“Me desperté a las 6:00 de la mañana, me vestí y aquí estoy... todavía es hoy”.
Phil Connors (Atrapado en el tiempo), 1993
Si el viaje por Oceanía fue una carrera contra el sol, el salto a Chile ha sido una de esas trampas del mapa que te obligan a vivir dos veces el mismo día. Tras diez horas de vuelo sobre el Pacífico, logramos una proeza imposible: despegar a las siete de la tarde en Nueva Zelanda y aterrizar a las dos de la tarde del mismo día en Santiago. Técnicamente, aterrizamos cinco horas antes de habernos ido, como si el avión nos hubiera permitido desandar lo andado.
El desfase con España dio un giro de campana, pasando de estar diez horas de reloj por delante a vivir seis horas por detrás. Dieciséis horas de diferencia que nos han dejado en un extraño limbo cronológico, rejuvenecidos por decreto espacio-temporal, pero con el reloj biológico pidiendo explicaciones ante ese viernes que se negaba a terminar.
Ya instalados, como casi siempre que llegamos a un nuevo lugar, dedicamos la tarde a explorar los alrededores del hotel. Se notaba que era viernes: gente en la calle, terrazas llenas y una temperatura envidiable que invitaba a la vida social en su mejor momento.
Al día siguiente, nos apuntamos a un Free Tour con un título que prometía: "Mejor con un profesor: Historia, cultura y recomendaciones de un local". Y, efectivamente, acertamos. Un guía estupendo, riguroso con la historia y con un gran sentido del humor, nos regaló tres horas y media fabulosas. Recorrimos las joyas de la ciudad: la Plaza de Armas, el Museo de Arte Precolombino, el ex Congreso Nacional y el antiguo Camino Inca. Pasamos por el Palacio de La Moneda, los antiguos centros de detención secretos del régimen dictatorial de Pinochet y el edificio más antiguo de Santiago. Fue una inmersión inolvidable en la memoria chilena.
Por la tarde, subimos al Cerro San Cristóbal: ida en teleférico y bajada en funicular. En la cumbre nos esperaba una sorpresa cargada de simbolismo: la Plaza Vasca, donde habita un retoño del Árbol de Gernika plantado en 1931. En apenas cinco años, ese símbolo de nuestra tierra cumplirá un siglo custodiando Santiago desde las alturas.
Hay algo que no pasa desapercibido en Santiago: la omnipresente seguridad privada en los comercios. Llaman la atención por su estética militar de asalto —cascos, chalecos antibalas, pasamontañas y gafas oscuras—, una imagen temible diseñada para impactar. Y es que, aunque Chile sigue siendo una de las principales economías del sur, la desigualdad y la miseria asoman por las rendijas de la calle.
Al salir de la capital en bus hacia La Serena, la realidad nos golpeó en la periferia: barrios que nada tienen que ver con lo visto en Australia o Nueva Zelanda. Siete horas después, al entrar en La Serena, la conclusión era la misma: calidad de vida, sí; pero pobreza y miseria también.
El trayecto hacia esa ciudad sin embargo, fue un espectáculo visual. Vimos a Santiago desperezarse entre el tráfico y los edificios, con la imponente cordillera de los Andes siempre al fondo. Al llegar al Valle Central, el paisaje se volvió ordenado: viñedos perfectamente alineados y pueblos de casas bajas, hasta que el verde se rinde ante la arena del desierto, interrumpido solo por los destellos del mar a nuestra izquierda.
En cada parada, el bus se convertía en un pequeño mercado ambulante. Apenas conseguía entender lo que gritaban, que traduzco como buenamente puedo:
“¡El sandwichito, con transferencia o en efectivo!”
“¡Lleven la bebida, el agüita y las galletas!”
Pero lo más impactante del camino eran las "animitas". Cientos de altares de todos los colores y formas (desde cruces humildes hasta casitas en miniatura con fotos y velas) que marcan el lugar donde alguien perdió la vida en un accidente. Existe la creencia popular de que el alma queda ligada a ese punto y puede conceder favores a quien le pide con fe; una mezcla fascinante de espiritualidad, recuerdo y superstición que salpica toda la ruta.
Tras un breve descanso en la colonial La Serena, pusimos rumbo a Copiapó, adentrándonos en el Desierto de Atacama. Aquí el paisaje se volvió sobrecogedor. ¿Por qué el desierto ejerce esa atracción tan seductora? Quizá sea por la evolución de los colores (ocres, marrones, grises...) o por esa amplitud brutal donde el horizonte parece infinito.
Hay tramos donde no había ninguna señal de vida. Y de repente aparecía una chabola aislada, sin una pizca de sombra, que ofrecía comida en medio de la nada.
La sensación de aislamiento era absoluta. Si el bus se detuviera y apagara el motor, el silencio pesaría. Y es ahí donde crece la sensación de insignificancia humana.
"El calor quemaba y el suelo estaba seco, pero el aire estaba lleno de sonido..."
America, "A Horse with No Name".
Tras una noche en la tranquila Copiapó, partimos hacia Antofagasta. El día comenzó gris y encapotado, amenazando con arruinar el paisaje, pero al mediodía, tras superar el pueblo de Chañaral, el cielo se abrió para dejarnos ver de nuevo el verdadero desierto. ¡Qué maravilla! Si el día anterior había sido un placer, este arranque tardío lo superaba.
Sentado a la izquierda, yo buscaba desesperadamente huecos en las ventanillas de la derecha para capturar cada instante. Los cambios de rasante de la carretera generaban una expectativa constante: ¿qué maravilla nos sorprendería después de la siguiente loma? Las "animitas" seguían contándose por cientos, desde las más humildes hasta auténticas obras de diseño funerario. Fueron horas irrepetibles.
Lo más terrible (lo que siempre pasa en estos viajes) es que, al repasar las fotos, sentía que no transmitían ni una fracción de la emoción vivida.
Al anochecer, llegando a las puertas de Antofagasta, la civilización nos cayó encima en forma de grandes infraestructuras mineras. Llegamos con el tiempo justo para cenar y cerrar este resumen, todavía con la retina llena de arena y horizonte.




















































2 comentarios:
Qué realidad tan distinta y distorsionada a la vez, jajaja
Seguís disfrutando del camino, chicos. Esto todavía dura!!
Besitos
“Cuando pa Chile me voy
en contra del uso horario
Cuando pa Chile me voy
en contra del uso horario
el cuerpo y la misma mente
sufren todo un calvario
el cuerpo y la misma mente
sufren todo un calvario”
La música corre a tu cargo, ya tú sabes.
Y un bonus en forma de haiku rimado marca de la casa, en traducción del autor.
“En el desierto
no se siente nostalgia
del mar abierto”
Cómo te ha impactado tanto ese paisaje, pues me ha parecido apropiado.
Podéis continuar con lo vuestro.
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