La vuelta al Mundo (II). Días 6 a 10 de mayo de 2026. La jungla de cristal.

“La ciudad es un lugar donde el hombre es libre de elegir su propia esclavitud”.

Frank Lloyd Wright (Arquitecto).


Nuestro tren partió de Albuquerque con una hora de retraso, arrastrando el cansancio de Nuevo México pero con la mirada puesta en la imprevisible travesía. No esperábamos grandes sorpresas en el paisaje camino a Kansas City; simplemente creíamos que el desierto se iría desvaneciendo poco a poco. Sin embargo, el "Caballo de Hierro" tenía preparado un hechizo diferente.

Apenas una hora después de la partida, el ocre del desierto comenzó a ceder ante un verde montañoso. Aparecieron ríos y grandes arboledas que rompieron la monotonía de la arena. De repente, el mundo se transformó: praderas amarillas y rojizas empezaron a jugar con la línea del horizonte. Pero lo más increíble estaba por llegar: bajo una niebla suave que envolvió el tren en un halo de misterio, comenzó a llover y, casi de inmediato, a nevar. Los termómetros se desplomaron de los 10°C a los 0°C en un suspiro. Lo que empezó como una granizada se consolidó en una persistente nevada que lo dejó todo en blanco. Ver grupos de ciervos corriendo por las praderas al paso del tren, bajo ese manto gélido, fue como asomarse a las páginas de un cuento de invierno.

Para rematar el asombro, el encanto se deshizo de la forma más inesperada: unos pocos cientos de metros antes de llegar a Trinidad, tras una curva cerrada, la nieve desapareció por completo. Un truco de magia geográfico que solo se aprecia desde la ventanilla de un vagón.

Al amanecer, la luz nos reveló que habíamos cambiado de planeta. El blanco y el ocre habían sido sustituidos por un verde vibrante. Inmensos campos de trigo y cebada nos escoltaron durante horas hasta que el chirrido de los frenos nos anunció la llegada. Eran las 8:40h; Kansas City nos recibía con dos horas de retraso y un aire totalmente renovado.

Tras dejar las maletas, nos lanzamos a conquistar la ciudad apoyándonos en su tranvía, que recorre los diez kilómetros de su arteria principal. Fue allí donde volvimos a toparnos con la otra cara de la moneda. El compañero de viaje en el transporte público sigue siendo el que no puede tener un coche para desplazarse; generalmente el que no puede disimular su pobreza y, en muchos casos, los olvidados, los invisibles de la sociedad. Es inevitable que se produzca una transformación interna: en estas ciudades aprendes que, cuando caminas por las calles y ves a lo lejos que una persona se va a cruzar contigo (sobre todo si es negro y carga una gran bolsa), inmediatamente piensas que puede ser alguien de los colectivos anteriores. Ya más cerca, si viste ropa limpia, te tranquilizas. Es una triste alerta que se te instala en el subconsciente y no te abandona.

Kansas City se nos reveló como un imprevisto nicho cultural: desde el bullicio del mercado hasta la elegancia del Centro de Artes Escénicas. Dedicamos tiempo al Museo de Arte Nelson-Atkins, cuya impresionante colección abarca todos los continentes, y ascendimos al Memorial de la Primera Guerra Mundial, el lugar perfecto para contemplar la silueta de la ciudad.

Pero Kansas City tiene un alma que se escucha antes de verse. Por la tarde, tras recorrer la historia de este género en su museo dedicado al Jazz, terminamos en un pequeño local con actuaciones en directo. Allí, la voz prodigiosa de una cantante, acompañada únicamente por un pianista, nos regaló el cierre perfecto. Sus notas fueron el bálsamo ideal para digerir los centenares de kilómetros y los cambios de paisaje.

Madrugamos para encontrarnos de nuevo con el viejo tren que nos llevaría a Chicago. Esta vez solo llegó con media hora de retraso, pero desvelamos el misterio de la impuntualidad americana: nos enteramos de que los retrasos se deben a que tienen que hacer numerosas paradas imprevistas para dejar pasar a los kilométricos convoyes con los que nos cruzamos. ¿La razón? Los dueños de las vías del tren son los mismos que los de los convoyes de carga, y la prioridad comercial siempre aplasta al transporte de pasajeros.

Esta vez ya no hubo sorpresas con el paisaje. Centenares de kilómetros de campos de cultivo que no se acababan nunca; encontrar una irregularidad en el terreno o algo que distinguiese el paisaje de ahora con el de hace cien kilómetros sería una cuestión para expertos.

Y así llegamos a Chicago.

Nada más salir de la estación, lo primero que sentimos fue un fuerte olor a “porro”, una fragancia que no nos abandonaría hasta que nos fuimos de la ciudad. La razón es sencilla: Illinois es uno de los 25 estados que tienen legalizado su consumo. Tras ese primer impacto sensorial, lo segundo que nos llamó la atención fue la efervescencia de sus calles; nada que ver con lo vivido hasta el momento en EE. UU. Después de dejar las maletas en el hotel, nos fuimos a pasear tranquilamente por la orilla del río y resultó muy reconfortante volver a mezclarse con ese bullicio de gentes, terrazas, restaurantes y tiendas. Chicago nos dio la bienvenida con una verticalidad abrumadora: sus increíbles rascacielos llenan las calles como si estuviésemos en un bosque cerrado, pero esta vez, un bosque de cristal y acero lleno de vida.

A la mañana siguiente, participamos en un Free Tour centrado en la historia de la ciudad y de sus principales edificios. Por la tarde, no pudimos dejar de visitar el Museo de Fotografía Contemporánea y la Galería Leica, que ofrecían exposiciones muy interesantes. Aprovechando que esta ciudad tiene un sistema de transporte público modélico, nos acercamos a la Biblioteca Pública. Es un edificio de nueve pisos donde la última planta sorprende con una preciosa estructura a modo de invernadero.

Fue en el interior de este templo del saber donde volvimos a ver la herida social del país: ocupando algunas mesas, había gente “sin techo” comiendo o descansando. Supongo que también aprovechaban los baños para asearse, todo ello bajo el consentimiento de la institución, puesto que para entrar hay controles y vigilancia constante en todos los pisos. Es una convivencia silenciosa y extraña entre la cultura y la supervivencia.

Para movernos, compramos un “pase” que permitía usar cualquier medio. Además del metro y el autobús, llama poderosamente la atención el tren elevado (The "L"), cuyas vías discurren sobre grandes estructuras metálicas por encima de las calles. Caminar por la ciudad y oír acercarse el rugido del tren nos obligaba a los turistas novatos a elevar constantemente la cabeza para verlo pasar, como si el cielo de Chicago también tuviera su propio tráfico de hierro.

No podíamos irnos de la ciudad sin disfrutar de un buen concierto de Jazz. Fuimos a la prestigiosa sala Jazz Showcase, donde actuaba el Donald Harrison Quartet. Allí, entre las notas de un saxofón de leyenda, confirmamos lo que ya intuíamos: que el Blues y el Jazz son la única forma de entender esta jungla de cristal. Como bien dijo Buddy Guy:

“El Blues es la vida misma, y si no tienes un poco de él, no estás viviendo realmente”.

 Pero la ciudad aún se reservaba un breve epílogo antes de dejarnos marchar. Nuestro tren no partía hasta las 21:30 h del día siguiente, una tregua de tiempo que aprovechamos para terminar de desgastar la suela de nuestras zapatillas por zonas más alejadas del latido financiero.

Nos dirigimos hacia el Parque Lincoln y el Muelle de la Armada (Navy Pier), que hoy se erige como un gran centro de ocio, ambos custodiados por la inmensidad del lago Michigan. Caminar por estos espacios de esparcimiento, donde el horizonte se ensancha y el azul del agua compite con el cristal de los edificios, nos regaló un soplo de tranquilidad y energía renovada.

Con el eco del Jazz aún resonando y la brisa del lago en el rostro, nos despedimos de la verticalidad de Chicago, listos para las nuevas sorpresas que nos depararía nuestro "Caballo de Hierro".

 

 



 


















 









































 

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