LA VUELTA AL MUNDO (II). Días 5, 6 y 7 de marzo. El Despertar del Transmongoliano: Rumbo al Gigante Asiático

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​"La felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de viajar."

Marco Polo


​Un viaje de esta magnitud no comienza realmente con el primer paso, sino con el primer raíl. Porque la esencia de la aventura no es solo alcanzar el destino, sino entregarse al camino; viajar es, al fin y al cabo, la metáfora más perfecta de la existencia.

​El ritual comenzó con el rigor del madrugón: a las 7:15 h, el mítico Transmongoliano reclamaba nuestra presencia. Sin dramas; en la ruta, los tiempos son soberanos y la aceptación es la mejor compañera de equipaje. Por delante, 31 horas de travesía por la estepa y el desierto que decidimos honrar en una cabina de primera clase. A cierta edad, uno ya sabe que el confort no es un lujo, sino una forma inteligente de entender el concepto VIAJAR.

​La mañana nos regaló una inmensidad blanca, una estepa nevada custodiada por montañas suaves. Por la ventana desfilaban yurtas solitarias y puntos negros que, al acercarse, revelaban ser caballos escarbando con tesón bajo el hielo. Al mediodía, el blanco absoluto cedió su trono a los tonos ocres y grisáceos de arbustos que reclamaban su lugar en el paisaje. Al caer la tarde, cerca de la frontera, la nieve se desvaneció por completo para dar la bienvenida a la aridez del desierto del Gobi.

​Hacia las 20:00 h, el desfile burocrático rompió la calma de la cabina. Una procesión de uniformados, enigmáticos y repetitivos, solicitaron nuestros pasaportes una y otra vez, recordándonos que los procedimientos fronterizos son misterios que ni la ciencia ha logrado descifrar.

​Ya en suelo chino, el tren se detuvo para una coreografía técnica: cuatro horas de espera mientras cambiaban el ancho de los ejes para adaptarlos a la red ferroviaria local. Al despertar, el mundo había mutado. La soledad de la estepa fue sustituida por colosos de hormigón y zonas industriales; la huella humana se hacía, por fin, omnipresente.

​Llegamos a un Pekín inabarcable, de infraestructuras impecables y un orden casi magnético. Resulta un espectáculo hipnótico observar autovías de seis carriles donde el 80% de los vehículos se deslizan en el silencio de la energía eléctrica.

​Pero Pekín no se contempla, se conquista. Con una agenda al límite, nos lanzamos a los 10 km de ascenso y descenso por las escaleras infinitas de la Gran Muralla. Admiramos el PalaciodelCielo, la inmensidad de la Plaza de Tiananmen  y la desbordante Ciudad Prohibida.

​No todo fue como la seda: tres horas de cola inesperada para acceder a estos últimos hitos pusieron a prueba nuestra paciencia. Hubo algún roce verbal con el guía —el eterno pagano de las frustraciones del viajero—, pero el cansancio no nos detuvo. Esa misma noche, con 18 km de caminata en las piernas y el espíritu saciado, subimos al tren nocturno con un nuevo horizonte: Xian.












 
 





















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LA VUELTA AL MUNDO (II): Dias 2, 3 y 4 de marzo: Crónicas del Frío: El Reencuentro con Ulán Bator

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El arte de viajar tiene sus aristas, esos momentos de aspereza que ponen a prueba el temple:

La neurosis de la maleta: «¿Habré olvidado algo esencial?».

El zarpazo del despertador en plena madrugada.

Y esa procesión por los pasillos infinitos de los aeropuertos, que parecen no tener fin.

La primera duda te roba el sueño, y terminas la noche en un bucle de ansiedad vigilando el reloj. Al final, casi agradeces que llegue la hora de levantarse sólo para terminar con la agonía. Pero el cansancio pasa factura: bajo los fluorescentes de la terminal, los demás viajeros se mueven como figurantes en una distópica película de zombis.

Sin embargo, el destino siempre guarda un as bajo la manga para recordarte quién manda. Llegar a las cinco de la mañana y ser recibido por un látigo de 26 grados bajo cero es una cura de humildad instantánea. Aunque, mirándolo con optimismo antropológico, a partir de ese bofetón térmico, cualquier cosa que suceda solo puede ser una mejora.

Seis años después, por fin hemos pisado el suelo de Ulán Bator, la capital de Mongolia. Es una cuenta pendiente; un fantasma de la prepandemia que nos obligó a retroceder cuando el mundo se cerró. Seis años han pasado para que podamos retomar el hilo de esta historia que se nos quedó pausada en Irkutsk.

¿Sorprende Ulán Bator? Es difícil de decir. Uno llega con la retina impregnada de románticas ensoñaciones sobre estepas infinitas, nómadas legendarios y horizontes de trekking. Pero la realidad urbana es más cruda y prosaica: un despliegue de desorden, un tráfico que parece un organismo vivo y estancado, y destellos culturales que emergen entre el caos. Es una ciudad que se debate en una transición violenta hacia un capitalismo salvaje, donde los neones de las marcas occidentales reclaman su espacio en cada esquina.

Decidimos medir la ciudad con nuestros pasos desde el primer minuto, sin tregua. Caminamos buscando el refugio del sol para combatir los -26º, recorriendo barrios, cruzando puentes y coronando colinas para desentrañar cada rincón visitable. En este deambular, descubrimos una paradoja: nuestras piernas eran más veloces que el motor de combustión. Google Maps confirmaba nuestra victoria sobre el asfalto; íbamos a llegar antes a pie que en cualquier vehículo. La ciudad vive sumergida en un atasco eterno que solo respira de madrugada.

Solo cuando el tráfico dio una tregua momentánea, nos rendimos al confort de un taxi. Tuvimos la suerte de dar con un chófer encantador, ávido por pulir su inglés con nosotros. Gracias a él, completamos el mapa de hitos: el Palacio de Invierno de Bogd Khan, la Colina Zaisan y el misticismo del Monasterio de Gandantegchinlin.

La segunda jornada fue un viaje compartido solo por Hasier y yo. El chófer mongol nos iba llevando a los lugares prefijados. Sin guías, porque la inmensidad no necesita explicaciones, nos adentramos en los alrededores de la capital. El Parque Natural de Terelj, la imponente Estatua de Chinggis Khan, la Roca de la Tortuga y el silencio del Templo de Meditación Aryabal se sucedieron como postales de una Mongolia eterna.

Pero lo que realmente se grabó en la memoria fue el paisaje níveo. Esa estepa blanca y vasta no era solo una estampa hermosa, sino un preludio, un aviso de lo que nos aguardaba en el trayecto ferroviario hacia Pekín.

De regreso, mientras cruzábamos un puente sobre un río de hielo, el contraste fue total: a nuestra izquierda, una fila de coches resignados al avance lento del tráfico ; a nuestra derecha, sobre la nieve congelada del río, una figura solitaria caminaba hacia su destino. Capturé la imagen, miré por última vez el caos de metal a mi izquierda y seguimos caminando, con el frío en la cara y el hotel como meta.

 














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