La vuelta al Mundo (II). Días 19, 20, 21, 2 y 23 de marzo. Kuala Lumpur: El rompecabezas de la frontera y el regreso al orden

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“No todos los que deambulan están perdidos.”

J.R.R. Tolkien


La partida hacia Kuala Lumpur tuvo su "aquel". Hace un par de semanas, al intentar comprar los billetes de tren desde Bangkok, se nos heló la sangre: los tickets habían volado literalmente en cuanto salieron a la venta. Tocó respirar hondo y buscar una alternativa que no nos hiciese perder demasiado tiempo.

La solución fue un pequeño puzle logístico: Un primer trayecto hasta Hat Yai, un tren de cercanías hasta la frontera en Padang Besar y, tras realizar los trámites de pasaporte en la misma estación, el salto definitivo hacia la capital malaya. Sabíamos que el riesgo era alto; un fallo en los enlaces en un sistema con fama de impuntual nos habría dejado en lugares sin ningún interés para nosotros. Al final, el plan funcionó, aunque nos costara un día en la salida de Bangkok y otro más por pérdida del enlace a Singapur, como consecuencia de lo anterior. Asumible, contábamos con que tarde o temprano tendríamos incidencias de este tipo.

Resumiendo: Salimos de Bangkok a las cinco de la tarde y, 26 horas después —paliza incluida—, entramos en Kuala Lumpur.

La primera impresión al llegar fue la de volver a la “civilización”: encontramos aceras a prueba de esguinces y coches que, milagrosamente, se detenían en los semáforos. Otro mundo. Eso sí, la humedad y los 35 °C trataban de convencernos de que caminar era una locura.

Sin embargo, el bosque de rascacielos, que con sus enormes pantallas llenas de atractiva propaganda reclamaban la atención del viandante, nos regalaba pasillos de sombra que administrábamos con pericia de caminante experto. Si hubiésemos tenido una tarde de lluvia tropical persistente no me hubiese sorprendido cruzarnos con Rick Deckard, maravilloso personaje de la magistral Blade Runner. O mejor aún, con el replicante Roy Batty: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas cerca del hombro de Orión. Vi cómo los rayos C brillaban en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como... lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

Todavía se me pone la piel de gallina.

Al grano: Así pues, en un sábado con las calles llenas de gente por el final del Ramadán, fuimos conquistando poco a poco los primeros trofeos del "turisteo": Templos, mercadillos y un Barrio Chino con un aire muy diferente.

En un viaje de tantas semanas, el cuerpo también pide su espacio. Dedicamos la tarde a lo mundano pero vital: poner lavadoras y cuidar el tono muscular en el gimnasio del hotel. Mantenerse en forma es crítico cuando el camino es largo, una rutina que ya veníamos cuidando en etapas anteriores. 

Como cierre de nuestra estancia, nos alejamos 13 kilómetros para visitar las Cuevas Batu, ese espectacular y enorme templo-cueva que domina las afueras de la ciudad. Su belleza es inmensa, pero hoy se siente más como un parque temático que como un santuario. Los miles de turistas han desplazado, hace tiempo, a los fieles peregrinos. A diferencia de los templos más sencillos que hemos encontrado en el camino, donde la discreción del viajero es su mejor aporte, aquí la espiritualidad se vuelve esquiva. No se ve ni se respira, quedando relegada a unos pocos espacios que resisten, casi ex profeso, al bullicio del consumo masivo.

Vuelta al hotel y preparar todo para el siguiente destino: Singapur.











 
 
 





























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LA VUELTA AL MUNDO (II) Dias 15, 16, 17 y 18 de marzo. Sombras de Indochina y el reencuentro con el caos

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“El destino de uno nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.” 


Henry Miller


Vientián nos recibió con una bofetada de realidad. Si China había sido orden, asfalto impecable y pagos digitales invisibles, Laos nos lanzó de golpe a la cara la fragilidad del sudeste asiático. La primera noche, una adolescente con dos niños pedía una limosna entre los turistas del lugar, un poco más al fondo, bajo el parpadeo de neones que anunciaban "Sexy Girls". Comprendimos que habíamos aterrizado en uno de esos rincones donde la belleza convive, sin filtros, con la obscenidad humana.

Con el "Plan B" financiero en marcha para sortear el bloqueo de la tarjeta, salimos a conquistar una ciudad que se resiste a ser caminada. Entre aceras maltrechas y un sol que empezaba a reclamar su territorio, llegamos a un lugar que te encoge el alma: la organización COPE.

Allí, el peso de la historia se hace físico. Es estremecedor descubrir que el 30% de las bombas lanzadas por EE.UU. durante la Guerra de Indochina nunca llegaron a estallar. Hoy, décadas después, siguen despertando bajo los pies de campesinos y niños, dejando un rastro de amputaciones que COPE intenta mitigar con prótesis y dignidad. Se dice que aquí cayeron más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial; un dato que te hace caminar con un respeto renovado por esta tierra.

Buscando la redención visual, perseguimos el atardecer hasta Pha That Luang. Llegamos al límite, con los últimos hilos de luz rozando el oro de la estupa. En ese instante, cuando el monumento brilla con una intensidad casi mística, olvidas el cansancio y las aceras rotas. Cerramos el día perdiéndonos en el mercado nocturno, disfrutando del griterío y del caos de los puestos de comida local.

La salida de Laos fue una prueba de fuego: un tren nocturno en segunda clase. Fue una noche "durilla", de esas que te recuerdan que el viaje también es resistencia.

Pero al amanecer, entramos en Bangkok.

Pisar la capital tailandesa fue como atravesar un portal temporal hacia aquel marzo de 2020, cuando el mundo se nos cerraba y buscábamos aquí una huida desesperada. Seis años después, ya no corremos. No hay embajadas que nos digan que "no" por ser españoles. Esta vez, Bangkok no es un refugio, hoy es el testimonio de nuestra persistencia.

Decidimos que los monumentos ya estaban vistos en la larga espera de 2020. Esta vez nos iríamos a pasear por las zonas “nobles” de la ciudad: Rascacielos imposibles, Centros Comerciales irreales… Es lo que tiene Bangkok, no hay término medio: o miseria o exuberancia.

Estábamos alojados en un hotel cerca del centro, se puede decir que era un buen hotel al que le había alcanzado la necesidad humana de tener un espacio para vivir: Las chabolas. Todas las callejuelas que lo rodean eran un amasijo de construcciones de uralita dentro de las cuales se me hacía difícil pensar que hubiese vida. Por la ventana de nuestro 5º piso, un espectacular templo budista perfectamente resguardado tras su impecable enrejado, contrastaba con ese entorno plagado de pobreza y miseria. Como el centro comercial rodeado de zombis en una película del género. 

Y todo ello a 35 º, agitado, no revuelto. Como diría el eterno Bond, James Bond.

 








 

 

 

 

 













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