista cuaja en nieve para desaparecer por arte de magia tras la siguiente curva.

Desde ese rectángulo de cristal hemos sido testigos de la vida en su estado más puro:

Naturaleza en movimiento: Ciervos corriendo bajo mantos gélidos, canguros “suicidas” que se cruzan delante del autobús por el desierto australiano, paisajes imponentes al otro lado del cristal que nos hacían olvidar por completo el bullicio y el desorden del interior del autobús, e infinitos campos de cultivo que se extendían hasta donde alcanza la vista.

La belleza de lo cotidiano: Lo que para nosotros era un espectáculo asombroso, para el resto del pasaje era simplemente "el camino a casa". ​Vivimos el microcosmos de aquel tren donde compartimos trayecto con la familia rusa que regresaba tras una consulta médica en Moscú. ​O el de aquel autobús donde nos fundimos con nativos australianos que se desplazaban entre ciudades; o en aquel otro donde subieron aquellas mujeres a cantar las virtudes de sus chicharrones y papitas, junto al pasajero que se afeitaba en seco al ritmo de reguetón. Y muchas veces acompañados de trabajadores emigrantes que regresaban cargados de nostalgia y miradas cansadas. ​

Toda esa cotidianidad es, en el fondo, lo que años atrás intentábamos definir al hablar de la diferencia entre el turista y el viajero. No se trataba de los kilómetros acumulados ni de los títulos en los mapas, sino de despojarse de los prejuicios, aprender a disfrutar del instante y comprender que tu normalidad es solo una versión más entre millones. 


 

Las dos caras de la moneda

El viaje en superficie también nos ha obligado a mirar de frente las heridas del mundo. No todo ha sido la postal idílica de las Líneas de Nazca o la verticalidad de la jungla de cristal de Chicago. Cruzar el mundo a ras de suelo te impide apartar la mirada de la degradación humana, de los "invisibles" que habitan las calles de Darwin, Christchurch, Los Ángeles… o los asentamientos a la entrada de grandes ciudades como Santiago de Chile.

El subconsciente activa alertas tristes, miedos que se instalan y realidades que encogen el corazón. Pero aceptar el destino implica eso: asumir la ruta con sus luces y sus sombras, dejarse sacudir por la empatía y la impotencia, y entender que el primer mundo a menudo esconde paradojas difíciles de digerir.

El veredicto del camino

Desde el inicio de la ruta hasta este epílogo, el "Caballo de Hierro" y el autobús "mágico" nos han regalado un sinfín de sensaciones que jamás habríamos experimentado a diez mil metros de altura. Hemos aprendido a convivir con la impuntualidad, a reírnos de los desvíos imprevistos en Rochester y a valorar el silencio de las estaciones tanto como el bullicio de los mercados locales de Casablanca o Lima.

Volvemos con menos suela, pero con la mente infinitamente más ancha. Porque, al final, una vuelta al mundo no se mide en la distancia recorrida, sino en la capacidad de seguir asombrándote cada vez que miras a través de un cristal.

Hoy todavía los recuerdos van, vienen, se agolpan sin orden y lentamente se van ubicando en su espacio y tiempo. Retazos de nostalgia.

No sé por qué, una imagen de una película de “carretera” se hace un hueco en mi mente: dos tipos en moto van a partir. Uno de ellos se quita el reloj, lo mira y lo tira al asfalto. Arrancan, aceleran y poco a poco se pierden de vista en el horizonte.

Pon en marcha tu motor / 

Saltemos al asfalto / 

En busca de aventuras / 

Da igual a dónde nos lleve.

Steppenwolf, Born to Be Wild /

Easy Rider (1969)


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La vuelta al Mundo (II). Días 16 a 22 de mayo de 2026. FINAL DEL VIAJE. Una noche en Casablanca

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“¿Por qué debería preocuparme la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”. 

 Groucho Marx (Pistoleros de agua dulce, 1931)


El pasaje entero rompió en aplausos en cuanto las ruedas del avión tocaron tierra en Casablanca. Ese estallido de agradecimiento colectivo me hizo pensar, irremediablemente, en mi pescatera y en la inigualable destreza con la que limpia y desespina el pescado mientras me da conversación. Pensé,  "después de tantos años de servicio impecable, ¿Acaso no se merece también una cerrada ovación?

La verdadera razón de volar hasta aquí era añadir el continente africano a esta Vuelta al Mundo. Nuestra idea inicial era mucho más ambiciosa: queríamos diseñar un recorrido que comenzase más al sur y que atravesase varios países por tierra, aunque luego lo rebajamos a dos. Qué menos. Sin embargo, tras darle mil vueltas al mapa, chocamos con la cruda realidad. Fue imposible encontrar una ruta que cumpliese dos requisitos mínimos: que los países no estuviesen en guerra (o fuesen razonablemente seguros) y que contasen con una red de ferrocarril o autobús medianamente presentable. Todo nos obligaba a subirnos a un avión. Triste, muy triste.

Así que, antes de tachar a África de los planes, decidimos cambiar de estrategia: enfilaríamos el regreso a Euskadi entrando a España a través de Marruecos.

Como aterrizamos tarde, la aventura en Casablanca comenzó al día siguiente. Hasier, que había estado hace poco en el país, ya me lo había advertido: contra lo que el mito cinematográfico pueda sugerir, no es una ciudad con demasiados atractivos turísticos. Por eso calculamos que con unas horas sería suficiente antes de tomar el tren a Tánger a las 17:30 h.

Nuestra primera parada, obligatoria, fue la Gran Mezquita de Hassan II: un despliegue de lujo, diseño y grandiosidad. En la visita guiada de las 11:00 h nos tocó un guía estupendo y muy didáctico, con cuya información nos reafirmamos en una reflexión necesaria: el sinsentido de esa obscena cantidad de miles de millones que se entierran en monumentos faraónicos construidos a la mayor gloria del soberano de turno.

Como el hotel nos quedaba a una hora de camino, decidimos desandar el trayecto a pie y sin prisas. Regresamos bordeando el paseo marítimo, atravesando la medina y desembocando en la Avenida de Mohamed V, que conserva un despliegue bellísimo de edificios de estilo colonial francés, art déco y neomudéjar. Una auténtica delicia para la vista.

Por supuesto, nos dejamos arrastrar por el bullicio de un mercado local que se intuía muy cerca. A pesar de ser domingo (o precisamente por ello) el recinto era un hervidero de familias comiendo y comprando. La dinámica era fascinante: la gente compraba el pescado o la carne fresca en el puesto y, justo al lado, el encargado del restaurante se lo cocinaba al momento.

Por la tarde, el tren hacia Tánger tardó "solo" dos horas y media; un suspiro comparado con las eternas jornadas ferroviarias a las que veníamos acostumbrados. Tánger nos recibió con un aire mucho más sugerente, turístico y agradable. Allí el único peligro era que las oleadas de turistas que desembarcaban del ferry de Tarifa te despertasen bruscamente del letargo mientras disfrutabas de un té de menta en cualquier terraza. Medina, Zoco y Kasba; todo quedaba a un paseo cómodo y conectado con un centro urbano muy vivo.

Y entonces llegó el momento que marcaba, ya sin vuelta atrás, el principio del fin: la entrada a España en ferry. El martes, hacia las 11:00 h y tras apenas una hora de travesía, volvimos a tocar tierra: habíamos cruzado el Estrecho, estábamos en Tarifa. Se sentía el destino mucho más cerca, aunque todavía tendríamos que atravesar toda la península de sur a norte, en dos etapas que ya sabían a descuento, para llegar a nuestro punto de partida inicial.

El casco antiguo de Tarifa tiene todo lo que se le puede pedir a un centro histórico pequeño que se encuentra en vías de ser colonizado por los apartamentos turísticos: un rincón coqueto repleto de calles adoquinadas, casas encaladas, una iglesia, un castillo… y un extraordinario músico callejero tocando piezas de Paco de Lucía, logrando arrancar los aplausos espontáneos de quienes descansaban en las terrazas.

Al lado, muy cerca, un estrecho camino convierte a la Isla de las Palomas (ahora con protección ambiental) en una península. A mitad del recorrido, dos letreros de forja a ambos lados nos indicaron el punto exacto de unión entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo. Playas para aburrir y un largo paseo por todo el borde marítimo completaron el panorama.

Al día siguiente salimos hacia Málaga en autobús. Por el camino, contemplamos un bonito paisaje mediterráneo, aunque lamentablemente invadido por largas hileras de chalés adosados; pocas opciones para rescatar una buena foto de ventanilla. Ya en Málaga, empalmamos con el AVE a Madrid, que nos regaló la vista de miles de hectáreas de olivos y alguna estampa más vistosa que la cercanía del verano (un estío que ya se presentía seco) se había olvidado todavía de teñir de amarillo.

Una vez instalados en Madrid, nuestro primer gran objetivo era llegar a la sesión de las 20:00 h del concierto de jazz en el mítico Café Central (rebautizado como Café Central Ateneo desde que tuvo que cerrar su ubicación tradicional y alcanzar un acuerdo con el también legendario Ateneo de Madrid). Como las pocas veces anteriores en las que he tenido la fortuna de disfrutar de la música en ese local, fue un espectáculo increíble. Al finalizar, tuvimos la suerte de intercambiar unas palabras con el líder del grupo, Benny Sharoni, que resultó ser un tipo encantador.

Desde hace tiempo, mayo y junio suelen ser dos meses que convierten a Madrid en una gran galería de arte fotográfico. Motivo más que suficiente para que las jornadas siguientes se nos presentasen con una agenda repleta de buenas e interesantes exposiciones que no teníamos ninguna intención de perdernos. Entre la oferta, además de la fotografía, encontramos alguna muestra de pintura y una de divulgación científica que nos llamó poderosamente la atención: “Revolución Cuántica”, un tema fascinante que desde hace décadas está teniendo una incidencia decisiva en nuestra vida diaria sin que apenas nos percatemos de ello.

Un abono de transporte para el metro, unas zapatillas a las que todavía les quedaba algo de suela y una buena planificación para minimizar los trayectos fueron herramientas más que suficientes para exprimir el día y medio que nos quedaba, logrando que la experiencia fotográfica y cultural no se convirtiera en un atracón sin sentido.

Aparte del subidón de temperaturas que nos llevó hasta los 34 °C, todo discurrió según lo previsto. Dos notas de color ayudaron a cerrar la jornada antes de dirigirnos en metro a la estación de Chamartín, que nos traería de vuelta a Bilbao. La primera ocurrió al mediodía: mientras comíamos un menú, nos percatamos de que el bar estaba lleno de cuadros que se vendían con el precio colgado... ¡incluso los había en el baño! Se nos ocurrieron diversas escenas en el excusado, cada cual más rocambolesca, que podrían llevar a alguien a comprar una obra de arte desde una situación tan... comprometida. La otra fue el festival de música que había montado Radio 3 en el Museo Reina Sofía, que nos ayudó a quemar los últimos minutos en Madrid; previo paso lógico, cómo no, por el Guernika de Picasso.

A la postre, yendo con tiempo al encuentro con nuestro destino final, no perdimos el tren casi de milagro. Con todo patas arriba por las obras en la estación, no había quien se aclarase dónde estaban los andenes correspondientes. Con una terrible sudada y jadeando, a escasos cinco minutos de la partida, logramos ocupar nuestros asientos.

El viaje de regreso se hizo largo. No sé si porque acumulamos 45 minutos de retraso o porque nos invadía una extraña sensación de ansiedad. Una pregunta flotaba en el aire que casi no nos atrevíamos a formular: “¿De verdad estamos regresando a casa después de 82 días?”

La única certeza es que a las 00:04 h del sábado 23 de mayo, cruzamos, por fin, la puerta de nuestro hogar. El círculo de la Vuelta al Mundo se había cerrado exactamente donde empezó.

Al dejar las mochilas en el suelo y mirar el camino recorrido a través de tantos continentes, trenes, barcos y fronteras, es imposible no sentir que la gran aventura de vivir se resume en esos versos inmortales que Serrat tomó prestados de Machado y que hoy resuenan como los créditos finales de nuestro propio viaje:

 

“Al andar, se hace camino, 

y al volver la vista atrás  

se ve la senda que nunca 

se ha de volver a pisar.  

Caminante, no hay camino, 

sino estelas en la mar”. 

Joan Manuel Serrat (Caminante no hay camino, 1969). 











 




 






 







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