Me pedía el cuerpo meterme con el ex-Ministro Jose Manuel Soria. Pero he preferido hurgar en la herida que ahora mismo nos tiene que estar doliendo a todos los occidentales.
Artículo leído en ELSALMÓN CONTRACORRIENTE
Más del
80% de los menores se han visto afectados por la guerra y necesitan
urgentemente ayuda humanitaria, tanto aquellos que permanecen en Siria como los
que han tenido que huir a países vecinos. Niños y niñas que crecerán como
refugiados y no como personas, porque desde Bruselas parece haberse decidido
que ambos términos son incompatibles.
El 2 de septiembre de 2015 el
planeta se conmocionó al darse de bruces con la realidad. La imagen del cuerpo
inerte del pequeño Aylan tendido a la orilla de la turística playa turca de
Bodrum dejó sin respiración a millones de personas, que avergonzadas,
constataron una vez más que el mundo está podrido. Hoy, 365 días después,
seguimos igual (o peor). Ese drama humano que hace un año se reflejó a través
de una fotografía, sigue cobrándose las vidas de miles de menores cuyo único
delito ha sido el de haber nacido en el lugar y en el momento equivocados.
Ya poco podemos hacer por Aylan, que fue asesinado como muchos otros
ante la mirada pasiva de una Europa cobarde y sin escrúpulos, que bajo el
disfraz de “garante de derechos y libertades” manipula a su población con
políticas del miedo sin que le tiemble el pulso. Mientras, más de 400 menores
han perdido la vida sólo entre aguas turcas y griegas después de que lo hiciera
Aylan, aunque esas muertes no hayan copado las portadas de los periódicos.
El destino que les espera a quienes consiguen llegar a Europa no suele
ser mucho mejor. Una de cada cuatro personas solicitantes de asilo en esta
crisis migratoria son menores. Menores que probablemente pasen gran parte de su
infancia (si no toda) en un cochambroso campamento, sin acceso a educación o a
una dieta saludable. Niños y niñas que crecerán como refugiados y no como
personas, ya que por desgracia, desde los cómodos sillones de cierto edificio
en Bruselas parece haberse decidido que ambos términos son incompatibles.
Los escalofriantes datos que nos dejan cinco años de conflicto en Siria
son tan duros como inaceptables. Más del 80% de los menores se han visto
afectados por la guerra y necesitan urgentemente ayuda humanitaria, tanto
aquellos que permanecen en Siria como los que han tenido que huir a países
vecinos. Hay 7 millones en situación de pobreza y casi 3 que han debido
abandonar la escuela. La realidad de una infancia perdida se vio de nuevo
reflejada a través de una imagen hace unas semanas; la del rostro perplejo y
cubierto de escombros del pequeño de 5 años Omran Daqneesh, tras un bombardeo
por el que su hermano mayor falleció días después.

El aniversario de la muerte de Aylan no debería servir simplemente para
homenajear al niño. Es momento de señalar con el dedo a los verdaderos
culpables y plantar cara a quienes permiten que esta crisis humana y migratoria
siga destrozando millones de vidas. Una Unión Europea hipócrita y cínica, que
presume de estar fundada sobre los valores de “respeto a la dignidad humana,
libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto a los derechos
humanos”, pero que no duda en firmar pactos ilegales con un gobierno
dictatorial y opresor como lo es el turco, poniendo en gran peligro a las
personas refugiadas que allí son enviadas desde Europa sin remordimiento
alguno. Un Estado español irresponsable e insolidario, que a día de hoy se
conforma con haber reubicado a 201 personas y reasentado a 273 entre sus
fronteras. Una cifra tan irrisoria como ridícula, que demasiado dista de las
16000 personas que se comprometió a acoger. No podemos tolerar que tantos
corazones podridos continúen provocando estas situaciones. Debemos aceptar que
mientras sigan existiendo Aylans y Omrans, no podremos mirar al mundo a los
ojos sin sentir vergüenza.
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