“Un mapa es un camino al placer, pero a veces el placer es perderse”.
El autobús a Camaná no partió con puntualidad, pero sí con una orquesta improvisada. Nada más arrancar, el monitor delantero comenzó a tronar una película a un volumen desafiante. A nuestra derecha, un pasajero decidió que su reguetón era el complemento perfecto para la banda sonora del filme, una idea que pronto caló en el resto del pasaje: en pocos minutos, el bus era una sinfonía de vídeos, conversaciones y ritmos compartidos.
Sin embargo, el surrealismo alcanzó su cénit cuando nuestro vecino reguetonero, ni corto ni perezoso, apagó el móvil y comenzó a afeitarse en seco con una cuchilla desechable. Los pelos caían al suelo con la misma naturalidad con la que el autobús devoraba kilómetros. Afortunadamente, nuestros auriculares y una selección musical estratégica nos permitieron levantar un muro sonoro. Al otro lado del cristal, el grandioso paisaje costero que nos escoltaba desde hacía días se encargaba de poner la épica donde el interior del bus ponía el caos.
El trayecto fue un goteo constante de vida local. En cada parada subían mujeres con cestos humeantes ofreciendo un mantra cantado su oferta: “¡chicharrón y papitas!”, “¡gelatina y empanaditas!”. El bus se aventuraba por el interior de pueblitos remotos, sorteando esquinas imposibles y calles estrechas con maniobras que desafiaban la física. Hasier y yo éramos los únicos que conteníamos el aliento en cada viraje; para el resto, aquello era simplemente el camino a casa.
Llegamos a Camaná con hora y media de retraso, pero la entrada por su avenida principal fue una sobredosis de nostalgia. Cruzamos un túnel del tiempo que nos lanzó sesenta años (o más) atrás. Era un caos armónico: un hervidero de gente gritando ofertas, puestos de venta que brotaban en cada esquina y edificios que parecían maquetas a medio terminar, de todos los tamaños y colores imaginables. Por encima de nuestras cabezas, una tela de araña de cables cruzaba la arteria principal de lado a lado y de atrás hacia adelante, dibujando una geometría imposible que solo se aprecia si te detienes a mirar el horizonte. Fue, sencillamente, maravilloso.
A la mañana siguiente, el mercado nos confirmó que estábamos en un lugar especial. Era un laberinto de pasadizos donde el aroma de la fruta fresca se mezclaba con el del pescado y la carne, desembocando en pequeñas tiendas repletas de artilugios que parecían esperar allí desde el siglo pasado. Hay que verlo para creerlo.
El bus hacia Nazca salió con una puntualidad británica que casi nos pilla desprevenidos. El viaje fue, una vez más, impresionante. La carretera serpenteaba junto al Pacífico, con el flanco derecho protegido por la muralla infinita del desierto y el izquierdo asomado a precipicios que quitaban el hipo. Sentir el vacío tan cerca de nuestro carril nos reafirmó en nuestra decisión: este trayecto hay que hacerlo de día.
El objetivo en Nazca era claro: volar sobre los trazos de los dioses. Ver las Líneas desde el aire es una experiencia sin igual, un enigma dibujado en la piel de la tierra que te deja sin palabras. Aunque el guía se limitó a señalar las figuras con una sobriedad excesiva, la potencia visual de los geoglifos hablaba por sí sola.
Para cerrar el círculo de este misterio, visitamos el Museo Arqueológico Antonini, sumergiéndonos en el mito de la cultura Nazca. Al caer el sol, el Planetario Maria Reiche nos ofreció el epílogo perfecto. Allí, bajo el mismo cielo estrellado que los antiguos observaron, comprendimos la magnitud de la entrega de aquella arqueóloga alemana: una vida entera dedicada a descifrar los secretos de este suelo, logrando que el mundo reconociera las Líneas como Patrimonio de la Humanidad. Nos despedimos de Nazca con una certeza: esa enigmática cultura tardará aún mucho tiempo en desvelarnos sus más fascinantes secretos.
Sin embargo, el hechizo se rompió pronto. El autobús hacia Lima no consiguió ser puntual y, poco después de partir, el desierto inconmensurable que nos había escoltado comenzó a desvanecerse. En su lugar, apareció un desierto plano, sucio y herido, salpicado de innumerables asentamientos donde la dignidad humana parecía librar una batalla diaria contra el olvido.
La entrada en Lima fue un despertar brusco a las entrañas del caos. Una urbe de once millones de almas que intenta respirar a través de apenas dos líneas de metro, apoyadas en una red de autobuses que parecen rescatados de la chatarra. El resultado es un colapso circulatorio crónico donde el vehículo privado impone su ley.
En Lima, el tiempo se detiene, pero no por paz, sino por asfixia: un atasco eterno que devora las horas. Tardamos una eternidad en alcanzar el hotel y, tras cenar, el rugido de los motores y el brillo de los faros seguían allí. En esta ciudad, cualquier calle, por escondida que esté, ha sido ya conquistada por el caos.
Sin embargo, el amanecer del 1 de mayo nos regaló una tregua inesperada. Con las arterias de la ciudad liberadas del colapso diario, nos dirigimos al Centro Histórico, cuyo corazón de piedra y madera es Patrimonio de la Humanidad. Entre turistas y un despliegue policial preventivo por la fecha, la arquitectura limeña se desplegó ante nosotros con toda su fama.
Avanzada la mañana, el viaje nos regaló uno de esos espejos culturales que tanto asombran: un grupo de personas cuyas vestimentas nos transportaron directamente a las cofradías religiosas de España. Movido por la curiosidad, me acerqué a ellos. Eran los fieles de la Santísima Virgen de Chapí, esperando el momento de dar el relevo a los costaleros que se iban acercando lentamente transportando a la Virgen desde la Catedral. Uno de ellos, con un entusiasmo desbordante, comenzó a desgranar la historia de su cofradía con tal lujo de detalles que un compañero tuvo que frenarlo, consciente de que nuestro tiempo era escaso y las actividades por realizar abundantes.
Al doblar una esquina, la solemnidad dio paso a la vida pura. La calle se transformó en un hervidero festivo: familias paseando entre cientos de puestos ambulantes que colonizaban las aceras. Disfrutamos de ese bullicio el tiempo justo, hasta que la marea humana nos empujó a buscar refugio en una mesa para comer. Por la tarde, un paseo por la costanera, con el Pacífico rompiendo contra los acantilados, nos ayudó a renovar fuerzas para el siguiente gran salto: Estados Unidos.
Reflexión final: Al finalizar nuestra estancia en Lima, con el eco de los 3300 kilómetros recorridos en bus desde Santiago aún vibrando en los huesos, no puedo sino rendir un pequeño y sincero homenaje a ese gigante anónimo. Hablo del autobús “mágico”: ese artefacto capaz de transportar vidas y esperanzas, de atravesar pueblos que parecen suspendidos en el tiempo, de sortear acantilados imposibles y de bailar sobre curvas que desafían la lógica. Por encima de la algarabía, de los olores y de las esperas, este vehículo nos ha regalado una de las experiencias visuales más bellas que el ojo humano pueda reclamar.
Como cantaba The Who (mi grupo favorito de antaño) en aquel mítico "Magic bus" de 1968:
No quiero armar lío / Pero ¿puedo comprar tu Autobús Mágico?
The Who. “Magic bus”



















































































