La vuelta al Mundo (II). Días 23 a 26 de abril de 2026. Hacia rutas salvajes

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“En el desierto, no puedes decir de dónde vienes. Solo puedes decir hacia dónde vas”.

        El paciente inglés, 1996


La entrada en Antofagasta no fue precisamente triunfal. Llegamos al anochecer, en plena hora punta, y desde la ventanilla del autobús la ciudad se presentaba como el paraíso del caos: un tráfico insufrible y un laberinto de edificios de todos los tamaños y colores construidos de forma aleatoria, sin rastro de orden urbanístico. Para rematar la escena, nuestro hotel, aunque correcto, se ubicaba junto a esas calles que es mejor evitar cuando cae el sol. En ese momento, sinceramente, daban ganas de salir corriendo.

Sin embargo, la noche trae reflexión y el día una perspectiva nueva. En ese impás, aprovechamos para poner orden a nuestras coordenadas. El episodio del dolor de muelas en Nueva Zelanda seguía presente; no como una urgencia, sino como un recordatorio de nuestra vulnerabilidad logística. El dentista nos dio un margen aproximado de seis semanas, pero el calendario del viaje es más largo que la paciencia de una raíz dental. Sumando a esto que el seguro ya no cubriría un nuevo percance en la misma pieza y que la situación de seguridad en los próximos destinos invitaba a la cautela, tomamos una decisión basada en la prudencia: decidimos acortar el viaje.

No era un final, sino un ajuste de ruta. Saltaríamos desde Lima hasta Los Ángeles. Ojo, tampoco es que EE. UU. sea el país más seguro del mundo, pero atravesarlo en tren de oeste a este era una de las ambiciones más deseadas de este increíble viaje. Priorizamos la tranquilidad, asegurándonos de que la experiencia siguiese siendo un placer y no una gestión de riesgos constante. Con esa decisión ya digerida, salimos a gastar zapatilla por Antofagasta. La ciudad nos dio la vuelta a la tortilla: paseamos por el puerto, charlamos con la cuidadora del museo local y compartimos confidencias con los bomberos del parque contiguo al hotel. Para coronar el cambio de ánimo, nos regalamos un festín de salmón en un restaurante que nos inspiró confianza. El pescado fresco no es fácil de encontrar en las cartas de precio medio, y cuando aparece, a veces genera dudas; por eso, lo de ese día fue un auténtico homenaje.

Un apunte sobre la logística: la puntualidad aquí es un concepto creativo. Los autobuses rara vez cumplen el horario y los paneles informativos brillan por su ausencia. Si preguntas en “Información”, te dicen que el bus “llegará pronto y se estacionará entre los andenes 6 y 12”. Y ahí te quedas, vigilando los andenes por si acaso. La información más precisa la obtuvimos de otro chófer: "El bus a Iquique es el bus rojo que viene detrasito" (detrás del suyo, quiso decir). Al escuchar el diminutivo, concluí que llegaría en no más de diez minutos. Y, efectivamente, cumplió. He ahí la clave lingüística: la diferencia entre el "detrás" y el "detrasito".

Ya camino de Iquique, el destino nos recibió con bruma. El paisaje era una escala de grises sobre una costa abrupta de acantilados que caen al Pacífico. La carretera se pegaba al agua revelando caletas y playas solitarias, todo ello adornado con tramos en obras sin asfaltar que nos obligaban a avanzar a paso de tortuga, a no más de 30 km/h. De repente, el horizonte se despejó y el sol dejó de ser tímido. Pasamos por pueblitos como Michilla o Punta Blanca, de una precariedad que hacía difícil adivinar de qué vive allí la gente. Al acercarnos a Iquique, nos impactó la estampa de la ciudad, encajonada entre el mar y un gran farellón (un imponente paredón de roca vertical). Solo nos quedamos una noche, la justa para un paseo animado por la playa.

Salimos temprano hacia Arica, ciudad fronteriza con Perú. El bus iba casi vacío, lo que nos permitió jugar a los fotógrafos saltando de un lado a otro. El primer tramo fue una larga subida por el farellón llena de curvas serpenteantes, lo que nos dio una visión cenital que desmentía la imagen atractiva que la ciudad transmitía desde la arena. Tras el habitual inicio gris, al virar hacia el interior, el sol reclamó su sitio. Cruzamos el desierto en rectas interminables hasta entrar en la Pampa del Tamarugal, un oasis hidrográfico que parece de otro mundo. La carretera bordeaba la parte superior del valle, mostrándonos allá abajo, a cien metros de profundidad, un espectáculo verde e irrepetible. Solo pudimos pensar: “¡Este maldito desierto de Atacama lo ha vuelto a conseguir un día más!”.

Arica nos regaló un último detalle. En la Catedral, un grupo de invitados impecablemente vestidos anunciaban una boda. Al salir de visitarla, uno de ellos nos abordó con curiosidad y nos regaló una apasionada conferencia sobre la historia de la ciudad. Fue un momento de lo más agradable: dos turistas con cara de turistas compartiendo charla con un señor elegante rodeado de invitados de etiqueta. Un cierre de jornada con estilo antes de que aquel sábado llegase a su fin.

Sin madrugar demasiado, cogimos el bus de Arica a Tacna (Tacna, en el lado peruano). El vehículo ya representaba una edad venerable antes de subir. Además de los asientos habituales, habían habilitado tres más "artesanales": grandes botes de pintura con cojines encima. Por supuesto, la hora de salida era “cuando se llenase el bus”, y así fue; no quedó ni un bote libre. Los trámites aduaneros resultaron sorprendentemente prácticos: dos cabinas enfrentadas, una para la salida de Chile y otra para la entrada en Perú. Darse media vuelta y listo.

Ya instalados en Tacna, descubrimos una ciudad que, si bien no es la mejor dotada en atractivos turísticos, transmite una calma envidiable. Quizá fuera por ser domingo por la tarde, pero se sentía una paz sin prisas. Recorrimos el Paseo Cívico, una amplísima "isla" peatonal que corre por el centro de la avenida principal. Allí nos topamos con una muestra de la vida cultural de la ciudad: música, niños bailando bajo los aplausos de sus padres y jóvenes luciendo trajes típicos. Nos quedamos un buen rato disfrutando del bullicio festivo, que resultó ser el preámbulo del Día Internacional de la Danza. Un recibimiento lleno de ritmo para nuestra primera noche peruana.

De vuelta en el hotel, cerrando este capítulo y después de todos los altibajos y de la montaña rusa de sensaciones de estos últimos días, repasando las canciones de toda una vida, me vino a la memoria el clásico de los Doobie Brothers "Listen to the music" ("Escucha la música"), que con su ritmo y su letra traslada una buena dosis de optimismo.

“Lo que la gente necesita es una forma de sonreír; no es tan difícil de lograr si sabes cómo”.

(Listen to the Music, 1972)


Nota final: Justo antes de cerrar este capítulo, supimos que para entrar en Ecuador por tierra era necesario un certificado de penales que no sabíamos si habríamos podido conseguir. Además, el 25 de abril hubo un atentado en la carretera Panamericana en Colombia, por donde seguramente habríamos tenido que pasar. Al final, la prudencia no solo fue sabia, sino casi providencial.


 


 


 






  





 































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La vuelta al Mundo (II). Días 17 (bis) a 22 de abril de 2026. Atrapado en el tiempo.

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 “Me desperté a las 6:00 de la mañana, me vestí y aquí estoy... todavía es hoy”.

Phil Connors (Atrapado en el tiempo), 1993


Si el viaje por Oceanía fue una carrera contra el sol, el salto a Chile ha sido una de esas trampas del mapa que te obligan a vivir dos veces el mismo día. Tras diez horas de vuelo sobre el Pacífico, logramos una proeza imposible: despegar a las siete de la tarde en Nueva Zelanda y aterrizar a las dos de la tarde del mismo día en Santiago. Técnicamente, aterrizamos cinco horas antes de habernos ido, como si el avión nos hubiera permitido desandar lo andado.

El desfase con España dio un giro de campana, pasando de estar diez horas de reloj por delante a vivir seis horas por detrás. Dieciséis horas de diferencia que nos han dejado en un extraño limbo cronológico, rejuvenecidos por decreto espacio-temporal, pero con el reloj biológico pidiendo explicaciones ante ese viernes que se negaba a terminar.

Ya instalados, como casi siempre que llegamos a un nuevo lugar, dedicamos la tarde a explorar los alrededores del hotel. Se notaba que era viernes: gente en la calle, terrazas llenas y una temperatura envidiable que invitaba a la vida social en su mejor momento.

Al día siguiente, nos apuntamos a un Free Tour con un título que prometía: "Mejor con un profesor: Historia, cultura y recomendaciones de un local". Y, efectivamente, acertamos. Un guía estupendo, riguroso con la historia y con un gran sentido del humor, nos regaló tres horas y media fabulosas. Recorrimos las joyas de la ciudad: la Plaza de Armas, el Museo de Arte Precolombino, el ex Congreso Nacional y el antiguo Camino Inca. Pasamos por el Palacio de La Moneda, los antiguos centros de detención secretos del régimen dictatorial de Pinochet y el edificio más antiguo de Santiago. Fue una inmersión inolvidable en la memoria chilena.

Por la tarde, subimos al Cerro San Cristóbal: ida en teleférico y bajada en funicular. En la cumbre nos esperaba una sorpresa cargada de simbolismo: la Plaza Vasca, donde habita un retoño del Árbol de Gernika plantado en 1931. En apenas cinco años, ese símbolo de nuestra tierra cumplirá un siglo custodiando Santiago desde las alturas.

Hay algo que no pasa desapercibido en Santiago: la omnipresente seguridad privada en los comercios. Llaman la atención por su estética militar de asalto —cascos, chalecos antibalas, pasamontañas y gafas oscuras—, una imagen temible diseñada para impactar. Y es que, aunque Chile sigue siendo una de las principales economías del sur, la desigualdad y la miseria asoman por las rendijas de la calle. 

Al salir de la capital en bus hacia La Serena, la realidad nos golpeó en la periferia: barrios que nada tienen que ver con lo visto en Australia o Nueva Zelanda. Siete horas después, al entrar en La Serena, la conclusión era la misma: calidad de vida, sí; pero pobreza y miseria también.

El trayecto hacia esa ciudad sin embargo, fue un espectáculo visual. Vimos a Santiago desperezarse entre el tráfico y los edificios, con la imponente cordillera de los Andes siempre al fondo. Al llegar al Valle Central, el paisaje se volvió ordenado: viñedos perfectamente alineados y pueblos de casas bajas, hasta que el verde se rinde ante la arena del desierto, interrumpido solo por los destellos del mar a nuestra izquierda.

En cada parada, el bus se convertía en un pequeño mercado ambulante. Apenas conseguía entender lo que gritaban, que traduzco como buenamente puedo:

“¡El sandwichito, con transferencia o en efectivo!”

 “¡Lleven la bebida, el agüita y las galletas!”

Pero lo más impactante del camino eran las "animitas". Cientos de altares de todos los colores y formas (desde cruces humildes hasta casitas en miniatura con fotos y velas) que marcan el lugar donde alguien perdió la vida en un accidente. Existe la creencia popular de que el alma queda ligada a ese punto y puede conceder favores a quien le pide con fe; una mezcla fascinante de espiritualidad, recuerdo y superstición que salpica toda la ruta.

Tras un breve descanso en la colonial La Serena, pusimos rumbo a Copiapó, adentrándonos en el Desierto de Atacama. Aquí el paisaje se volvió sobrecogedor. ¿Por qué el desierto ejerce esa atracción tan seductora? Quizá sea por la evolución de los colores (ocres, marrones, grises...) o por esa amplitud brutal donde el horizonte parece infinito.

Hay tramos donde no había ninguna señal de vida. Y de repente aparecía una chabola aislada, sin una pizca de sombra, que ofrecía comida en medio de la nada. 

La sensación de aislamiento era absoluta. Si el bus se detuviera y apagara el motor, el silencio pesaría. Y es ahí donde crece la sensación de insignificancia humana.

"El calor quemaba y el suelo estaba seco, pero el aire estaba lleno de sonido..."

 America, "A Horse with No Name".

Tras una noche en la tranquila Copiapó, partimos hacia Antofagasta. El día comenzó gris y encapotado, amenazando con arruinar el paisaje, pero al mediodía, tras superar el pueblo de Chañaral, el cielo se abrió para dejarnos ver de nuevo el verdadero desierto. ¡Qué maravilla! Si el día anterior había sido un placer, este arranque tardío lo superaba.

Sentado a la izquierda, yo buscaba desesperadamente huecos en las ventanillas de la derecha para capturar cada instante. Los cambios de rasante de la carretera generaban una expectativa constante: ¿qué maravilla nos sorprendería después de la siguiente loma? Las "animitas" seguían contándose por cientos, desde las más humildes hasta auténticas obras de diseño funerario. Fueron horas irrepetibles.

Lo más terrible (lo que siempre pasa en estos viajes) es que, al repasar las fotos, sentía que no transmitían ni una fracción de la emoción vivida. 

Al anochecer, llegando a las puertas de Antofagasta, la civilización nos cayó encima en forma de grandes infraestructuras mineras. Llegamos con el tiempo justo para cenar y cerrar este resumen, todavía con la retina llena de arena y horizonte.

 














































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