LA VUELTA AL MUNDO (II). Días 8, 9, 10 Y 11. El ejército que esperaba en silencio


“Viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras.”

— Mark Twain


La noche fue corta, pero el sueño profundo en el vagón-cama. No era para menos: llevamos días sometiendo a nuestras piernas a un trajín considerable.

A las cinco de la mañana el tren entra lentamente en la estación de Xi’an. El edificio es descomunal, más grande que muchos aeropuertos que presumen de serlo. Una enorme escalinata, flanqueada por dos largas escaleras mecánicas, conduce hacia la salida. A pesar de la hora, medio dormido todavía, no pude evitar recordar dos escenas míticas del cine: la de El acorazado Potemkin y la de Los intocables de Eliot Ness. Faltaba el carrito del bebé rodando escaleras abajo para que la escena fuese perfecta.

Tomamos un Didi —el Uber chino— y en pocos minutos llegamos al hotel. Por una de esas pequeñas bendiciones del viajero, nos dejaron entrar en la habitación nada más llegar. Un breve descanso, una ducha reparadora y ya estábamos listos para salir en busca de uno de los lugares más fascinantes de China: los Guerreros de Terracota.

Antes de dirigirnos allí, nos dejamos llevar por una callejuela junto al hotel que parecía invadida por un mercadillo improvisado. Entre puestos, aromas de comida temprana y comerciantes que empezaban el día, apareció de pronto un pequeño templo. La suave luz de la mañana se filtraba entre el humo de los inciensos, mientras algunos devotos madrugadores avanzaban en silencio. Todo estaba envuelto en una atmósfera serena que invitaba a bajar la voz y observar con respeto. Uno de esos lugares donde el tiempo parece avanzar un poco más despacio.

Y después, los Guerreros.

Lo primero que uno piensa al entrar es sencillo: esto es inmenso.

Resumiendo mucho la historia, un buen día el emperador Qin Shi Huang debió de despertarse con una idea ambiciosa: construirse un mausoleo que asegurara su grandeza también en el Más Allá. Y, por si acaso el viaje después de la muerte resultaba complicado, decidió rodearse de protección. Así que ordenó crear un ejército completo de guerreros de terracota, todos a tamaño natural, para custodiar su tumba eternamente.

El plan no era precisamente modesto.

Nada menos que unos 700.000 trabajadores participaron en la obra durante más de medio siglo. Y conviene recordar que Qin Shi Huang no fue un emperador cualquiera: también se le atribuye el inicio de la construcción de la Gran Muralla. De modo que, si alguna vez os habéis preguntado de dónde les viene a los chinos esa tendencia a pensar en grande… quizá la respuesta esté en personajes como este.

Por la tarde salimos a caminar por la ciudad. Terminamos en el bullicioso barrio musulmán, un laberinto de callejuelas repleto de puestos de comida, humo de parrillas, luces y conversaciones cruzadas en todas direcciones... Y motos, muchas motos que sorteaban con pericia a los peatones.  El ambiente era vibrante, casi caótico, y en cierto modo nos recordó al Vietnam que habíamos recorrido un par de años atrás.

Regresamos pronto al hotel. Al día siguiente nos esperaba una nueva etapa: El tren de alta velocidad rumbo a Chengdu.

A las 15,30h ya estábamos instalados en el vagón. El viaje duró algo menos de cuatro horas y resultó sorprendentemente cómodo. Cuando llegamos, Chengdu nos recibió con su escala descomunal: unos 21 millones de habitantes. Una auténtica jungla de asfalto.

Nuestra primera impresión fue la de una ciudad muy viva por la noche. Pequeños restaurantes abiertos, puestos ambulantes por todas partes, gente cenando en la calle, el sonido constante de conversaciones y platos. Todo ello con ese aire familiar que, inevitablemente, nos devolvía recuerdos de Vietnam.

A la mañana siguiente teníamos una cita obligada: el Centro de Recuperación del Oso Panda.

El recinto es enorme. Allí se puede observar a los pandas en distintos momentos de su rutina diaria: comiendo con parsimonia, trepando con una torpeza entrañable o entregados a su actividad favorita, que parece ser dormir con admirable dedicación. Lo mejor del lugar es que también existen amplias zonas apartadas del público donde los animales pueden vivir con tranquilidad, algo esencial para una especie cuyo hábitat natural hemos reducido de forma alarmante.

Por la tarde dimos otra vuelta por el centro de la ciudad —si es que en una urbe de este tamaño tiene sentido hablar de “centro”— y regresamos al hotel.

Había que preparar la siguiente etapa.

En un viaje alrededor del mundo por tierra siempre hay un nuevo camino esperando.

















 










2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran reportaje, muestra estupendamente la grandeza del lugar....😘😘😘😘😘

Anónimo dijo...

Egun on bikote!
Las fotos y el relato fantásticos,así que la experiencia por ahí le andará.Seguir disfrutando y compartiendo con los "Pobres turistas"y sobre todo disfrutad de la experiencia de estar juntos en esta aventura.Un besazo para ambos😘

Publicar un comentario

Después de pulsar PUBLICAR UN COMENTARIO, pulsa TAB hasta ver bien la palabra de verificación. Gracias.