La vuelta al Mundo (II) Días 5, 6, 7, 8 y 9 de abril. Un Tranvía llamado Deseo. El pulso de las Metrópolis

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“No quiero realismo, quiero magia"
Blanche DuBois (personaje que interpreta Vivien Leigh en "Un Tranvía  Llamado Deseo") 1951.


Tras dejar atrás el polvo del desierto, nos esperaba una nueva jornada de "cabalgada" ferroviaria. Cruzar esta nueva zona de Australia en tren es asistir a una película en movimiento: un paraje rural semiárido donde los campos infinitos de trigo y cebada se funden con praderas de pastos salpicadas por miles de ovejas. De vez en cuando, el paisaje rompía su monotonía con el salto fugaz de un canguro, ese habitante errante que parece vigilar las vías. Nuestros ojos, hipnotizados tras el cristal, escudriñaban el horizonte buscando capturar con la cámara esos instantes de belleza que el entorno regala sólo a quien sabe observar.

Llegamos a Melbourne, una urbe de cinco millones de almas que ostentó la capitalidad del país a principios del siglo pasado. Para separar el grano de la paja, recorrimos sus arterias en un free tour que nos bajó de la nube: tras la fachada de prosperidad, la realidad golpea con dureza. Nos impactó la cantidad de personas durmiendo y pidiendo en las aceras, muchos de ellos jóvenes; un síntoma de la crisis de vivienda que asfixia a la población local.

En el reverso de la moneda, la ciudad nos sedujo con su funcionalidad y su cultura: Un sistema de tranvías prodigioso por su frecuencia y alcance. Debido a la crisis del combustible, el servicio era gratuito, un alivio para el bolsillo y un placer para el viajero. Como si de la obra de Tennessee Williams se tratara, nuestro "tranvía llamado deseo" fue el número 35. Un vehículo histórico que, en su recorrido circular, nos permitió llegar un poco más lejos sin desgastar la suela de las zapatillas.

La Biblioteca Pública, con su imponente diseño octogonal y su cúpula majestuosa, se alza como la verdadera joya de la corona. Un refugio donde el silencio y la arquitectura compiten por el protagonismo.

El día se despidió a orillas del río Yarra. Allí, entre el bullicio de las terrazas y la silueta de una noria gigante, vimos al sol batirse en retirada entre los rascacielos, regalándonos una de esas luces de postal que justifican cada kilómetro recorrido.

Un último salto en tren nos plantó en Sídney. Es inevitable quedar fascinado ante la silueta de la Ópera, ese icono de la humanidad desde 2007 que domina la bahía. Sin embargo, hemos aprendido que ver patrimonio está bien, pero comprender una ciudad requiere algo más: requiere perderse.

Nos alejamos de los centros turísticos para caminar por callejones anónimos y sentarnos a tomar café donde nadie nos espera. Solo así, despistándonos a propósito, logramos respirar por un instante el mismo aire que los ciudadanos de este rincón del mundo.

Pero el día en Sídney aún no había dicho su última palabra. Al atardecer nos dirigimos al lateral del Jardín Botánico, un balcón natural desde el que se domina la bahía. Allí, el Palacio de la Ópera y el Puente de la Bahía se alinean en un primer plano para deleite de los presentes. Para que la magia de la que hablaba Blanche DuBois se manifestara, el Sol debía cumplir su parte del trato y teñir el cielo de rojizo. Y vaya si cumplió. Junto a cientos de personas que nos reunimos allí en un ritual silencioso, disfrutamos de un atardecer que nos regaló una postal inigualable, de esas que se quedan grabadas en la retina mucho después de que la luz se apaga.

A la mañana siguiente, nos marcamos un reto físico: la caminata costera desde la playa de Bondi hasta Coogee. Son unos ocho kilómetros de sendero que, aprovechando las suaves temperaturas matinales, se convirtieron en una experiencia revitalizante.

En mitad del trayecto, nos detuvimos en el cementerio de Waverley. Habíamos leído que era un lugar imprescindible y la realidad superó las expectativas. Situado en la ladera del monte y asomado directamente al océano, es un camposanto que cualquiera envidiaría como última morada. Con el romper de las olas como banda sonora eterna y el azul infinito del Pacífico frente a las lápidas, la eternidad en un lugar así debe de ser, con toda seguridad, un poco menos aburrida.

Para cerrar la jornada, el destino nos reservaba una coincidencia curiosa. Casi al lado de nuestro hotel, en el parque, nos acercamos a saludar al grupo de Castells de Sídney. Hasier, que forma parte de la colla de Londres, no quiso dejar pasar la oportunidad de ver cómo esta tradición catalana de torres humanas ha echado raíces también en las antípodas. Saludar a sus componentes mientras ensayaban fue el broche perfecto para nuestros días en la ciudad.

Sídney cierra la impresionante experiencia de atravesar toda Australia, primero en bus y para finalizar, en tren. Ahora, con el alma llena de paisajes y gentes cerramos este capítulo de desiertos, rascacielos, raíles, tranvías y magia.


 






 






















































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La vuelta al Mundo (II) Días 1, 2, 3 y 4 de abril. Autopista al Infierno: Colecciono moscas.

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“Tengo en una caja metidas unas moscas ¿por qué?… / Tengo moscas pequeñas, tengo moscas grandes, ¿y qué?”

Golpes Bajos, "Colecciono moscas" (1984)

 

El viaje continuó fiel a su estilo y sin sorpresas en lo mecánico. Nuestra compañía de autobuses favorita nos "agasajó" con una unidad idéntica a las anteriores, esta vez con el puerto USB inerte. A bordo, apenas ocho pasajeros surcando un paisaje de una monótona belleza, donde el chófer hacía las veces de cartero, parando de vez en cuando y dejando sacas en grandes buzones que aparecían de repente de la nada. Seguro que es la manera de mantener vivo el cordón umbilical con los pobladores del desierto.

Las paradas en gasolineras destartaladas calcadas de las de una película de Mad Max, fueron el preaviso del horror. Saliendo del bus, una legión de moscas nos esperaba para intentar colonizar cualquier orificio corporal desprotegido.

Era sólo el calentamiento para lo que vendría en Coober Pedy. Al llegar a nuestro destino, los 15 minutos de caminata hasta el motel con las maletas, fueron un festín para "las malnacidas". La salvación llegó a la mañana siguiente en forma de una malla para la cara que se vende para turistas; un accesorio estético dudoso, pero que literalmente nos salvó la vida. Los residentes del lugar, por supuesto, no usaban este tipo de artilugios. Parecían de Bilbao.

¿Qué es Coober Pedy? Un lugar que vive de la minería y de un turismo "de paso", pero sobre todo, un pueblo donde la gente no sale si no es en coche, de puerta a puerta, para evitar el "infierno" de los malditos bichos. 

El paisaje urbano parece un cementerio de maquinaria, coches y autobuses abandonados de otras épocas que parecen formar parte del mobiliario eterno del desierto. O quizás alguien los colocó allí para dar un toque nostálgico, con un sentido de la estética urbana un poco dudoso. Vete a saber.

Decenas de km antes de llegar, el horizonte se había llenado de montículos de tierra blanca. No eran dunas, eran el rastro de más de un millón de pozos mineros artesanales excavados durante un siglo en busca de este mineraloide amorfo llamado ópalo, que mantiene la economía de Coober Pedy. Conseguimos, ya sin mucha dificultad, visitar una mina - museo y el museo local, lugares donde se palpa la dureza extrema de quienes intentaron arrancarle un poco de brillo a esta tierra hostil.

Como turista, además, quieres caminar por las calles de las ciudades que visitas. En Coober Pedy avanzas por cualquier avenida, miras a un lado, miras al otro, y no ves a nadie. Sí, allí dos turistas, también "enmascarados", van caminando por la “acera” de enfrente. Les saludas con un gesto de complicidad y sonríes. Mientras, tu mirada escudriña de reojo las sombras esperando, no sin sospecha, el estallido de una horda zombi dispuesta a dar cuenta de los últimos supervivientes.

Lo peor de estos sitios es tener que “hacer tiempo” hasta que aparece el autobús salvador. Pocas veces un transporte ruinoso ha sido tan deseado. A las 19:30 h, entre el griterío imaginario de miles de moscas pidiendo que nos quedáramos, saltamos al bus con destino a Adelaide.

Llegamos con puntualidad a las 6:15 h de la mañana a una ciudad de 1,5 millones de habitantes que prometía civilización. Sin embargo, el calendario nos tenía guardada una última broma: era Viernes Santo y el silencio era absoluto; todo estaba cerrado, todo despejado. Sólo el Jardín Botánico nos abrió sus puertas, ofreciéndonos un paseo tranquilo, y por fin, sin zumbidos en los oídos.

Por la tarde, trámites varios (hoteles, transportes, VISA para N. Zelanda…) y un paseo por el relajante jardín japonés que había cerca de nuestro hotel.

​La mañana siguiente nos reveló una urbe transformada y vibrante. Ante nosotros se abrían avenidas infinitas, aceras de una anchura imperial y zonas peatonales donde la vida latía con fuerza: mercados, el pequeño Barrio Chino, músicos callejeros, murales por doquier…

​Buscando desentrañar los misterios de este coloso geográfico, nos adentramos en el Museo del Sur de Australia. Allí, el caos del mundo exterior se convirtió en orden y conocimiento. A medida que recorríamos sus galerías, nos invadía una revelación humilde: la riqueza y diversidad de este país son tan vastas que nuestro paso por él, por intenso que esté siendo, no es más que una leve pincelada de conocimiento en un enorme puzle de miles de piezas.

Al día siguiente volvíamos al tren, la etapa demoledora del desierto australiano había tocado a su fin. El sonido del mítico riff de guitarra con el que Angus Young (guitarrista de AC/DC) elevó a los cielos la canción “Autopista al Infierno” se iba apagando, hasta perderse por las inmensas llanuras del Centro Rojo de Australia.



























 
































 

 

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