La vuelta al Mundo (II). Días 27 de abril a 1 de mayo de 2026. Un Mundo Perfecto.

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“Un mapa es un camino al placer, pero a veces el placer es perderse”.

Butch Haynes ( Clint Eastwood). Un mundo perfecto, 1993.


El autobús a Camaná no partió con puntualidad, pero sí con una orquesta improvisada. Nada más arrancar, el monitor delantero comenzó a tronar una película a un volumen desafiante. A nuestra derecha, un pasajero decidió que su reguetón era el complemento perfecto para la banda sonora del filme, una idea que pronto caló en el resto del pasaje: en pocos minutos, el bus era una sinfonía de vídeos, conversaciones y ritmos compartidos.

Sin embargo, el surrealismo alcanzó su cénit cuando nuestro vecino reguetonero, ni corto ni perezoso, apagó el móvil y comenzó a afeitarse en seco con una cuchilla desechable. Los pelos caían al suelo con la misma naturalidad con la que el autobús devoraba kilómetros. Afortunadamente, nuestros auriculares y una selección musical estratégica nos permitieron levantar un muro sonoro. Al otro lado del cristal, el grandioso paisaje costero que nos escoltaba desde hacía días se encargaba de poner la épica donde el interior del bus ponía el caos.

El trayecto fue un goteo constante de vida local. En cada parada subían mujeres con cestos humeantes ofreciendo un mantra cantado su oferta: “¡chicharrón y papitas!”, “¡gelatina y empanaditas!”. El bus se aventuraba por el interior de pueblitos remotos, sorteando esquinas imposibles y calles estrechas con maniobras que desafiaban la física. Hasier y yo éramos los únicos que conteníamos el aliento en cada viraje; para el resto, aquello era simplemente el camino a casa.

Llegamos a Camaná con hora y media de retraso, pero la entrada por su avenida principal fue una sobredosis de nostalgia. Cruzamos un túnel del tiempo que nos lanzó sesenta años (o más) atrás. Era un caos armónico: un hervidero de gente gritando ofertas, puestos de venta que brotaban en cada esquina y edificios que parecían maquetas a medio terminar, de todos los tamaños y colores imaginables. Por encima de nuestras cabezas, una tela de araña de cables cruzaba la arteria principal de lado a lado y de atrás hacia adelante, dibujando una geometría imposible que solo se aprecia si te detienes a mirar el horizonte. Fue, sencillamente, maravilloso.

A la mañana siguiente, el mercado nos confirmó que estábamos en un lugar especial. Era un laberinto de pasadizos donde el aroma de la fruta fresca se mezclaba con el del pescado y la carne, desembocando en pequeñas tiendas repletas de artilugios que parecían esperar allí desde el siglo pasado. Hay que verlo para creerlo.

El bus hacia Nazca salió con una puntualidad británica que casi nos pilla desprevenidos. El viaje fue, una vez más, impresionante. La carretera serpenteaba junto al Pacífico, con el flanco derecho protegido por la muralla infinita del desierto y el izquierdo asomado a precipicios que quitaban el hipo. Sentir el vacío tan cerca de nuestro carril nos reafirmó en nuestra decisión: este trayecto hay que hacerlo de día.

El objetivo en Nazca era claro: volar sobre los trazos de los dioses. Ver las Líneas desde el aire es una experiencia sin igual, un enigma dibujado en la piel de la tierra que te deja sin palabras. Aunque el guía se limitó a señalar las figuras con una sobriedad excesiva, la potencia visual de los geoglifos hablaba por sí sola.

Para cerrar el círculo de este misterio, visitamos el Museo Arqueológico Antonini, sumergiéndonos en el mito de la cultura Nazca. Al caer el sol, el Planetario Maria Reiche nos ofreció el epílogo perfecto. Allí, bajo el mismo cielo estrellado que los antiguos observaron, comprendimos la magnitud de la entrega de aquella arqueóloga alemana: una vida entera dedicada a descifrar los secretos de este suelo, logrando que el mundo reconociera las Líneas como Patrimonio de la Humanidad. Nos despedimos de Nazca con una certeza: esa enigmática cultura tardará aún mucho tiempo en desvelarnos sus más fascinantes secretos.

Sin embargo, el hechizo se rompió pronto. El autobús hacia Lima no consiguió ser puntual y, poco después de partir, el desierto inconmensurable que nos había escoltado comenzó a desvanecerse. En su lugar, apareció un desierto plano, sucio y herido, salpicado de innumerables asentamientos donde la dignidad humana parecía librar una batalla diaria contra el olvido.

La entrada en Lima fue un despertar brusco a las entrañas del caos. Una urbe de once millones de almas que intenta respirar a través de apenas dos líneas de metro, apoyadas en una red de autobuses que parecen rescatados de la chatarra. El resultado es un colapso circulatorio crónico donde el vehículo privado impone su ley.

En Lima, el tiempo se detiene, pero no por paz, sino por asfixia: un atasco eterno que devora las horas. Tardamos una eternidad en alcanzar el hotel y, tras cenar, el rugido de los motores y el brillo de los faros seguían allí. En esta ciudad, cualquier calle, por escondida que esté, ha sido ya conquistada por el caos.

Sin embargo, el amanecer del 1 de mayo nos regaló una tregua inesperada. Con las arterias de la ciudad liberadas del colapso diario, nos dirigimos al Centro Histórico, cuyo corazón de piedra y madera es Patrimonio de la Humanidad. Entre turistas y un despliegue policial preventivo por la fecha, la arquitectura limeña se desplegó ante nosotros con toda su fama.

Avanzada la mañana, el viaje nos regaló uno de esos espejos culturales que tanto asombran: un grupo de personas cuyas vestimentas nos transportaron directamente a las cofradías religiosas de España. Movido por la curiosidad, me acerqué a ellos. Eran los fieles de la Santísima Virgen de Chapí, esperando el momento de dar el relevo a los costaleros que se iban acercando lentamente transportando a la Virgen desde la Catedral. Uno de ellos, con un entusiasmo desbordante, comenzó a desgranar la historia de su cofradía con tal lujo de detalles que un compañero tuvo que frenarlo, consciente de que nuestro tiempo era escaso y las actividades por realizar abundantes.

Al doblar una esquina, la solemnidad dio paso a la vida pura. La calle se transformó en un hervidero festivo: familias paseando entre cientos de puestos ambulantes que colonizaban las aceras. Disfrutamos de ese bullicio el tiempo justo, hasta que la marea humana nos empujó a buscar refugio en una mesa para comer. Por la tarde, un paseo por la costanera, con el Pacífico rompiendo contra los acantilados, nos ayudó a renovar fuerzas para el siguiente gran salto: Estados Unidos.

​Reflexión final: Al finalizar nuestra estancia en Lima, con el eco de los 3300 kilómetros recorridos en bus desde Santiago aún vibrando en los huesos, no puedo sino rendir un pequeño y sincero homenaje a ese gigante anónimo. Hablo del autobús “mágico”: ese artefacto capaz de transportar vidas y esperanzas, de atravesar pueblos que parecen suspendidos en el tiempo, de sortear acantilados imposibles y de bailar sobre curvas que desafían la lógica. Por encima de la algarabía, de los olores y de las esperas, este vehículo nos ha regalado una de las experiencias visuales más bellas que el ojo humano pueda reclamar.

​Como cantaba The Who (mi grupo favorito de antaño) en aquel mítico "Magic bus" de 1968:

No quiero armar lío / Pero ¿puedo comprar tu Autobús Mágico?

The Who. “Magic bus”
































 

 



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La vuelta al Mundo (II). Días 23 a 26 de abril de 2026. Hacia rutas salvajes

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“En el desierto, no puedes decir de dónde vienes. Solo puedes decir hacia dónde vas”.

        El paciente inglés, 1996


La entrada en Antofagasta no fue precisamente triunfal. Llegamos al anochecer, en plena hora punta, y desde la ventanilla del autobús la ciudad se presentaba como el paraíso del caos: un tráfico insufrible y un laberinto de edificios de todos los tamaños y colores construidos de forma aleatoria, sin rastro de orden urbanístico. Para rematar la escena, nuestro hotel, aunque correcto, se ubicaba junto a esas calles que es mejor evitar cuando cae el sol. En ese momento, sinceramente, daban ganas de salir corriendo.

Sin embargo, la noche trae reflexión y el día una perspectiva nueva. En ese impás, aprovechamos para poner orden a nuestras coordenadas. El episodio del dolor de muelas en Nueva Zelanda seguía presente; no como una urgencia, sino como un recordatorio de nuestra vulnerabilidad logística. El dentista nos dio un margen aproximado de seis semanas, pero el calendario del viaje es más largo que la paciencia de una raíz dental. Sumando a esto que el seguro ya no cubriría un nuevo percance en la misma pieza y que la situación de seguridad en los próximos destinos invitaba a la cautela, tomamos una decisión basada en la prudencia: decidimos acortar el viaje.

No era un final, sino un ajuste de ruta. Saltaríamos desde Lima hasta Los Ángeles. Ojo, tampoco es que EE. UU. sea el país más seguro del mundo, pero atravesarlo en tren de oeste a este era una de las ambiciones más deseadas de este increíble viaje. Priorizamos la tranquilidad, asegurándonos de que la experiencia siguiese siendo un placer y no una gestión de riesgos constante. Con esa decisión ya digerida, salimos a gastar zapatilla por Antofagasta. La ciudad nos dio la vuelta a la tortilla: paseamos por el puerto, charlamos con la cuidadora del museo local y compartimos confidencias con los bomberos del parque contiguo al hotel. Para coronar el cambio de ánimo, nos regalamos un festín de salmón en un restaurante que nos inspiró confianza. El pescado fresco no es fácil de encontrar en las cartas de precio medio, y cuando aparece, a veces genera dudas; por eso, lo de ese día fue un auténtico homenaje.

Un apunte sobre la logística: la puntualidad aquí es un concepto creativo. Los autobuses rara vez cumplen el horario y los paneles informativos brillan por su ausencia. Si preguntas en “Información”, te dicen que el bus “llegará pronto y se estacionará entre los andenes 6 y 12”. Y ahí te quedas, vigilando los andenes por si acaso. La información más precisa la obtuvimos de otro chófer: "El bus a Iquique es el bus rojo que viene detrasito" (detrás del suyo, quiso decir). Al escuchar el diminutivo, concluí que llegaría en no más de diez minutos. Y, efectivamente, cumplió. He ahí la clave lingüística: la diferencia entre el "detrás" y el "detrasito".

Ya camino de Iquique, el destino nos recibió con bruma. El paisaje era una escala de grises sobre una costa abrupta de acantilados que caen al Pacífico. La carretera se pegaba al agua revelando caletas y playas solitarias, todo ello adornado con tramos en obras sin asfaltar que nos obligaban a avanzar a paso de tortuga, a no más de 30 km/h. De repente, el horizonte se despejó y el sol dejó de ser tímido. Pasamos por pueblitos como Michilla o Punta Blanca, de una precariedad que hacía difícil adivinar de qué vive allí la gente. Al acercarnos a Iquique, nos impactó la estampa de la ciudad, encajonada entre el mar y un gran farellón (un imponente paredón de roca vertical). Solo nos quedamos una noche, la justa para un paseo animado por la playa.

Salimos temprano hacia Arica, ciudad fronteriza con Perú. El bus iba casi vacío, lo que nos permitió jugar a los fotógrafos saltando de un lado a otro. El primer tramo fue una larga subida por el farellón llena de curvas serpenteantes, lo que nos dio una visión cenital que desmentía la imagen atractiva que la ciudad transmitía desde la arena. Tras el habitual inicio gris, al virar hacia el interior, el sol reclamó su sitio. Cruzamos el desierto en rectas interminables hasta entrar en la Pampa del Tamarugal, un oasis hidrográfico que parece de otro mundo. La carretera bordeaba la parte superior del valle, mostrándonos allá abajo, a cien metros de profundidad, un espectáculo verde e irrepetible. Solo pudimos pensar: “¡Este maldito desierto de Atacama lo ha vuelto a conseguir un día más!”.

Arica nos regaló un último detalle. En la Catedral, un grupo de invitados impecablemente vestidos anunciaban una boda. Al salir de visitarla, uno de ellos nos abordó con curiosidad y nos regaló una apasionada conferencia sobre la historia de la ciudad. Fue un momento de lo más agradable: dos turistas con cara de turistas compartiendo charla con un señor elegante rodeado de invitados de etiqueta. Un cierre de jornada con estilo antes de que aquel sábado llegase a su fin.

Sin madrugar demasiado, cogimos el bus de Arica a Tacna (Tacna, en el lado peruano). El vehículo ya representaba una edad venerable antes de subir. Además de los asientos habituales, habían habilitado tres más "artesanales": grandes botes de pintura con cojines encima. Por supuesto, la hora de salida era “cuando se llenase el bus”, y así fue; no quedó ni un bote libre. Los trámites aduaneros resultaron sorprendentemente prácticos: dos cabinas enfrentadas, una para la salida de Chile y otra para la entrada en Perú. Darse media vuelta y listo.

Ya instalados en Tacna, descubrimos una ciudad que, si bien no es la mejor dotada en atractivos turísticos, transmite una calma envidiable. Quizá fuera por ser domingo por la tarde, pero se sentía una paz sin prisas. Recorrimos el Paseo Cívico, una amplísima "isla" peatonal que corre por el centro de la avenida principal. Allí nos topamos con una muestra de la vida cultural de la ciudad: música, niños bailando bajo los aplausos de sus padres y jóvenes luciendo trajes típicos. Nos quedamos un buen rato disfrutando del bullicio festivo, que resultó ser el preámbulo del Día Internacional de la Danza. Un recibimiento lleno de ritmo para nuestra primera noche peruana.

De vuelta en el hotel, cerrando este capítulo y después de todos los altibajos y de la montaña rusa de sensaciones de estos últimos días, repasando las canciones de toda una vida, me vino a la memoria el clásico de los Doobie Brothers "Listen to the music" ("Escucha la música"), que con su ritmo y su letra traslada una buena dosis de optimismo.

“Lo que la gente necesita es una forma de sonreír; no es tan difícil de lograr si sabes cómo”.

(Listen to the Music, 1972)


Nota final: Justo antes de cerrar este capítulo, supimos que para entrar en Ecuador por tierra era necesario un certificado de penales que no sabíamos si habríamos podido conseguir. Además, el 25 de abril hubo un atentado en la carretera Panamericana en Colombia, por donde seguramente habríamos tenido que pasar. Al final, la prudencia no solo fue sabia, sino casi providencial.


 


 


 






  





 































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