Con esto de
la guerra de Ucrania me siento como un pelele manipulado por todos.
Siento que estoy asistiendo a una representación que ya había sido
pensada y ensayada hace tiempo por parte de los que ahora están
jugando la despiadada partida de ajedrez. Todo estaba pensado y calculado hace tiempo,
sin duda. Esto no ha sido una ocurrencia de Putin de última hora.
¿Y
los medios de comunicación? Me dan vergüenza. Hemos visto guerras
en directo, pero el despliegue que nos están ofreciendo ahora mismo me parece vomitivo. Los primeros espadas de las cadenas radiofónicas más oídas, como pollo sin cabeza, han salido en estampida a la frontera de Polonia para ofrecernos 24 horas de terror narrados en primera persona.
Las
salvajadas de Putin que ahora nos muestran en directo con toda su
crudeza no les parecían tanto cuando las hacía en Siria no hace mucho o en Chechenia hace un poco más (¿alguien sabe dónde está Chechenia?).
Allá sólo se desplazaban periodistas freelance o becarios. O cuando las hacía EE.UU en Irak o Afganistán. Ya en este caso se tendía más a justificar que a criticar. Pero claro, estos son países que
están demasiado lejos y sus ciudadanos parece que llevasen la muerte
escrita en el rostro.
Están
cargando tanto las tintas en que veamos lo buenos que son los
ucranianos y lo malo malísimos que son los rusos que me da asco. Tengo
tal sobresaturación de información que ni siquiera evitando los
noticieros me libro de ella.
No
somos nada. Bueno sí: Somos carne de cañón, peones sacrificables en los primeros movimientos de la eterna partida de ajedrez. A algunos todavía no nos ha tocado, pero sólo es cuestión
de tiempo y de vivir en un lugar donde de repente algún troglodita piense que
puede ser útil para sus intereses. Así de crudo. Como el petroleo.
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