La vuelta al Mundo (II) Días 10 a 17 de abril. LA FUERZA DEL DESTINO

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​“El destino es lo que hacemos de él”.

John Connor (Terminator 2: El juicio final), 1991.


El salto de cuatro horas desde Sídney nos aterrizó en Christchurch. Apenas instalados, nos urgió el deseo de tomar contacto con la ciudad antes de que el prematuro anochecer en esos lares echara el telón. No tardamos en percibir una atmósfera extraña: Christchurch es una urbe al estilo “Twin Peaks” (serie icónica de los años 90). “Es ese tipo de lugar donde, cuando el semáforo se pone en ámbar, los conductores frenan en lugar de acelerar”; un oasis de calma plana donde apenas existen edificios de más de diez plantas debido, en parte, al trauma del terremoto de 2011, que se cobró 185 vidas.

​Dedicamos la mañana siguiente a descifrar sus calles. Christchurch compensa su falta de alturas con una colección impresionante de arte urbano que salpica casi cada edificio. Entre murales vibrantes y la herida abierta de la Catedral derruida, la realidad social volvió a salirnos al paso. En el monumento de recuerdo a las víctimas del terremoto, una concentración de personas, mayoritariamente con banderas palestinas, reclamaba el fin de la guerra. De seguido, junto al hotel, una furgoneta ofrecía servicios de lavandería y ducha a los sintecho, recordándonos la crudeza que ya vimos en Melbourne. Y como si de una escena de película de Ken Loach se tratara, al pie del muro quebrado de la Catedral, un músico callejero entonaba “The Sound of Silence”. 

Aquella melodía inolvidable de 1964, en aquel preciso momento, se transformó en un grito desesperado por los olvidados (palestinos, sin techo…), por "los que hablan sin poder hablar y oyen sin poder oír".

​"... En la desnuda luz miré / Vi mil personas tal vez más / Gente que hablaba sin poder hablar / Gente que oía sin poder oír / Y un sonido que / Los envolvía sin piedad / Lo puedo oír / Sonidos del silencio..."

​El siguiente destino era Picton, pero el cielo decidió no colaborar: una lluvia torrencial y nubes plomizas empañaron los ventanales del tren. Sin embargo, el verdadero temporal era interno. Hasier había despertado con un dolor de muelas insoportable que dinamitó nuestros planes. Necesitábamos llegar a Wellington para que un dentista de urgencia lo atendiera.

​Las cuatro horas de trayecto ferroviario se convirtieron en un centro de logística improvisado (adelantar el viaje en ferry, añadir una noche de hotel en Wellington…), bajo una tensión máxima cuando el tren se detuvo en mitad de la nada por un accidente de coche que bloqueaba la vía. El margen de tiempo para coger el enlace con el ferry desaparecía, pero la fortuna había decidido viajar con nosotros: al pertenecer el tren y el ferry a la misma compañía, el barco nos esperó. Los astros se alinearon justo cuando el dolor y el cronómetro más nos asfixiaban.

​Ya en el ferry, el optimismo regresó tímidamente con la música de un intérprete que, a la guitarra e intentando entretener al pasaje, desgranaba temas eternos. Al desembarcar, una curiosidad geográfica nos dio la bienvenida: las antípodas exactas de Bilbao se encuentran en el Océano Pacífico, siendo Wellington la ciudad más cercana a ese punto. Estábamos, literalmente, lo más lejos posible de casa.

​A la mañana siguiente, la aventura se detuvo ante un interrogante inevitable. El primer diagnóstico del dentista cayó como un jarro de agua fría: en el mejor de los casos, la efectividad del tratamiento solo duraría unas pocas semanas. Nos enfrentamos entonces a una encrucijada terrible: asumir un riesgo incierto y seguir adelante, o dar el viaje por finalizado y regresar a casa con el sabor amargo de lo inacabado. Fue un mazazo emocional, especialmente con el recuerdo aún fresco de aquel parón forzoso de 2020 debido a la pandemia. Parecía que el destino se empeñaba en repetir su guión.

​Sin embargo, a las 15:30 h, la trama dio un giro inesperado. Hasier regresó del gabinete médico con noticias que abrieron una rendija a la esperanza. El dentista, tras finalizar su trabajo, se mostró mucho más optimista y nos animó a continuar, aunque sin descartar del todo una posible recaída.

​Nos encontrábamos en ese extraño limbo donde la lucidez pelea con el deseo. ¿Seguir o abandonar? ¿O acaso no era necesario dictar sentencia en ese mismo instante? Decidimos que, si el destino nos daba una tregua, nosotros le daríamos una oportunidad al viaje.

​Mientras la duda planeaba sobre nosotros, nos dedicamos a desgastar zapatillas por la capital neozelandesa. Caminamos por algunos escenarios menores de El Señor de los Anillos, visitamos el Parlamento, la Catedral Anglicana y nos perdimos entre el verdor del Jardín Botánico y la paz histórica del cementerio de la calle Bolton. Wellington es una ciudad amable, pero bajo nuestros pasos latía una reflexión constante: estamos en el punto más alejado de nuestro origen, sopesando si los títulos de crédito están a punto de aparecer en pantalla o si aún nos queda un último acto por rodar.

​De momento, el dolor había remitido y nuestras fuerzas empezaban a recuperarse. No había una decisión definitiva, pero sí un horizonte. Al día siguiente cogimos el tren a Auckland con la ilusión renovada de quien está a punto de entrar en la Tierra Media.

​El viaje hacia Auckland fue largo, pero esta vez el tiempo se alió con nosotros para permitirnos disfrutar de un paisaje en constante metamorfosis. El tren se abría paso entre colinas onduladas donde miles de ovejas y vacas salpicaban un escenario rural de una gran belleza. Allí, el verde no era un solo color, sino un mural infinito de al menos cincuenta tonalidades distintas, atravesado por ríos que serpenteaban tranquilos entre granjas aisladas.

​Llegamos con el tiempo justo para la cena, conscientes de que el día siguiente nos reservaba una cita con el mito. En el set de rodaje de Hobbiton, en Matamata, la ficción se vuelve tangible. Pasear entre las colinas y las icónicas casitas de puertas redondas, conservadas con un detalle casi obsesivo, nos hizo sentir como figurantes de la saga que regresan al lugar donde, años atrás, se rodó una leyenda.

​Nuestra última mañana la dedicamos a Auckland. No es una ciudad de grandes monumentos, pero la Auckland Art Gallery nos regaló un momento de reflexión necesario. Allí palpamos  de nuevo la especial sensibilidad del arte moderno hacia la herida histórica del pueblo maorí y el peso de la colonización. 

En una de las salas, nos topamos con una escena curiosa: una multitud esperaba a que un modelo posara desnudo (o casi) para ser dibujado. Charlamos con el director del evento, quien nos confirmó que el dibujo al natural es una actividad con una gran aceptación y una afluencia sorprendente en la ciudad.

​Y así, entre trazos de carbón y colinas de fantasía, finaliza esta etapa. Hemos recorrido Australia de norte a sur y Nueva Zelanda de sur a norte. Ahora, dejamos atrás las antípodas para volar hacia un país cuyo nombre evoca la memoria de Víctor Jara y Salvador Allende. Nos dirigimos a Chile, que durante décadas fue símbolo y víctima de las mayores atrocidades de las que es capaz el ser humano.

 














 
































 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La vuelta al Mundo (II) Días 5, 6, 7, 8 y 9 de abril. Un Tranvía llamado Deseo. El pulso de las Metrópolis

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“No quiero realismo, quiero magia"
Blanche DuBois (personaje que interpreta Vivien Leigh en "Un Tranvía  Llamado Deseo") 1951.


Tras dejar atrás el polvo del desierto, nos esperaba una nueva jornada de "cabalgada" ferroviaria. Cruzar esta nueva zona de Australia en tren es asistir a una película en movimiento: un paraje rural semiárido donde los campos infinitos de trigo y cebada se funden con praderas de pastos salpicadas por miles de ovejas. De vez en cuando, el paisaje rompía su monotonía con el salto fugaz de un canguro, ese habitante errante que parece vigilar las vías. Nuestros ojos, hipnotizados tras el cristal, escudriñaban el horizonte buscando capturar con la cámara esos instantes de belleza que el entorno regala sólo a quien sabe observar.

Llegamos a Melbourne, una urbe de cinco millones de almas que ostentó la capitalidad del país a principios del siglo pasado. Para separar el grano de la paja, recorrimos sus arterias en un free tour que nos bajó de la nube: tras la fachada de prosperidad, la realidad golpea con dureza. Nos impactó la cantidad de personas durmiendo y pidiendo en las aceras, muchos de ellos jóvenes; un síntoma de la crisis de vivienda que asfixia a la población local.

En el reverso de la moneda, la ciudad nos sedujo con su funcionalidad y su cultura: Un sistema de tranvías prodigioso por su frecuencia y alcance. Debido a la crisis del combustible, el servicio era gratuito, un alivio para el bolsillo y un placer para el viajero. Como si de la obra de Tennessee Williams se tratara, nuestro "tranvía llamado deseo" fue el número 35. Un vehículo histórico que, en su recorrido circular, nos permitió llegar un poco más lejos sin desgastar la suela de las zapatillas.

La Biblioteca Pública, con su imponente diseño octogonal y su cúpula majestuosa, se alza como la verdadera joya de la corona. Un refugio donde el silencio y la arquitectura compiten por el protagonismo.

El día se despidió a orillas del río Yarra. Allí, entre el bullicio de las terrazas y la silueta de una noria gigante, vimos al sol batirse en retirada entre los rascacielos, regalándonos una de esas luces de postal que justifican cada kilómetro recorrido.

Un último salto en tren nos plantó en Sídney. Es inevitable quedar fascinado ante la silueta de la Ópera, ese icono de la humanidad desde 2007 que domina la bahía. Sin embargo, hemos aprendido que ver patrimonio está bien, pero comprender una ciudad requiere algo más: requiere perderse.

Nos alejamos de los centros turísticos para caminar por callejones anónimos y sentarnos a tomar café donde nadie nos espera. Solo así, despistándonos a propósito, logramos respirar por un instante el mismo aire que los ciudadanos de este rincón del mundo.

Pero el día en Sídney aún no había dicho su última palabra. Al atardecer nos dirigimos al lateral del Jardín Botánico, un balcón natural desde el que se domina la bahía. Allí, el Palacio de la Ópera y el Puente de la Bahía se alinean en un primer plano para deleite de los presentes. Para que la magia de la que hablaba Blanche DuBois se manifestara, el Sol debía cumplir su parte del trato y teñir el cielo de rojizo. Y vaya si cumplió. Junto a cientos de personas que nos reunimos allí en un ritual silencioso, disfrutamos de un atardecer que nos regaló una postal inigualable, de esas que se quedan grabadas en la retina mucho después de que la luz se apaga.

A la mañana siguiente, nos marcamos un reto físico: la caminata costera desde la playa de Bondi hasta Coogee. Son unos ocho kilómetros de sendero que, aprovechando las suaves temperaturas matinales, se convirtieron en una experiencia revitalizante.

En mitad del trayecto, nos detuvimos en el cementerio de Waverley. Habíamos leído que era un lugar imprescindible y la realidad superó las expectativas. Situado en la ladera del monte y asomado directamente al océano, es un camposanto que cualquiera envidiaría como última morada. Con el romper de las olas como banda sonora eterna y el azul infinito del Pacífico frente a las lápidas, la eternidad en un lugar así debe de ser, con toda seguridad, un poco menos aburrida.

Para cerrar la jornada, el destino nos reservaba una coincidencia curiosa. Casi al lado de nuestro hotel, en el parque, nos acercamos a saludar al grupo de Castells de Sídney. Hasier, que forma parte de la colla de Londres, no quiso dejar pasar la oportunidad de ver cómo esta tradición catalana de torres humanas ha echado raíces también en las antípodas. Saludar a sus componentes mientras ensayaban fue el broche perfecto para nuestros días en la ciudad.

Sídney cierra la impresionante experiencia de atravesar toda Australia, primero en bus y para finalizar, en tren. Ahora, con el alma llena de paisajes y gentes cerramos este capítulo de desiertos, rascacielos, raíles, tranvías y magia.


 






 






















































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