“El destino de uno nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.”
Henry Miller
Vientián nos recibió con una bofetada de realidad. Si China había sido orden, asfalto impecable y pagos digitales invisibles, Laos nos lanzó de golpe a la cara la fragilidad del sudeste asiático. La primera noche, una adolescente con dos niños pedía una limosna entre los turistas del lugar, un poco más al fondo, bajo el parpadeo de neones que anunciaban "Sexy Girls". Comprendimos que habíamos aterrizado en uno de esos rincones donde la belleza convive, sin filtros, con la obscenidad humana.
Con el "Plan B" financiero en marcha para sortear el bloqueo de la tarjeta, salimos a conquistar una ciudad que se resiste a ser caminada. Entre aceras maltrechas y un sol que empezaba a reclamar su territorio, llegamos a un lugar que te encoge el alma: la organización COPE.
Allí, el peso de la historia se hace físico. Es estremecedor descubrir que el 30% de las bombas lanzadas por EE.UU. durante la Guerra de Indochina nunca llegaron a estallar. Hoy, décadas después, siguen despertando bajo los pies de campesinos y niños, dejando un rastro de amputaciones que COPE intenta mitigar con prótesis y dignidad. Se dice que aquí cayeron más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial; un dato que te hace caminar con un respeto renovado por esta tierra.
Buscando la redención visual, perseguimos el atardecer hasta Pha That Luang. Llegamos al límite, con los últimos hilos de luz rozando el oro de la estupa. En ese instante, cuando el monumento brilla con una intensidad casi mística, olvidas el cansancio y las aceras rotas. Cerramos el día perdiéndonos en el mercado nocturno, disfrutando del griterío y del caos de los puestos de comida local.
La salida de Laos fue una prueba de fuego: un tren nocturno en segunda clase. Fue una noche "durilla", de esas que te recuerdan que el viaje también es resistencia.
Pero al amanecer, entramos en Bangkok.
Pisar la capital tailandesa fue como atravesar un portal temporal hacia aquel marzo de 2020, cuando el mundo se nos cerraba y buscábamos aquí una huida desesperada. Seis años después, ya no corremos. No hay embajadas que nos digan que "no" por ser españoles. Esta vez, Bangkok no es un refugio, hoy es el testimonio de nuestra persistencia.
Decidimos que los monumentos ya estaban vistos en la larga espera de 2020. Esta vez nos iríamos a pasear por las zonas “nobles” de la ciudad: Rascacielos imposibles, Centros Comerciales irreales… Es lo que tiene Bangkok, no hay término medio: o miseria o exuberancia.
Estábamos alojados en un hotel cerca del centro, se puede decir que era un buen hotel al que le había alcanzado la necesidad humana de tener un espacio para vivir: Las chabolas. Todas las callejuelas que lo rodean eran un amasijo de construcciones de uralita dentro de las cuales se me hacía difícil pensar que hubiese vida. Por la ventana de nuestro 5º piso, un espectacular templo budista perfectamente resguardado tras su impecable enrejado, contrastaba con ese entorno plagado de pobreza y miseria. Como el centro comercial rodeado de zombis en una película del género.
Y todo ello a 35 º, agitado, no revuelto. Como diría el eterno Bond, James Bond.























































