La vuelta al Mundo (II). Días 17 (bis) a 22 de abril de 2026. Atrapado en el tiempo.

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 “Me desperté a las 6:00 de la mañana, me vestí y aquí estoy... todavía es hoy”.

Phil Connors (Atrapado en el tiempo), 1993


Si el viaje por Oceanía fue una carrera contra el sol, el salto a Chile ha sido una de esas trampas del mapa que te obligan a vivir dos veces el mismo día. Tras diez horas de vuelo sobre el Pacífico, logramos una proeza imposible: despegar a las siete de la tarde en Nueva Zelanda y aterrizar a las dos de la tarde del mismo día en Santiago. Técnicamente, aterrizamos cinco horas antes de habernos ido, como si el avión nos hubiera permitido desandar lo andado.

El desfase con España dio un giro de campana, pasando de estar diez horas de reloj por delante a vivir seis horas por detrás. Dieciséis horas de diferencia que nos han dejado en un extraño limbo cronológico, rejuvenecidos por decreto espacio-temporal, pero con el reloj biológico pidiendo explicaciones ante ese viernes que se negaba a terminar.

Ya instalados, como casi siempre que llegamos a un nuevo lugar, dedicamos la tarde a explorar los alrededores del hotel. Se notaba que era viernes: gente en la calle, terrazas llenas y una temperatura envidiable que invitaba a la vida social en su mejor momento.

Al día siguiente, nos apuntamos a un Free Tour con un título que prometía: "Mejor con un profesor: Historia, cultura y recomendaciones de un local". Y, efectivamente, acertamos. Un guía estupendo, riguroso con la historia y con un gran sentido del humor, nos regaló tres horas y media fabulosas. Recorrimos las joyas de la ciudad: la Plaza de Armas, el Museo de Arte Precolombino, el ex Congreso Nacional y el antiguo Camino Inca. Pasamos por el Palacio de La Moneda, los antiguos centros de detención secretos del régimen dictatorial de Pinochet y el edificio más antiguo de Santiago. Fue una inmersión inolvidable en la memoria chilena.

Por la tarde, subimos al Cerro San Cristóbal: ida en teleférico y bajada en funicular. En la cumbre nos esperaba una sorpresa cargada de simbolismo: la Plaza Vasca, donde habita un retoño del Árbol de Gernika plantado en 1931. En apenas cinco años, ese símbolo de nuestra tierra cumplirá un siglo custodiando Santiago desde las alturas.

Hay algo que no pasa desapercibido en Santiago: la omnipresente seguridad privada en los comercios. Llaman la atención por su estética militar de asalto —cascos, chalecos antibalas, pasamontañas y gafas oscuras—, una imagen temible diseñada para impactar. Y es que, aunque Chile sigue siendo una de las principales economías del sur, la desigualdad y la miseria asoman por las rendijas de la calle. 

Al salir de la capital en bus hacia La Serena, la realidad nos golpeó en la periferia: barrios que nada tienen que ver con lo visto en Australia o Nueva Zelanda. Siete horas después, al entrar en La Serena, la conclusión era la misma: calidad de vida, sí; pero pobreza y miseria también.

El trayecto hacia esa ciudad sin embargo, fue un espectáculo visual. Vimos a Santiago desperezarse entre el tráfico y los edificios, con la imponente cordillera de los Andes siempre al fondo. Al llegar al Valle Central, el paisaje se volvió ordenado: viñedos perfectamente alineados y pueblos de casas bajas, hasta que el verde se rinde ante la arena del desierto, interrumpido solo por los destellos del mar a nuestra izquierda.

En cada parada, el bus se convertía en un pequeño mercado ambulante. Apenas conseguía entender lo que gritaban, que traduzco como buenamente puedo:

“¡El sandwichito, con transferencia o en efectivo!”

 “¡Lleven la bebida, el agüita y las galletas!”

Pero lo más impactante del camino eran las "animitas". Cientos de altares de todos los colores y formas (desde cruces humildes hasta casitas en miniatura con fotos y velas) que marcan el lugar donde alguien perdió la vida en un accidente. Existe la creencia popular de que el alma queda ligada a ese punto y puede conceder favores a quien le pide con fe; una mezcla fascinante de espiritualidad, recuerdo y superstición que salpica toda la ruta.

Tras un breve descanso en la colonial La Serena, pusimos rumbo a Copiapó, adentrándonos en el Desierto de Atacama. Aquí el paisaje se volvió sobrecogedor. ¿Por qué el desierto ejerce esa atracción tan seductora? Quizá sea por la evolución de los colores (ocres, marrones, grises...) o por esa amplitud brutal donde el horizonte parece infinito.

Hay tramos donde no había ninguna señal de vida. Y de repente aparecía una chabola aislada, sin una pizca de sombra, que ofrecía comida en medio de la nada. 

La sensación de aislamiento era absoluta. Si el bus se detuviera y apagara el motor, el silencio pesaría. Y es ahí donde crece la sensación de insignificancia humana.

"El calor quemaba y el suelo estaba seco, pero el aire estaba lleno de sonido..."

 America, "A Horse with No Name".

Tras una noche en la tranquila Copiapó, partimos hacia Antofagasta. El día comenzó gris y encapotado, amenazando con arruinar el paisaje, pero al mediodía, tras superar el pueblo de Chañaral, el cielo se abrió para dejarnos ver de nuevo el verdadero desierto. ¡Qué maravilla! Si el día anterior había sido un placer, este arranque tardío lo superaba.

Sentado a la izquierda, yo buscaba desesperadamente huecos en las ventanillas de la derecha para capturar cada instante. Los cambios de rasante de la carretera generaban una expectativa constante: ¿qué maravilla nos sorprendería después de la siguiente loma? Las "animitas" seguían contándose por cientos, desde las más humildes hasta auténticas obras de diseño funerario. Fueron horas irrepetibles.

Lo más terrible (lo que siempre pasa en estos viajes) es que, al repasar las fotos, sentía que no transmitían ni una fracción de la emoción vivida. 

Al anochecer, llegando a las puertas de Antofagasta, la civilización nos cayó encima en forma de grandes infraestructuras mineras. Llegamos con el tiempo justo para cenar y cerrar este resumen, todavía con la retina llena de arena y horizonte.

 














































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La vuelta al Mundo (II) Días 10 a 17 de abril. LA FUERZA DEL DESTINO

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​“El destino es lo que hacemos de él”.

John Connor (Terminator 2: El juicio final), 1991.


El salto de cuatro horas desde Sídney nos aterrizó en Christchurch. Apenas instalados, nos urgió el deseo de tomar contacto con la ciudad antes de que el prematuro anochecer en esos lares echara el telón. No tardamos en percibir una atmósfera extraña: Christchurch es una urbe al estilo “Twin Peaks” (serie icónica de los años 90). “Es ese tipo de lugar donde, cuando el semáforo se pone en ámbar, los conductores frenan en lugar de acelerar”; un oasis de calma plana donde apenas existen edificios de más de diez plantas debido, en parte, al trauma del terremoto de 2011, que se cobró 185 vidas.

​Dedicamos la mañana siguiente a descifrar sus calles. Christchurch compensa su falta de alturas con una colección impresionante de arte urbano que salpica casi cada edificio. Entre murales vibrantes y la herida abierta de la Catedral derruida, la realidad social volvió a salirnos al paso. En el monumento de recuerdo a las víctimas del terremoto, una concentración de personas, mayoritariamente con banderas palestinas, reclamaba el fin de la guerra. De seguido, junto al hotel, una furgoneta ofrecía servicios de lavandería y ducha a los sintecho, recordándonos la crudeza que ya vimos en Melbourne. Y como si de una escena de película de Ken Loach se tratara, al pie del muro quebrado de la Catedral, un músico callejero entonaba “The Sound of Silence”. 

Aquella melodía inolvidable de 1964, en aquel preciso momento, se transformó en un grito desesperado por los olvidados (palestinos, sin techo…), por "los que hablan sin poder hablar y oyen sin poder oír".

​"... En la desnuda luz miré / Vi mil personas tal vez más / Gente que hablaba sin poder hablar / Gente que oía sin poder oír / Y un sonido que / Los envolvía sin piedad / Lo puedo oír / Sonidos del silencio..."

​El siguiente destino era Picton, pero el cielo decidió no colaborar: una lluvia torrencial y nubes plomizas empañaron los ventanales del tren. Sin embargo, el verdadero temporal era interno. Hasier había despertado con un dolor de muelas insoportable que dinamitó nuestros planes. Necesitábamos llegar a Wellington para que un dentista de urgencia lo atendiera.

​Las cuatro horas de trayecto ferroviario se convirtieron en un centro de logística improvisado (adelantar el viaje en ferry, añadir una noche de hotel en Wellington…), bajo una tensión máxima cuando el tren se detuvo en mitad de la nada por un accidente de coche que bloqueaba la vía. El margen de tiempo para coger el enlace con el ferry desaparecía, pero la fortuna había decidido viajar con nosotros: al pertenecer el tren y el ferry a la misma compañía, el barco nos esperó. Los astros se alinearon justo cuando el dolor y el cronómetro más nos asfixiaban.

​Ya en el ferry, el optimismo regresó tímidamente con la música de un intérprete que, a la guitarra e intentando entretener al pasaje, desgranaba temas eternos. Al desembarcar, una curiosidad geográfica nos dio la bienvenida: las antípodas exactas de Bilbao se encuentran en el Océano Pacífico, siendo Wellington la ciudad más cercana a ese punto. Estábamos, literalmente, lo más lejos posible de casa.

​A la mañana siguiente, la aventura se detuvo ante un interrogante inevitable. El primer diagnóstico del dentista cayó como un jarro de agua fría: en el mejor de los casos, la efectividad del tratamiento solo duraría unas pocas semanas. Nos enfrentamos entonces a una encrucijada terrible: asumir un riesgo incierto y seguir adelante, o dar el viaje por finalizado y regresar a casa con el sabor amargo de lo inacabado. Fue un mazazo emocional, especialmente con el recuerdo aún fresco de aquel parón forzoso de 2020 debido a la pandemia. Parecía que el destino se empeñaba en repetir su guión.

​Sin embargo, a las 15:30 h, la trama dio un giro inesperado. Hasier regresó del gabinete médico con noticias que abrieron una rendija a la esperanza. El dentista, tras finalizar su trabajo, se mostró mucho más optimista y nos animó a continuar, aunque sin descartar del todo una posible recaída.

​Nos encontrábamos en ese extraño limbo donde la lucidez pelea con el deseo. ¿Seguir o abandonar? ¿O acaso no era necesario dictar sentencia en ese mismo instante? Decidimos que, si el destino nos daba una tregua, nosotros le daríamos una oportunidad al viaje.

​Mientras la duda planeaba sobre nosotros, nos dedicamos a desgastar zapatillas por la capital neozelandesa. Caminamos por algunos escenarios menores de El Señor de los Anillos, visitamos el Parlamento, la Catedral Anglicana y nos perdimos entre el verdor del Jardín Botánico y la paz histórica del cementerio de la calle Bolton. Wellington es una ciudad amable, pero bajo nuestros pasos latía una reflexión constante: estamos en el punto más alejado de nuestro origen, sopesando si los títulos de crédito están a punto de aparecer en pantalla o si aún nos queda un último acto por rodar.

​De momento, el dolor había remitido y nuestras fuerzas empezaban a recuperarse. No había una decisión definitiva, pero sí un horizonte. Al día siguiente cogimos el tren a Auckland con la ilusión renovada de quien está a punto de entrar en la Tierra Media.

​El viaje hacia Auckland fue largo, pero esta vez el tiempo se alió con nosotros para permitirnos disfrutar de un paisaje en constante metamorfosis. El tren se abría paso entre colinas onduladas donde miles de ovejas y vacas salpicaban un escenario rural de una gran belleza. Allí, el verde no era un solo color, sino un mural infinito de al menos cincuenta tonalidades distintas, atravesado por ríos que serpenteaban tranquilos entre granjas aisladas.

​Llegamos con el tiempo justo para la cena, conscientes de que el día siguiente nos reservaba una cita con el mito. En el set de rodaje de Hobbiton, en Matamata, la ficción se vuelve tangible. Pasear entre las colinas y las icónicas casitas de puertas redondas, conservadas con un detalle casi obsesivo, nos hizo sentir como figurantes de la saga que regresan al lugar donde, años atrás, se rodó una leyenda.

​Nuestra última mañana la dedicamos a Auckland. No es una ciudad de grandes monumentos, pero la Auckland Art Gallery nos regaló un momento de reflexión necesario. Allí palpamos  de nuevo la especial sensibilidad del arte moderno hacia la herida histórica del pueblo maorí y el peso de la colonización. 

En una de las salas, nos topamos con una escena curiosa: una multitud esperaba a que un modelo posara desnudo (o casi) para ser dibujado. Charlamos con el director del evento, quien nos confirmó que el dibujo al natural es una actividad con una gran aceptación y una afluencia sorprendente en la ciudad.

​Y así, entre trazos de carbón y colinas de fantasía, finaliza esta etapa. Hemos recorrido Australia de norte a sur y Nueva Zelanda de sur a norte. Ahora, dejamos atrás las antípodas para volar hacia un país cuyo nombre evoca la memoria de Víctor Jara y Salvador Allende. Nos dirigimos a Chile, que durante décadas fue símbolo y víctima de las mayores atrocidades de las que es capaz el ser humano.

 














 
































 

 

 

 

 

 

 

 

 

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