PERDÍ LA GUAGUA


No hay peor tortura que someterte a una sesión de “por ques” de un niño. Comienza, inocentemente, peguntándote algo, tú respondes como mejor sabes y a continuación aparece el primer “por qué”. A partir de ahí estás muerto. El niño es implacable. Tiene la suerte de no ver cómo se te va mudando el color de la tez con cada “por qué”. Estás a punto de saltar y de estrangular al niño, pero te reprimes porque piensas: “qué culpa tendrá el angelito”.
La cuestión es que si superas ese ansia asesina, te puedes llegar a dar cuenta de que el niño tiene razón, de que hay muchas cosas, que no es que desconozcas su "por qué", es que no tienen una razón de ser dentro de lo que podemos denominar “sentido común... humano", que están ahí porque a alguien se le ha ocurrido y los demás lo hemos aceptado como bueno, sin más, dócilmente.
La cuestión es que yo, ya un poco talludito, sigo preguntando “por qué” continuamente… y así me va. Y uno de esos "por qués" tiene que ver con el Tren de Alta Velocidad. T.A.V.: ¿Por qué? ¿Para qué? Y nadie consigue contestarme de forma convincente: “que si la competitividad”, “que si la comodidad”, “que si todo los países avanzados tienen”. Y un largo etcétera que no viene a cuento. Y es que aquí hay dos cuestiones:
1.       La practicidad, es decir, cada vez se oyen más voces de expertos (no militantes ecologistas) que reconocen que una mejora de las vías de trenes tradicionales hubiese producido el mismo efecto de ahorro de tiempo y un enorme ahorro en dinero.
2.       Y la sensatez, que es la que entronca con el espíritu más humano: Para qué queremos, de verdad, correr tanto, para qué queremos llegar deprisa a todas partes. ¿Para qué?
Y es esta segunda cuestión la que no tiene respuesta, por mucho que se la trates de encontrar, porque realmente no tiene sentido desayunar en Barcelona, comer en Madrid y cenar en Sevilla, para volver a dormir a casa. No tiene ningún sentido.
Me contaba un colega hace años una anécdota que nunca he olvidado y que siempre que puedo utilizo para “acorralar” (en el mejor sentido de la palabra) a los amigos. Este colega colabora activamente en una ONG que realiza proyectos en Perú. En una ocasión en un pueblo, donde estaban interviniendo, al atardecer paseaba entre las calles y se puso a “platicar” con un paisano que estaba esperando la “guagua”. En estas que llega la guagua, abre la puerta para que el paisano subiese, pero éste le hace una señal al chofer para que siguiese su camino. Mi amigo atónito le dijo: “¡pero qué haces, esta es la última guagua de hoy!”. A lo que el paisano respondió: “Ahorita estamos aquí muy bien platicando, mañana ya vendrá otra guagua”.










4 comentarios:

Jose Luis Montero dijo...

Hola Javi
Un colega que de trenes sabe un rato, me contaba el otro día que la alta velocidad en España es un lujo que no nos podemos permitir...Y ya sabes, el lujo en su sentido práctico.....
Cuidate

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Jose Luis:
Nosotros, tan propensos a creernos todo lo que nos cuentan, nos hemos subido al "lujo" sin pensar en las consecuencias. En fin...
Un abrazo.

Katy Sánchez dijo...

Ser reposado y pausado se aprende en la vida. Y no en todos los lugares se vive igual Te lo digo por experiencia. Yo he llegado a correr en casa:-(
Desde hace unos cuantos años he tomado distancia. Y no todo vale para perder esa "Guagua" pero otras sí merecen la pena. Me ha gustado mucho tu post.
Un abrazo

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Muchas gracias Katy:
Hay que ser fuerte en la sociedad actual para dejar de "correr" a todas partes, porque una vez que se ha empezado, la propia inercia te lleva a seguir y seguir.
Me alegro de que hayas conseguido poner el freno.
Un abrazo.

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