LA VUELTA AL MUNDO (II) Días 12, 13 y 14 de marzo. La trastienda del viaje

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“Un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos.”

— Javier Reverte

El comienzo de este viaje ha sido vertiginoso. Llegada a Ulán Bator, primer golpe de frío, visita rápida a lo esencial de la capital y sus alrededores, el primer gran trayecto en el mítico Transmongoliano, la inmersión cultural en Pekín… Y, por encima de todo, la conciencia —cada vez más clara— de que estábamos embarcándonos en una etapa muy importante de nuestras vidas.

Ese ritmo trepidante apenas nos ha dejado tiempo para compartir algunas reflexiones sobre la parte menos visible del viaje: su organización. Y sin embargo, la logística es una pieza fundamental de todo este proyecto. Algunos de vosotros nos lo preguntabais semanas antes de salir:

“¿Pero cómo se organiza algo así viajando por tu cuenta?”

Intentábamos responder sin convertir la conversación en una conferencia, pero lo cierto es que detrás de cada etapa hay bastante más cálculo del que parece.

En un viaje de este tipo es fundamental llevar el plan bien diseñado: horarios de trenes, autobuses, aviones, hoteles… Todo cuenta. Y especialmente esos enlaces delicados en los que solo hay un tren o un autobús al día —o incluso a la semana—, porque si pierdes ese enlace empiezas a acumular retrasos, y en un viaje largo eso puede convertirse en un pequeño efecto dominó.

Pero tampoco se puede tener todo reservado durante meses. Sería demasiado rígido y se perderían muchas reservas.

Así que cada día, etapa a etapa, al llegar al hotel o durante las largas horas de tren, sacamos la hoja de cálculo, repasamos trayectos, adelantamos reservas de trenes y hoteles… y, algo muy importante, corregimos errores del plan inicial. Quitamos días allí donde no hay demasiado que ver y los añadimos en lugares donde descubrimos algo que no deberíamos perdernos.

Viajar también consiste en ir afinando el mapa sobre la marcha.

Y los imprevistos, por supuesto, aparecen. Por ejemplo, estando en Kunming descubrimos que la estación de tren desde la que íbamos a partir hacia Laos no era la que pensábamos. La prevista por nosotros estaba a diez minutos del hotel, la correcta, a una hora. Así que, simplemente, habría que madrugar un poco más pero... ¿Y si no nos hubiésemos percatado de ese "pequeño" detalle?

O ese momento, ya dentro del tren rumbo a Laos, en el que descubrimos que una de mis tarjetas de crédito estaba ( y sigue estando) bloqueada y no podíamos hacer pagos online.

Y así una tras otra.

Pero ya lo sabíamos: viajar es esto… y también lo otro. Todo viene en el mismo paquete. Cada país es una experiencia nueva, donde lo que aprendiste en el anterior puede servirte… o no.

Sin ir más lejos, hemos pasado por China sin llegar siquiera a saber de qué color es su moneda. Allí absolutamente todo se paga con el móvil. Ahora acabamos de llegar a Laos y todo indica que volveremos al sistema más clásico: moneda local en el bolsillo.

En definitiva, que no me queda tiempo ni para leer los libros que traje ni para revisar los clásicos del cine que cargué en la tablet y que llevaba tanto tiempo deseando volver a ver.

Pero vayamos al grano.

Kunming, con sus “modestos” ocho millones de habitantes —lo que en China casi parece una ciudad pequeña—, no tiene grandes monumentos imprescindibles. Llegamos allí por una razón muy concreta: es el punto desde el que tomaremos el tren que nos llevará a Vientián, la capital de Laos.

Eso sí, aprovechamos la estancia para darnos una buena caminata por la ciudad y acercarnos a algunos de sus lugares más animados. Siempre hay algo que descubrir cuando uno camina sin prisa.

Al día siguiente, el madrugón inesperado. Nos esperaban once horas de tren hasta nuestro siguiente destino.

Y el cambio se hizo evidente en cuanto salimos de la estación de Vientián: El aire nos sacudió la pereza con sus treinta grados de temperatura. Atrás quedaba el suave clima chino al que nos habíamos acostumbrado.

Durante el trayecto hacia el hotel empezamos a ver otro paisaje humano. A los bordes de la carretera aparecían escenas de pobreza y miseria que contrastaban con lo que habíamos visto hasta ahora en el viaje.

El mundo cambia deprisa cuando uno cruza una frontera.

Y nosotros acabábamos de cruzar una más.

 










 

 

 


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LA VUELTA AL MUNDO (II). Días 8, 9, 10 Y 11 de marzo. El ejército que esperaba en silencio

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“Viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras.”

— Mark Twain


La noche fue corta, pero el sueño profundo en el vagón-cama. No era para menos: llevamos días sometiendo a nuestras piernas a un trajín considerable.

A las cinco de la mañana el tren entra lentamente en la estación de Xi’an. El edificio es descomunal, más grande que muchos aeropuertos que presumen de serlo. Una enorme escalinata, flanqueada por dos largas escaleras mecánicas, conduce hacia la salida. A pesar de la hora, medio dormido todavía, no pude evitar recordar dos escenas míticas del cine: la de El acorazado Potemkin y la de Los intocables de Eliot Ness. Faltaba el carrito del bebé rodando escaleras abajo para que la escena fuese perfecta.

Tomamos un Didi —el Uber chino— y en pocos minutos llegamos al hotel. Por una de esas pequeñas bendiciones del viajero, nos dejaron entrar en la habitación nada más llegar. Un breve descanso, una ducha reparadora y ya estábamos listos para salir en busca de uno de los lugares más fascinantes de China: los Guerreros de Terracota.

Antes de dirigirnos allí, nos dejamos llevar por una callejuela junto al hotel que parecía invadida por un mercadillo improvisado. Entre puestos, aromas de comida temprana y comerciantes que empezaban el día, apareció de pronto un pequeño templo. La suave luz de la mañana se filtraba entre el humo de los inciensos, mientras algunos devotos madrugadores avanzaban en silencio. Todo estaba envuelto en una atmósfera serena que invitaba a bajar la voz y observar con respeto. Uno de esos lugares donde el tiempo parece avanzar un poco más despacio.

Y después, los Guerreros.

Lo primero que uno piensa al entrar es sencillo: esto es inmenso.

Resumiendo mucho la historia, un buen día el emperador Qin Shi Huang debió de despertarse con una idea ambiciosa: construirse un mausoleo que asegurara su grandeza también en el Más Allá. Y, por si acaso el viaje después de la muerte resultaba complicado, decidió rodearse de protección. Así que ordenó crear un ejército completo de guerreros de terracota, todos a tamaño natural, para custodiar su tumba eternamente.

El plan no era precisamente modesto.

Nada menos que unos 700.000 trabajadores participaron en la obra durante más de medio siglo. Y conviene recordar que Qin Shi Huang no fue un emperador cualquiera: también se le atribuye el inicio de la construcción de la Gran Muralla. De modo que, si alguna vez os habéis preguntado de dónde les viene a los chinos esa tendencia a pensar en grande… quizá la respuesta esté en personajes como este.

Por la tarde salimos a caminar por la ciudad. Terminamos en el bullicioso barrio musulmán, un laberinto de callejuelas repleto de puestos de comida, humo de parrillas, luces y conversaciones cruzadas en todas direcciones... Y motos, muchas motos que sorteaban con pericia a los peatones.  El ambiente era vibrante, casi caótico, y en cierto modo nos recordó al Vietnam que habíamos recorrido un par de años atrás.

Regresamos pronto al hotel. Al día siguiente nos esperaba una nueva etapa: El tren de alta velocidad rumbo a Chengdu.

A las 15,30h ya estábamos instalados en el vagón. El viaje duró algo menos de cuatro horas y resultó sorprendentemente cómodo. Cuando llegamos, Chengdu nos recibió con su escala descomunal: unos 21 millones de habitantes. Una auténtica jungla de asfalto.

Nuestra primera impresión fue la de una ciudad muy viva por la noche. Pequeños restaurantes abiertos, puestos ambulantes por todas partes, gente cenando en la calle, el sonido constante de conversaciones y platos. Todo ello con ese aire familiar que, inevitablemente, nos devolvía recuerdos de Vietnam.

A la mañana siguiente teníamos una cita obligada: el Centro de Recuperación del Oso Panda.

El recinto es enorme. Allí se puede observar a los pandas en distintos momentos de su rutina diaria: comiendo con parsimonia, trepando con una torpeza entrañable o entregados a su actividad favorita, que parece ser dormir con admirable dedicación. Lo mejor del lugar es que también existen amplias zonas apartadas del público donde los animales pueden vivir con tranquilidad, algo esencial para una especie cuyo hábitat natural hemos reducido de forma alarmante.

Por la tarde dimos otra vuelta por el centro de la ciudad —si es que en una urbe de este tamaño tiene sentido hablar de “centro”— y regresamos al hotel.

Había que preparar la siguiente etapa.

En un viaje alrededor del mundo por tierra siempre hay un nuevo camino esperando.

















 










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LA VUELTA AL MUNDO (II). Días 5, 6 y 7 de marzo. El Despertar del Transmongoliano: Rumbo al Gigante Asiático

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​"La felicidad no es un destino al que se llega, sino una forma de viajar."

Marco Polo


​Un viaje de esta magnitud no comienza realmente con el primer paso, sino con el primer raíl. Porque la esencia de la aventura no es solo alcanzar el destino, sino entregarse al camino; viajar es, al fin y al cabo, la metáfora más perfecta de la existencia.

​El ritual comenzó con el rigor del madrugón: a las 7:15 h, el mítico Transmongoliano reclamaba nuestra presencia. Sin dramas; en la ruta, los tiempos son soberanos y la aceptación es la mejor compañera de equipaje. Por delante, 31 horas de travesía por la estepa y el desierto que decidimos honrar en una cabina de primera clase. A cierta edad, uno ya sabe que el confort no es un lujo, sino una forma inteligente de entender el concepto VIAJAR.

​La mañana nos regaló una inmensidad blanca, una estepa nevada custodiada por montañas suaves. Por la ventana desfilaban yurtas solitarias y puntos negros que, al acercarse, revelaban ser caballos escarbando con tesón bajo el hielo. Al mediodía, el blanco absoluto cedió su trono a los tonos ocres y grisáceos de arbustos que reclamaban su lugar en el paisaje. Al caer la tarde, cerca de la frontera, la nieve se desvaneció por completo para dar la bienvenida a la aridez del desierto del Gobi.

​Hacia las 20:00 h, el desfile burocrático rompió la calma de la cabina. Una procesión de uniformados, enigmáticos y repetitivos, solicitaron nuestros pasaportes una y otra vez, recordándonos que los procedimientos fronterizos son misterios que ni la ciencia ha logrado descifrar.

​Ya en suelo chino, el tren se detuvo para una coreografía técnica: cuatro horas de espera mientras cambiaban el ancho de los ejes para adaptarlos a la red ferroviaria local. Al despertar, el mundo había mutado. La soledad de la estepa fue sustituida por colosos de hormigón y zonas industriales; la huella humana se hacía, por fin, omnipresente.

​Llegamos a un Pekín inabarcable, de infraestructuras impecables y un orden casi magnético. Resulta un espectáculo hipnótico observar autovías de seis carriles donde el 80% de los vehículos se deslizan en el silencio de la energía eléctrica.

​Pero Pekín no se contempla, se conquista. Con una agenda al límite, nos lanzamos a los 10 km de ascenso y descenso por las escaleras infinitas de la Gran Muralla. Admiramos el PalaciodelCielo, la inmensidad de la Plaza de Tiananmen  y la desbordante Ciudad Prohibida.

​No todo fue como la seda: tres horas de cola inesperada para acceder a estos últimos hitos pusieron a prueba nuestra paciencia. Hubo algún roce verbal con el guía —el eterno pagano de las frustraciones del viajero—, pero el cansancio no nos detuvo. Esa misma noche, con 18 km de caminata en las piernas y el espíritu saciado, subimos al tren nocturno con un nuevo horizonte: Xian.












 
 





















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