"La felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de viajar."
Marco Polo
Un viaje de esta magnitud no comienza realmente con el primer paso, sino con el primer raíl. Porque la esencia de la aventura no es solo alcanzar el destino, sino entregarse al camino; viajar es, al fin y al cabo, la metáfora más perfecta de la existencia.
El ritual comenzó con el rigor del madrugón: a las 7:15 h, el mítico Transmongoliano reclamaba nuestra presencia. Sin dramas; en la ruta, los tiempos son soberanos y la aceptación es la mejor compañera de equipaje. Por delante, 31 horas de travesía por la estepa y el desierto que decidimos honrar en una cabina de primera clase. A cierta edad, uno ya sabe que el confort no es un lujo, sino una forma inteligente de entender el concepto VIAJAR.
La mañana nos regaló una inmensidad blanca, una estepa nevada custodiada por montañas suaves. Por la ventana desfilaban yurtas solitarias y puntos negros que, al acercarse, revelaban ser caballos escarbando con tesón bajo el hielo. Al mediodía, el blanco absoluto cedió su trono a los tonos ocres y grisáceos de arbustos que reclamaban su lugar en el paisaje. Al caer la tarde, cerca de la frontera, la nieve se desvaneció por completo para dar la bienvenida a la aridez del desierto del Gobi.
Hacia las 20:00 h, el desfile burocrático rompió la calma de la cabina. Una procesión de uniformados, enigmáticos y repetitivos, solicitaron nuestros pasaportes una y otra vez, recordándonos que los procedimientos fronterizos son misterios que ni la ciencia ha logrado descifrar.
Ya en suelo chino, el tren se detuvo para una coreografía técnica: cuatro horas de espera mientras cambiaban el ancho de los ejes para adaptarlos a la red ferroviaria local. Al despertar, el mundo había mutado. La soledad de la estepa fue sustituida por colosos de hormigón y zonas industriales; la huella humana se hacía, por fin, omnipresente.
Llegamos a un Pekín inabarcable, de infraestructuras impecables y un orden casi magnético. Resulta un espectáculo hipnótico observar autovías de seis carriles donde el 80% de los vehículos se deslizan en el silencio de la energía eléctrica.
Pero Pekín no se contempla, se conquista. Con una agenda al límite, nos lanzamos a los 10 km de ascenso y descenso por las escaleras infinitas de la Gran Muralla. Admiramos el PalaciodelCielo, la inmensidad de la Plaza de Tiananmen y la desbordante Ciudad Prohibida.
No todo fue como la seda: tres horas de cola inesperada para acceder a estos últimos hitos pusieron a prueba nuestra paciencia. Hubo algún roce verbal con el guía —el eterno pagano de las frustraciones del viajero—, pero el cansancio no nos detuvo. Esa misma noche, con 18 km de caminata en las piernas y el espíritu saciado, subimos al tren nocturno con un nuevo horizonte: Xian.































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