“En el desierto, no puedes decir de dónde vienes. Solo puedes decir hacia dónde vas”.
El paciente inglés, 1996
La entrada en Antofagasta no fue precisamente triunfal. Llegamos al anochecer, en plena hora punta, y desde la ventanilla del autobús la ciudad se presentaba como el paraíso del caos: un tráfico insufrible y un laberinto de edificios de todos los tamaños y colores construidos de forma aleatoria, sin rastro de orden urbanístico. Para rematar la escena, nuestro hotel, aunque correcto, se ubicaba junto a esas calles que es mejor evitar cuando cae el sol. En ese momento, sinceramente, daban ganas de salir corriendo.
Sin embargo, la noche trae reflexión y el día una perspectiva nueva. En ese impás, aprovechamos para poner orden a nuestras coordenadas. El episodio del dolor de muelas en Nueva Zelanda seguía presente; no como una urgencia, sino como un recordatorio de nuestra vulnerabilidad logística. El dentista nos dio un margen aproximado de seis semanas, pero el calendario del viaje es más largo que la paciencia de una raíz dental. Sumando a esto que el seguro ya no cubriría un nuevo percance en la misma pieza y que la situación de seguridad en los próximos destinos invitaba a la cautela, tomamos una decisión basada en la prudencia: decidimos acortar el viaje.
No era un final, sino un ajuste de ruta. Saltaríamos desde Lima hasta Los Ángeles. Ojo, tampoco es que EE. UU. sea el país más seguro del mundo, pero atravesarlo en tren de oeste a este era una de las ambiciones más deseadas de este increíble viaje. Priorizamos la tranquilidad, asegurándonos de que la experiencia siguiese siendo un placer y no una gestión de riesgos constante. Con esa decisión ya digerida, salimos a gastar zapatilla por Antofagasta. La ciudad nos dio la vuelta a la tortilla: paseamos por el puerto, charlamos con la cuidadora del museo local y compartimos confidencias con los bomberos del parque contiguo al hotel. Para coronar el cambio de ánimo, nos regalamos un festín de salmón en un restaurante que nos inspiró confianza. El pescado fresco no es fácil de encontrar en las cartas de precio medio, y cuando aparece, a veces genera dudas; por eso, lo de ese día fue un auténtico homenaje.
Un apunte sobre la logística: la puntualidad aquí es un concepto creativo. Los autobuses rara vez cumplen el horario y los paneles informativos brillan por su ausencia. Si preguntas en “Información”, te dicen que el bus “llegará pronto y se estacionará entre los andenes 6 y 12”. Y ahí te quedas, vigilando los andenes por si acaso. La información más precisa la obtuvimos de otro chófer: "El bus a Iquique es el bus rojo que viene detrasito" (detrás del suyo, quiso decir). Al escuchar el diminutivo, concluí que llegaría en no más de diez minutos. Y, efectivamente, cumplió. He ahí la clave lingüística: la diferencia entre el "detrás" y el "detrasito".
Ya camino de Iquique, el destino nos recibió con bruma. El paisaje era una escala de grises sobre una costa abrupta de acantilados que caen al Pacífico. La carretera se pegaba al agua revelando caletas y playas solitarias, todo ello adornado con tramos en obras sin asfaltar que nos obligaban a avanzar a paso de tortuga, a no más de 30 km/h. De repente, el horizonte se despejó y el sol dejó de ser tímido. Pasamos por pueblitos como Michilla o Punta Blanca, de una precariedad que hacía difícil adivinar de qué vive allí la gente. Al acercarnos a Iquique, nos impactó la estampa de la ciudad, encajonada entre el mar y un gran farellón (un imponente paredón de roca vertical). Solo nos quedamos una noche, la justa para un paseo animado por la playa.
Salimos temprano hacia Arica, ciudad fronteriza con Perú. El bus iba casi vacío, lo que nos permitió jugar a los fotógrafos saltando de un lado a otro. El primer tramo fue una larga subida por el farellón llena de curvas serpenteantes, lo que nos dio una visión cenital que desmentía la imagen atractiva que la ciudad transmitía desde la arena. Tras el habitual inicio gris, al virar hacia el interior, el sol reclamó su sitio. Cruzamos el desierto en rectas interminables hasta entrar en la Pampa del Tamarugal, un oasis hidrográfico que parece de otro mundo. La carretera bordeaba la parte superior del valle, mostrándonos allá abajo, a cien metros de profundidad, un espectáculo verde e irrepetible. Solo pudimos pensar: “¡Este maldito desierto de Atacama lo ha vuelto a conseguir un día más!”.
Arica nos regaló un último detalle. En la Catedral, un grupo de invitados impecablemente vestidos anunciaban una boda. Al salir de visitarla, uno de ellos nos abordó con curiosidad y nos regaló una apasionada conferencia sobre la historia de la ciudad. Fue un momento de lo más agradable: dos turistas con cara de turistas compartiendo charla con un señor elegante rodeado de invitados de etiqueta. Un cierre de jornada con estilo antes de que aquel sábado llegase a su fin.
Sin madrugar demasiado, cogimos el bus de Arica a Tacna (Tacna, en el lado peruano). El vehículo ya representaba una edad venerable antes de subir. Además de los asientos habituales, habían habilitado tres más "artesanales": grandes botes de pintura con cojines encima. Por supuesto, la hora de salida era “cuando se llenase el bus”, y así fue; no quedó ni un bote libre. Los trámites aduaneros resultaron sorprendentemente prácticos: dos cabinas enfrentadas, una para la salida de Chile y otra para la entrada en Perú. Darse media vuelta y listo.
Ya instalados en Tacna, descubrimos una ciudad que, si bien no es la mejor dotada en atractivos turísticos, transmite una calma envidiable. Quizá fuera por ser domingo por la tarde, pero se sentía una paz sin prisas. Recorrimos el Paseo Cívico, una amplísima "isla" peatonal que corre por el centro de la avenida principal. Allí nos topamos con una muestra de la vida cultural de la ciudad: música, niños bailando bajo los aplausos de sus padres y jóvenes luciendo trajes típicos. Nos quedamos un buen rato disfrutando del bullicio festivo, que resultó ser el preámbulo del Día Internacional de la Danza. Un recibimiento lleno de ritmo para nuestra primera noche peruana.
De vuelta en el hotel, cerrando este capítulo y después de todos los altibajos y de la montaña rusa de sensaciones de estos últimos días, repasando las canciones de toda una vida, me vino a la memoria el clásico de los Doobie Brothers "Listen to the music" ("Escucha la música"), que con su ritmo y su letra traslada una buena dosis de optimismo.
“Lo que la gente necesita es una forma de sonreír; no es tan difícil de lograr si sabes cómo”.
(Listen to the Music, 1972)
Nota final: Justo antes de cerrar este capítulo, supimos que para entrar en Ecuador por tierra era necesario un certificado de penales que no sabíamos si habríamos podido conseguir. Además, el 25 de abril hubo un atentado en la carretera Panamericana en Colombia, por donde seguramente habríamos tenido que pasar. Al final, la prudencia no solo fue sabia, sino casi providencial.




























































































