La vuelta al Mundo (II) Días 1, 2, 3 y 4 de abril. Autopista al Infierno: Colecciono moscas.

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“Tengo en una caja metidas unas moscas ¿por qué?… / Tengo moscas pequeñas, tengo moscas grandes, ¿y qué?”

Golpes Bajos, "Colecciono moscas" (1984)

 

El viaje continuó fiel a su estilo y sin sorpresas en lo mecánico. Nuestra compañía de autobuses favorita nos "agasajó" con una unidad idéntica a las anteriores, esta vez con el puerto USB inerte. A bordo, apenas ocho pasajeros surcando un paisaje de una monótona belleza, donde el chófer hacía las veces de cartero, parando de vez en cuando y dejando sacas en grandes buzones que aparecían de repente de la nada. Seguro que es la manera de mantener vivo el cordón umbilical con los pobladores del desierto.

Las paradas en gasolineras destartaladas calcadas de las de una película de Mad Max, fueron el preaviso del horror. Saliendo del bus, una legión de moscas nos esperaba para intentar colonizar cualquier orificio corporal desprotegido.

Era sólo el calentamiento para lo que vendría en Coober Pedy. Al llegar a nuestro destino, los 15 minutos de caminata hasta el motel con las maletas, fueron un festín para "las malnacidas". La salvación llegó a la mañana siguiente en forma de una malla para la cara que se vende para turistas; un accesorio estético dudoso, pero que literalmente nos salvó la vida. Los residentes del lugar, por supuesto, no usaban este tipo de artilugios. Parecían de Bilbao.

¿Qué es Coober Pedy? Un lugar que vive de la minería y de un turismo "de paso", pero sobre todo, un pueblo donde la gente no sale si no es en coche, de puerta a puerta, para evitar el "infierno" de los malditos bichos. 

El paisaje urbano parece un cementerio de maquinaria, coches y autobuses abandonados de otras épocas que parecen formar parte del mobiliario eterno del desierto. O quizás alguien los colocó allí para dar un toque nostálgico, con un sentido de la estética urbana un poco dudoso. Vete a saber.

Decenas de km antes de llegar, el horizonte se había llenado de montículos de tierra blanca. No eran dunas, eran el rastro de más de un millón de pozos mineros artesanales excavados durante un siglo en busca de este mineraloide amorfo llamado ópalo, que mantiene la economía de Coober Pedy. Conseguimos, ya sin mucha dificultad, visitar una mina - museo y el museo local, lugares donde se palpa la dureza extrema de quienes intentaron arrancarle un poco de brillo a esta tierra hostil.

Como turista, además, quieres caminar por las calles de las ciudades que visitas. En Coober Pedy avanzas por cualquier avenida, miras a un lado, miras al otro, y no ves a nadie. Sí, allí dos turistas, también "enmascarados", van caminando por la “acera” de enfrente. Les saludas con un gesto de complicidad y sonríes. Mientras, tu mirada escudriña de reojo las sombras esperando, no sin sospecha, el estallido de una horda zombi dispuesta a dar cuenta de los últimos supervivientes.

Lo peor de estos sitios es tener que “hacer tiempo” hasta que aparece el autobús salvador. Pocas veces un transporte ruinoso ha sido tan deseado. A las 19:30 h, entre el griterío imaginario de miles de moscas pidiendo que nos quedáramos, saltamos al bus con destino a Adelaide.

Llegamos con puntualidad a las 6:15 h de la mañana a una ciudad de 1,5 millones de habitantes que prometía civilización. Sin embargo, el calendario nos tenía guardada una última broma: era Viernes Santo y el silencio era absoluto; todo estaba cerrado, todo despejado. Sólo el Jardín Botánico nos abrió sus puertas, ofreciéndonos un paseo tranquilo, y por fin, sin zumbidos en los oídos.

Por la tarde, trámites varios (hoteles, transportes, VISA para N. Zelanda…) y un paseo por el relajante jardín japonés que había cerca de nuestro hotel.

​La mañana siguiente nos reveló una urbe transformada y vibrante. Ante nosotros se abrían avenidas infinitas, aceras de una anchura imperial y zonas peatonales donde la vida latía con fuerza: mercados, el pequeño Barrio Chino, músicos callejeros, murales por doquier…

​Buscando desentrañar los misterios de este coloso geográfico, nos adentramos en el Museo del Sur de Australia. Allí, el caos del mundo exterior se convirtió en orden y conocimiento. A medida que recorríamos sus galerías, nos invadía una revelación humilde: la riqueza y diversidad de este país son tan vastas que nuestro paso por él, por intenso que esté siendo, no es más que una leve pincelada de conocimiento en un enorme puzle de miles de piezas.

Al día siguiente volvíamos al tren, la etapa demoledora del desierto australiano había tocado a su fin. El sonido del mítico riff de guitarra con el que Angus Young (guitarrista de AC/DC) elevó a los cielos la canción “Autopista al Infierno” se iba apagando, hasta perderse por las inmensas llanuras del Centro Rojo de Australia.



























 
































 

 

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La vuelta al Mundo (II) Días 28, 29, 30 y 31 de marzo. Autopista al Infierno: Los Nadie

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“Sin señales de stop, sin límite de velocidad / Nadie me va a frenar.”

— AC/DC, "Autopista al infierno"


En Darwin confirmamos que las reglas del juego habían cambiado: Acabábamos de entrar en un mundo totalmente diferente. Las míticas "autopistas de hierro" que nos trajeron desde el Cantábrico hasta el Estrecho de Malaca habían muerto. Ahora el testigo lo había tomado una cinta de asfalto interminable que corta el país de norte a sur, atravesando el Gran Desierto Rojo.

Nuestra odisea hacia el sur comenzó con un aviso: Una estación de autobuses inexistente y un vehículo "vintage" que ya vaticinaba problemas. No falló la intuición. Apenas una hora de ruta y el bus se rindió en mitad de la nada, obligándonos a esperar una hora al sustituto bajo un sol implacable de 35 °C. Finalmente, tras cinco horas de baches por una carretera necesitada de mantenimiento, la sabana tropical de hierba alta y árboles bajos, nos agasajó con la visión de un denso aguacero (allá rozando el horizonte) y un atardecer de lujo que hizo que el sufrimiento del viaje fuese más leve.

Despertar en Katherine fue como aparecer en el set de una película de la América profunda donde nunca pasa nada, ni siquiera el tiempo. Todo allí parecía una copia de la cultura yanqui. Al entrar en el único bar abierto en domingo, el silencio se hizo denso: todas las miradas se clavaron en los dos forasteros despistados que buscaban mesa. Entre cafés con hielo y la desgana que se nos había instalado, nuestro cerebro trataba de zafarse de los ecos del "tic-toc" de los numerosos relojes que dan entrada al mítico tema de Pink Floyd, “Time”.

“Buscando cualquier distracción para pasar un día aburrido / Malgastando las horas de forma despreocupada…”

El siguiente tramo hacia Alice Springs nos llevó a conocer la realidad social: En este autobús solo viajábamos 14 personas. ¿Quién quiere viajar en un autobús destartalado por una tortuosa carretera pudiendo viajar en avión? Exacto: 12 aborigenes abandonados por el sistema y dos chalados.

Y ¡oh milagro!, en este trayecto la suerte nos bendijo con un enchufe USB que funcionaba.

A través de las ventanillas, el paisaje comenzó su metamorfosis. Legiones de termiteros de arquitectura perfecta, algunos rozando los dos metros de altura, desfilaban como en una pasarela. La mala suspensión del bus y una carretera infame se esforzaban sin descanso en boicotear cada foto. Pero el verdadero susto nos lo dio un canguro suicida que casi atropellamos; el frenazo en seco del conductor evitó el desastre.

Tras una noche de sueño irregular en el bus, el amanecer nos recibió por la ventanilla contraria a la del crepúsculo. El tono rojizo lo inundaba todo: la sabana se retiraba y la tierra se teñía de óxido al entrar en “las tierras rojas”. 

Aquí, el clima nos dio un respiro con mañanas frescas y tardes de un calor seco mucho más llevadero. Sorprendentemente, debido a las lluvias recientes, el desierto se había transformado en un vergel que generaba un contraste de colores inesperado pero magnético.

Al explorar Alice Springs y sus alrededores, confirmamos una idea que ya veníamos observando desde que comenzamos esta etapa, y que nos resultaba difícil de procesar: la existencia de dos mundos paralelos que se comportan de forma absolutamente diferente. Es el mundo de los que se "parecen" a nosotros frente al de los aborígenes de estas tierras. Los primeros cumplen la expectativa, más o menos. Los segundos deambulan por las calles, sucios, desarrapados. Permanecen sentados en los bordes de las aceras, en los parques, caminan en grupo hacia no se sabe dónde.... Jóvenes, y no tan jóvenes. No estan pidiendo limosna, parece que simplemente socializan. Tampoco se les ve tristes por su situación. Tal vez quieran estar así. No lo sé. 

Desde nuestra humilde opinión, resulta casi imposible intentar comprender en tan poco tiempo los porqués de lo que se ve en la calle, y mucho menos juzgarlo con esquemas culturales que están a 15.000 kilómetros de distancia. 

No había tiempo para más. Una última sesión de gimnasio por la tarde para mantener el tono y a prepararse: la siguiente etapa ya estaba al caer. 

 























 

 

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