La vuelta al Mundo (II) Días 24, 25, 26 y 27 de marzo. El Eco del Acero: Desde Bilbao y Londres a las Antípodas en un Tren de Largo Recorrido

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“A la vuelta de la esquina / a 700 m de aquí / miras a los trenes de larga distancia en marcha / y los ves desaparecer”.

“Long Train Running”  1973

The Doobie Brothers


Llegar a Singapur fue el momento de echar la vista atrás y procesar la magnitud de lo que estamos logrando. Al mirar el mapa, la cifra marea: saliendo desde Bilbao y Londres, utilizando el tren como único cordón umbilical, hemos atravesado Europa y Asia de punta a punta. Hemos completado el trayecto ferroviario más largo del mundo que se puede hacer de seguido, una hazaña que sólo podría superarse partiendo desde Lisboa. Es, en toda regla, una victoria del viajero sobre la distancia.

Nuestra estancia fue un suspiro fugaz: dos noches y apenas día y medio para turistear. Singapur se nos presentó como una Ciudad-Estado de 6 millones de habitantes donde el orden es una religión. Posee un transporte público impecable y una gestión del tráfico que parece ciencia ficción; en nuestro paso, no vimos ni un solo atasco.

Nos sumergimos en el contraste sensorial de Little India y Chinatown, donde los aromas de las especias y la vida en los puestos callejeros te envuelven. Entre templos hindúes, budistas y mezquitas que se convierten en aulas de religión improvisadas, Singapur despliega su otra cara: un bosque de rascacielos majestuosos y centros comerciales tan vastos que parecen desafiar las leyes de la oferta y la demanda.

El salto a Australia tuvo su propia dosis de drama cinematográfico. Lo que debía ser un vuelo rutinario de cinco horas a Darwin se transformó en una aventura cuando, a punto de aterrizar, nos avisaron de que la pista estaba bloqueada por un avión que había realizado un aterrizaje de emergencia. Como si el destino quisiera regalarnos una página extra, fuimos desviados a Cairns, 1700 km hacia este de Darwin. Una ciudad fuera de guión que ya podemos sumar a nuestra lista.

Finalmente en Darwin, nos encontramos con una ciudad de paso, castigada por un calor sofocante que parecía querer agotar nuestras expectativas. Exploramos los túneles de almacenamiento de petróleo de la Segunda Guerra Mundial (cicatrices de acero construidas contra los bombardeos japoneses) y nos dejamos sorprender por los impresionantes murales que decoran las fachadas del centro, auténticas obras de arte callejero.

Pero el verdadero cierre de esta etapa ocurrió en una pequeña cafetería, mientras buscábamos refugio del pegajoso calor tropical. De repente, como un guiño del destino, empezó a sonar una de mis canciones favoritas de los 70: “Long Train Runnin” de los Doobie Brothers.

Fue un momento mágico. Esa metáfora del tren de largo recorrido que representa la perseverancia y el viaje de la vida nos golpeó con fuerza. Era la señal que necesitábamos para cerrar este capítulo: la confirmación de que, a pesar de los obstáculos y los desvíos, nuestro tren sigue en marcha.

































 

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La vuelta al Mundo (II). Días 19, 20, 21, 22 y 23 de marzo. Kuala Lumpur: El rompecabezas de la frontera y el regreso al orden

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“No todos los que deambulan están perdidos.”

J.R.R. Tolkien


La partida hacia Kuala Lumpur tuvo su "aquel". Hace un par de semanas, al intentar comprar los billetes de tren desde Bangkok, se nos heló la sangre: los tickets habían volado literalmente en cuanto salieron a la venta. Tocó respirar hondo y buscar una alternativa que no nos hiciese perder demasiado tiempo.

La solución fue un pequeño puzle logístico: Un primer trayecto hasta Hat Yai, un tren de cercanías hasta la frontera en Padang Besar y, tras realizar los trámites de pasaporte en la misma estación, el salto definitivo hacia la capital malaya. Sabíamos que el riesgo era alto; un fallo en los enlaces en un sistema con fama de impuntual nos habría dejado en lugares sin ningún interés para nosotros. Al final, el plan funcionó, aunque nos costara un día en la salida de Bangkok y otro más por pérdida del enlace a Singapur, como consecuencia de lo anterior. Asumible, contábamos con que tarde o temprano tendríamos incidencias de este tipo.

Resumiendo: Salimos de Bangkok a las cinco de la tarde y, 26 horas después —paliza incluida—, entramos en Kuala Lumpur.

La primera impresión al llegar fue la de volver a la “civilización”: encontramos aceras a prueba de esguinces y coches que, milagrosamente, se detenían en los semáforos. Otro mundo. Eso sí, la humedad y los 35 °C trataban de convencernos de que caminar era una locura.

Sin embargo, el bosque de rascacielos, que con sus enormes pantallas llenas de atractiva propaganda reclamaban la atención del viandante, nos regalaba pasillos de sombra que administrábamos con pericia de caminante experto. Si hubiésemos tenido una tarde de lluvia tropical persistente no me hubiese sorprendido cruzarnos con Rick Deckard, maravilloso personaje de la magistral Blade Runner. O mejor aún, con el replicante Roy Batty: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas cerca del hombro de Orión. Vi cómo los rayos C brillaban en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como... lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Todavía se me pone la piel de gallina.

Al grano: Así pues, en un sábado con las calles llenas de gente por el final del Ramadán, fuimos conquistando poco a poco los primeros trofeos del "turisteo": Templos, mercadillos y un Barrio Chino con un aire muy diferente.

En un viaje de tantas semanas, el cuerpo también pide su espacio. Dedicamos la tarde a lo mundano pero vital: poner lavadoras y cuidar el tono muscular en el gimnasio del hotel. Mantenerse en forma es crítico cuando el camino es largo, una rutina que ya veníamos cuidando en etapas anteriores. 

Como cierre de nuestra estancia, nos alejamos 13 kilómetros para visitar las Cuevas Batu, ese espectacular y enorme templo-cueva que domina las afueras de la ciudad. Su belleza es inmensa, pero hoy se siente más como un parque temático que como un santuario. Los miles de turistas han desplazado, hace tiempo, a los fieles peregrinos. A diferencia de los templos más sencillos que hemos encontrado en el camino, donde la discreción del viajero es su mejor aporte, aquí la espiritualidad se vuelve esquiva. No se ve ni se respira, quedando relegada a unos pocos espacios que resisten, casi ex profeso, al bullicio del consumo masivo.

Vuelta al hotel y preparar todo para el siguiente destino: Singapur.











 
 
 





























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