“El destino es lo que hacemos de él”.
John Connor (Terminator 2: El juicio final), 1991.
El salto de cuatro horas desde Sídney nos aterrizó en Christchurch. Apenas instalados, nos urgió el deseo de tomar contacto con la ciudad antes de que el prematuro anochecer en esos lares echara el telón. No tardamos en percibir una atmósfera extraña: Christchurch es una urbe al estilo “Twin Peaks” (serie icónica de los años 90). “Es ese tipo de lugar donde, cuando el semáforo se pone en ámbar, los conductores frenan en lugar de acelerar”; un oasis de calma plana donde apenas existen edificios de más de diez plantas debido, en parte, al trauma del terremoto de 2011, que se cobró 185 vidas.
Dedicamos la mañana siguiente a descifrar sus calles. Christchurch compensa su falta de alturas con una colección impresionante de arte urbano que salpica casi cada edificio. Entre murales vibrantes y la herida abierta de la Catedral derruida, la realidad social volvió a salirnos al paso. En el monumento de recuerdo a las víctimas del terremoto, una concentración de personas, mayoritariamente con banderas palestinas, reclamaba el fin de la guerra. De seguido, junto al hotel, una furgoneta ofrecía servicios de lavandería y ducha a los sintecho, recordándonos la crudeza que ya vimos en Melbourne. Y como si de una escena de película de Ken Loach se tratara, al pie del muro quebrado de la Catedral, un músico callejero entonaba “The Sound of Silence”.
Aquella melodía inolvidable de 1964, en aquel preciso momento, se transformó en un grito desesperado por los olvidados (palestinos, sin techo…), por "los que hablan sin poder hablar y oyen sin poder oír".
"... En la desnuda luz miré / Vi mil personas tal vez más / Gente que hablaba sin poder hablar / Gente que oía sin poder oír / Y un sonido que / Los envolvía sin piedad / Lo puedo oír / Sonidos del silencio..."
El siguiente destino era Picton, pero el cielo decidió no colaborar: una lluvia torrencial y nubes plomizas empañaron los ventanales del tren. Sin embargo, el verdadero temporal era interno. Hasier había despertado con un dolor de muelas insoportable que dinamitó nuestros planes. Necesitábamos llegar a Wellington para que un dentista de urgencia lo atendiera.
Las cuatro horas de trayecto ferroviario se convirtieron en un centro de logística improvisado (adelantar el viaje en ferry, añadir una noche de hotel en Wellington…), bajo una tensión máxima cuando el tren se detuvo en mitad de la nada por un accidente de coche que bloqueaba la vía. El margen de tiempo para coger el enlace con el ferry desaparecía, pero la fortuna había decidido viajar con nosotros: al pertenecer el tren y el ferry a la misma compañía, el barco nos esperó. Los astros se alinearon justo cuando el dolor y el cronómetro más nos asfixiaban.
Ya en el ferry, el optimismo regresó tímidamente con la música de un intérprete que, a la guitarra e intentando entretener al pasaje, desgranaba temas eternos. Al desembarcar, una curiosidad geográfica nos dio la bienvenida: las antípodas exactas de Bilbao se encuentran en el Océano Pacífico, siendo Wellington la ciudad más cercana a ese punto. Estábamos, literalmente, lo más lejos posible de casa.
A la mañana siguiente, la aventura se detuvo ante un interrogante inevitable. El primer diagnóstico del dentista cayó como un jarro de agua fría: en el mejor de los casos, la efectividad del tratamiento solo duraría unas pocas semanas. Nos enfrentamos entonces a una encrucijada terrible: asumir un riesgo incierto y seguir adelante, o dar el viaje por finalizado y regresar a casa con el sabor amargo de lo inacabado. Fue un mazazo emocional, especialmente con el recuerdo aún fresco de aquel parón forzoso de 2020 debido a la pandemia. Parecía que el destino se empeñaba en repetir su guión.
Sin embargo, a las 15:30 h, la trama dio un giro inesperado. Hasier regresó del gabinete médico con noticias que abrieron una rendija a la esperanza. El dentista, tras finalizar su trabajo, se mostró mucho más optimista y nos animó a continuar, aunque sin descartar del todo una posible recaída.
Nos encontrábamos en ese extraño limbo donde la lucidez pelea con el deseo. ¿Seguir o abandonar? ¿O acaso no era necesario dictar sentencia en ese mismo instante? Decidimos que, si el destino nos daba una tregua, nosotros le daríamos una oportunidad al viaje.
Mientras la duda planeaba sobre nosotros, nos dedicamos a desgastar zapatillas por la capital neozelandesa. Caminamos por algunos escenarios menores de El Señor de los Anillos, visitamos el Parlamento, la Catedral Anglicana y nos perdimos entre el verdor del Jardín Botánico y la paz histórica del cementerio de la calle Bolton. Wellington es una ciudad amable, pero bajo nuestros pasos latía una reflexión constante: estamos en el punto más alejado de nuestro origen, sopesando si los títulos de crédito están a punto de aparecer en pantalla o si aún nos queda un último acto por rodar.
De momento, el dolor había remitido y nuestras fuerzas empezaban a recuperarse. No había una decisión definitiva, pero sí un horizonte. Al día siguiente cogimos el tren a Auckland con la ilusión renovada de quien está a punto de entrar en la Tierra Media.
El viaje hacia Auckland fue largo, pero esta vez el tiempo se alió con nosotros para permitirnos disfrutar de un paisaje en constante metamorfosis. El tren se abría paso entre colinas onduladas donde miles de ovejas y vacas salpicaban un escenario rural de una gran belleza. Allí, el verde no era un solo color, sino un mural infinito de al menos cincuenta tonalidades distintas, atravesado por ríos que serpenteaban tranquilos entre granjas aisladas.
Llegamos con el tiempo justo para la cena, conscientes de que el día siguiente nos reservaba una cita con el mito. En el set de rodaje de Hobbiton, en Matamata, la ficción se vuelve tangible. Pasear entre las colinas y las icónicas casitas de puertas redondas, conservadas con un detalle casi obsesivo, nos hizo sentir como figurantes de la saga que regresan al lugar donde, años atrás, se rodó una leyenda.
Nuestra última mañana la dedicamos a Auckland. No es una ciudad de grandes monumentos, pero la Auckland Art Gallery nos regaló un momento de reflexión necesario. Allí palpamos de nuevo la especial sensibilidad del arte moderno hacia la herida histórica del pueblo maorí y el peso de la colonización.
En una de las salas, nos topamos con una escena curiosa: una multitud esperaba a que un modelo posara desnudo (o casi) para ser dibujado. Charlamos con el director del evento, quien nos confirmó que el dibujo al natural es una actividad con una gran aceptación y una afluencia sorprendente en la ciudad.
Y así, entre trazos de carbón y colinas de fantasía, finaliza esta etapa. Hemos recorrido Australia de norte a sur y Nueva Zelanda de sur a norte. Ahora, dejamos atrás las antípodas para volar hacia un país cuyo nombre evoca la memoria de Víctor Jara y Salvador Allende. Nos dirigimos a Chile, que durante décadas fue símbolo y víctima de las mayores atrocidades de las que es capaz el ser humano.












































1 comentarios:
Qué hacen dos medianos, dos pequeños hobbits, tan lejos de la Comarca? ¿Habéis dejado Bolsón Cerrado? ¡Mirad que por esas tierras hay mucho orco y mucho Nazgûl de dedos largos suelto! ¡Insensatos! ¡Abandonad toda esperanza! ¡Alejaos inmediatamente de Mordor!
Publicar un comentario
Después de pulsar PUBLICAR UN COMENTARIO, pulsa TAB hasta ver bien la palabra de verificación. Gracias.