La vuelta al Mundo (II) Días 28, 29, 30 y 31 de marzo. Autopista al Infierno: Los Nadie

2 comentarios

“Sin señales de stop, sin límite de velocidad / Nadie me va a frenar.”

— AC/DC, "Autopista al infierno"


En Darwin confirmamos que las reglas del juego habían cambiado: Acabábamos de entrar en un mundo totalmente diferente. Las míticas "autopistas de hierro" que nos trajeron desde el Cantábrico hasta el Estrecho de Malaca habían muerto. Ahora el testigo lo había tomado una cinta de asfalto interminable que corta el país de norte a sur, atravesando el Gran Desierto Rojo.

Nuestra odisea hacia el sur comenzó con un aviso: Una estación de autobuses inexistente y un vehículo "vintage" que ya vaticinaba problemas. No falló la intuición. Apenas una hora de ruta y el bus se rindió en mitad de la nada, obligándonos a esperar una hora al sustituto bajo un sol implacable de 35 °C. Finalmente, tras cinco horas de baches por una carretera necesitada de mantenimiento, la sabana tropical de hierba alta y árboles bajos, nos agasajó con la visión de un denso aguacero (allá rozando el horizonte) y un atardecer de lujo que hizo que el sufrimiento del viaje fuese más leve.

Despertar en Katherine fue como aparecer en el set de una película de la América profunda donde nunca pasa nada, ni siquiera el tiempo. Todo allí parecía una copia de la cultura yanqui. Al entrar en el único bar abierto en domingo, el silencio se hizo denso: todas las miradas se clavaron en los dos forasteros despistados que buscaban mesa. Entre cafés con hielo y la desgana que se nos había instalado, nuestro cerebro trataba de zafarse de los ecos del "tic-toc" de los numerosos relojes que dan entrada al mítico tema de Pink Floyd, “Time”.

“Buscando cualquier distracción para pasar un día aburrido / Malgastando las horas de forma despreocupada…”

El siguiente tramo hacia Alice Springs nos llevó a conocer la realidad social: En este autobús solo viajábamos 14 personas. ¿Quién quiere viajar en un autobús destartalado por una tortuosa carretera pudiendo viajar en avión? Exacto: 12 aborigenes abandonados por el sistema y dos chalados.

Y ¡oh milagro!, en este trayecto la suerte nos bendijo con un enchufe USB que funcionaba.

A través de las ventanillas, el paisaje comenzó su metamorfosis. Legiones de termiteros de arquitectura perfecta, algunos rozando los dos metros de altura, desfilaban como en una pasarela. La mala suspensión del bus y una carretera infame se esforzaban sin descanso en boicotear cada foto. Pero el verdadero susto nos lo dio un canguro suicida que casi atropellamos; el frenazo en seco del conductor evitó el desastre.

Tras una noche de sueño irregular en el bus, el amanecer nos recibió por la ventanilla contraria a la del crepúsculo. El tono rojizo lo inundaba todo: la sabana se retiraba y la tierra se teñía de óxido al entrar en “las tierras rojas”. 

Aquí, el clima nos dio un respiro con mañanas frescas y tardes de un calor seco mucho más llevadero. Sorprendentemente, debido a las lluvias recientes, el desierto se había transformado en un vergel que generaba un contraste de colores inesperado pero magnético.

Al explorar Alice Springs y sus alrededores, confirmamos una idea que ya veníamos observando desde que comenzamos esta etapa, y que nos resultaba difícil de procesar: la existencia de dos mundos paralelos que se comportan de forma absolutamente diferente. Es el mundo de los que se "parecen" a nosotros frente al de los aborígenes de estas tierras. Los primeros cumplen la expectativa, más o menos. Los segundos deambulan por las calles, sucios, desarrapados. Permanecen sentados en los bordes de las aceras, en los parques, caminan en grupo hacia no se sabe dónde.... Jóvenes, y no tan jóvenes. No estan pidiendo limosna, parece que simplemente socializan. Tampoco se les ve tristes por su situación. Tal vez quieran estar así. No lo sé. 

Desde nuestra humilde opinión, resulta casi imposible intentar comprender en tan poco tiempo los porqués de lo que se ve en la calle, y mucho menos juzgarlo con esquemas culturales que están a 15.000 kilómetros de distancia. 

No había tiempo para más. Una última sesión de gimnasio por la tarde para mantener el tono y a prepararse: la siguiente etapa ya estaba al caer. 

 























 

 

Leer más...

La vuelta al Mundo (II) Días 24, 25, 26 y 27 de marzo. El Eco del Acero: Desde Bilbao y Londres a las Antípodas en un Tren de Largo Recorrido

9 comentarios

 


“A la vuelta de la esquina / a 700 m de aquí / miras a los trenes de larga distancia en marcha / y los ves desaparecer”.

“Long Train Running”  1973

The Doobie Brothers


Llegar a Singapur fue el momento de echar la vista atrás y procesar la magnitud de lo que estamos logrando. Al mirar el mapa, la cifra marea: saliendo desde Bilbao y Londres, utilizando el tren como único cordón umbilical, hemos atravesado Europa y Asia de punta a punta. Hemos completado el trayecto ferroviario más largo del mundo que se puede hacer de seguido, una hazaña que sólo podría superarse partiendo desde Lisboa. Es, en toda regla, una victoria del viajero sobre la distancia.

Nuestra estancia fue un suspiro fugaz: dos noches y apenas día y medio para turistear. Singapur se nos presentó como una Ciudad-Estado de 6 millones de habitantes donde el orden es una religión. Posee un transporte público impecable y una gestión del tráfico que parece ciencia ficción; en nuestro paso, no vimos ni un solo atasco.

Nos sumergimos en el contraste sensorial de Little India y Chinatown, donde los aromas de las especias y la vida en los puestos callejeros te envuelven. Entre templos hindúes, budistas y mezquitas que se convierten en aulas de religión improvisadas, Singapur despliega su otra cara: un bosque de rascacielos majestuosos y centros comerciales tan vastos que parecen desafiar las leyes de la oferta y la demanda.

El salto a Australia tuvo su propia dosis de drama cinematográfico. Lo que debía ser un vuelo rutinario de cinco horas a Darwin se transformó en una aventura cuando, a punto de aterrizar, nos avisaron de que la pista estaba bloqueada por un avión que había realizado un aterrizaje de emergencia. Como si el destino quisiera regalarnos una página extra, fuimos desviados a Cairns, 1700 km hacia este de Darwin. Una ciudad fuera de guión que ya podemos sumar a nuestra lista.

Finalmente en Darwin, nos encontramos con una ciudad de paso, castigada por un calor sofocante que parecía querer agotar nuestras expectativas. Exploramos los túneles de almacenamiento de petróleo de la Segunda Guerra Mundial (cicatrices de acero construidas contra los bombardeos japoneses) y nos dejamos sorprender por los impresionantes murales que decoran las fachadas del centro, auténticas obras de arte callejero.

Pero el verdadero cierre de esta etapa ocurrió en una pequeña cafetería, mientras buscábamos refugio del pegajoso calor tropical. De repente, como un guiño del destino, empezó a sonar una de mis canciones favoritas de los 70: “Long Train Runnin” de los Doobie Brothers.

Fue un momento mágico. Esa metáfora del tren de largo recorrido que representa la perseverancia y el viaje de la vida nos golpeó con fuerza. Era la señal que necesitábamos para cerrar este capítulo: la confirmación de que, a pesar de los obstáculos y los desvíos, nuestro tren sigue en marcha.

































 

Leer más...